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ABC SÁBADO 9 4 2005 La Tercera JUAN PABLO II: EL ÁRBOL Y EL BOSQUE QUÍ yace polvo, ceniza y nada Es la inscripción que ordenó poner el aristócrata Cardenal Portocarrero en la fría lápida de bronce de la Catedral Primada de Toledo bajo la que descansan sus restos. Tan arrogante modestia no pasa inadvertida. Tampoco pasa inadvertida la espontánea conmoción que han provocado en el mundo entero la agonía, la muerte y el entierro del Papa Juan Pablo II, cuyos restos mortales, sin sarcófago y en féretro de sencilla madera se convertirán, como los de Portocarrero y los de todos los humanos, en pulvis, cenit et nihil. No se enciende una lámpara para ponerla debajo de un celemín (Mateo, 5, 14- 15) El adiós a Juan Pablo II ha tenido el resplandor que preconizaba el evangelista. Sus honras fúnebres nos han permitido ver la figura del Papa desde la adecuada altura del candelabro, contemplando la luz de los que más brillan y sin ampararnos en la tenue y baja complicidad del celemín. El sábado pasado se apagó en Roma la luz que durante los últimos 26 años ha iluminado la vida del Vaticano y de la Iglesia. Del Papa Juan Pablo II perdurará la memoria de alguien que a casi nadie dejó indiferente. Ya descansa en paz un hombre admirado y controvertido. En su vida, en los sufrimientos por su enfermedad, en el tesón de un hombre dispuesto a no dejarse vencer sino a fortalecerse ante la adversidad, pudimos ver lo humano, lo sublime y lo trascendente, a la vez. Hace años que desnudé mis creencias y, desde entonces, no he tenido razones que me llevasen a ocultar mi fe. Es lo que me ha llevado en muchas ocasiones- -seguramente a ello se debe la invitación de ABC para que escriba esta Tercera -a responder sobre mi pertenencia a la Iglesia que me acoge o sobre la figura del Papa. Por la cercanía de su muerte, estos son momentos de balance y tiempos de duelo. Pocos dejan de reconocer que el Papa ha sido un referente moral en un mundo donde impera la desigualdad y un orden planetario profundamente injusto. Personalmente, me interesa más el Papa portavoz de valores solidarios que el Papa en su dimensión de monarca infalible. Valoro más la regla del amor que enunció Cristo que la norma jerárquica que impone intransigencia dogmática. Haber tenido la ocasión de conocer al Papa y haber podido conversar personalmente con él ha sido una de las buenas experiencias que me ha deparado mi actividad política. Para cualquier creyente, llegar al Vaticano y besar la mano del Santo Padre es un regalo. En mi caso gocé ese privilegio en varias ocasiones. En su proximidad pude descubrir a una persona cercana y trabajadora, meticulosa y atenta a quien entraba por la puerta de su A En el tesón de un hombre dispuesto a no dejarse vencer sino a fortalecerse ante la adversidad, pudimos ver lo humano, lo sublime y lo trascendente, a la vez despacho. Cuando me recibió en audiencia por primera vez ya conocía que yo, como él, había perdido muy joven a mis padres; por eso, enseguida, me hizo un reparador interrogatorio sobre mis hijos. En su cercanía, observé además cómo desplegaba un magnetismo capaz de neutralizar a los escépticos. Su energía y su brío espiritual le daban una fuerza personal muy fuera de lo común, le dotaban de una capacidad persuasiva innegable. Soy testigo de su luz y, como cristiano, soy testigo también de la encrucijada en la que se debate una Iglesia, la nuestra, a la que en ocasiones percibo quieta en una sociedad bravía, cuyo oleaje golpea con fuerza muchas convicciones. En este mundo tan complejo y cambiante, Juan Pablo II se erigió en un referente moral sin fisuras, es cierto, pero duro ante cualquier actitud de duda o de vacilación. Cualquier aspiración a la igualdad de la mujer en la organización eclesial; toda sugerencia que pudiera aconsejar la revisión de la moral sexual en relación con la contracepción o la homosexualidad y cualquier teología que fuese ajena a la ortodoxia romana, parecía que chocase con un pétreo frontón. Y, sin embargo, junto a ese brazo de hierro doctrinal, también se percibía la mano solidaria. Su Pontificado ha coincidido con el desdi- bujamiento de muchas fronteras ideológicas y territoriales. Cayó el Muro de Berlín y ha comenzado a levantarse el velo que dificultaba el diálogo entre las principales religiones. No fueron meras coincidencias temporales con su Pontificado, porque Juan Pablo II fue partícipe y actor de esa remoción de cimientos en un mundo de cambios. Conservador y riguroso, en unos aspectos; decidido y valiente en otros, como la causa de la Paz que defendió con valentía y contundencia; y señaladamente moderno en el uso de los recursos de su tiempo para llegar a cuantos más mejor, ya fuera a través de los medios de comunicación o los de transporte. Fue un viajero infatigable que llegó eficazmente a casi todos los rincones del planeta, y que conectó con los jóvenes, aunque con frecuencia pareciese que ninguna de sus escalas- -físicas o vitales- -alterase un ápice sus convicciones. Este fue uno de sus signos que más claramente le identifican: la aparente contradicción, al menos a los ojos de quienes nos formamos y crecimos con referencias diferentes, en entornos o circunstancias distintos a los de Karol Wojtyla. Pero Juan Pablo II fue, al mismo tiempo, un hombre carismático y popular de los que a nadie dejan indiferente. Su liderazgo espiritual ha servido para remover conciencias, a la vez que para elevar la temperatura de una Iglesia que él siempre quiso viva. Su grandeza para los cristianos se acrecienta ya con su ausencia, si bien quien le suceda como nuevo Obispo de Roma tendrá que abrir los brazos de manera que la Iglesia acoja a todos los que queremos vivir en comunión sintiéndonos hermanos y sabiendo, como dice Vicente Ferrer, que dos hijos de una misma madre no son necesariamente hermanos, porque hermano de verdad sólo es aquél que ayuda al otro Cristo lo dijo más rotundamente: el que no da de comer al hambriento, de beber al sediento no tiene Dios. Definitivamente, una acción buena contiene en sí todas las filosofías, todas las religiones, todo el universo y al mismo Dios. La ausencia del Papa ha producido el mismo temblor de tierra que el árbol frondoso que se desvanece. Hace más ruido un solo árbol al caer talado que todo un bosque en crecimiento. Pero el bosque sigue vivo y la Iglesia, el pueblo de Dios, es todo un vivero que no retarda su crecida por la caída del árbol centenario. Hace tiempo leí unos hermosos versos de Bernárdez que viene bien recordar al día siguiente del entierro del Papa: Y, después de todo, he comprendido que lo que el árbol tiene de florido vive de lo que tiene sepultado. JOSÉ BONO Ministro de Defensa