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68 Tribuna VIERNES 8 4 2005 ABC ERTENEZCO a esa amplia mayoría de personas- -el 70 por ciento de la humanidad- -que sólo ha conocido a un Papa. De los anteriores, solo tengo el recuerdo audiovisual o sencillamente el testimonio de la Historia. Una Historia jalonada por acontecimientos frecuentemente de carácter violento- -guerras, revoluciones, atentados- o cuando menos convulsos. Los que hoy tenemos menos de cuarenta años tenemos en la memoria ya varios de esos momentos en los que uno es consciente de toparse con la historia y palparla con sus propias manos: la caída del muro de Berlín, el 11 de septiembre o la Guerra de Irak, son algunos de esos pocos ejemplos. Durante estos días asistimos a otro de esos escasísimos acontecimientos en los que el mundo entero está en vilo y que acabará siendo recordado con el paso de los años. La singularidad de esta ocasión es que no se trata de un evento de carácter poliítco o militar, sino del fallecimiento de una persona. Un hombre al que el mundo entero considera santo es decir, excepcionalmente bueno para todos, y para los creyentes, además, especialmente cercano a Dios. Estamos viviendo uno de esos momentos estelares de la humanidad en palabras de Stefan Zweig, centrado en la primera manifestación universal, unánime y sincera de duelo por un gran ser humano. Después de siglos en los que la religión ha servido de pretexto para guerras, recelos y distancias, hoy, por primera vez, todos los líderes religiosos y políticos del mundo se unen en el reconocimiento público de la vida y obra del Obispo de Roma con motivo de su muerte. Los gestos y los actos, sinceros y sentidos, del último Pontífice han conseguido que, por primera vez, judíos y palestinos manifiesten los mismos sentimientos; que occidentales y asiáticos ofrezcan de igual forma su adhesión y reconocimiento; que las derechas y las izquierdas muestren sus respetos. Una Humanidad que en su conjunto- -sea cual sea su credo o el origen de su falta de credo- -vibra por primera vez con un solo corazón ante el hombre bueno que se va, es el fruto del trabajo realizado. La ingente ta- P LA GENERACIÓN WOJTYLA JAVIER CREMADES Abogado La fuerza de su mensaje ha residido en su coherencia rea de este sucesor de Pedro bueno y fiel ha quedado bien reflejado en el descomunal esfuerzo de los medios de comunicación, escritos y audiovisuales. Al ver de nuevo, en tantos programas especiales, imágenes de los casi veintisiete años de este pontificado, me ha llamado la atención, junto a la variedad de gentes y culturas con las que Juan Pablo II tuvo contacto directo, que el mensaje fuera siempre el mismo: sólo Jesús de Nazaret revela al hombre quién es el hombre, la grandeza de su dignidad. Es un mensaje que hunde sus raíces en las antiguas páginas del Evangelio pero expresado a través de las más modernas corrientes filosóficas personalistas del Vaticano II. El programa que ofrecía a la convulsa Iglesia Católica de los años setenta lo traía ya consigo, fruto de su actividad intelectual en la Universidad y madurado a lo largo de su dilatada experiencia episcopal en Polonia. Por eso, aunque Juan Pablo II ha sido también el autor más prolífico de la Sede de Pedro, se puede afirmar sin miedo a equivocarse, que sus catorce Encíclicas están contenidas en la primera, Redemptor Hominis, El Redentor del Hombre Publicada, rompiendo una vez más la tradición, a los pocos meses de su elección a la sede romana, la Redemptor Hominis anuncia los temas a los que dedicaría su mayor atención, a la vez que señala ya la clave de su magisterio: ¿Cómo? ¿De qué modo hay que proseguir? Esta es la pregunta fundamental que el nuevo Pontífice debe plantearse. Es precisamente aquí donde se impone una respuesta fundamental y esencial; la única orientación del espíritu, la única dirección del entendimiento, de la voluntad y del corazón es para nosotros ésta: hacia Cristo, Redentor del hombre; hacia Cristo, Redentor del mundo. A Él queremos mirar nosotros, porque sólo en Él, Hijo de Dios, hay salvación, renovando la afirmación de Pedro: Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna Toda su vida al frente de la Iglesia la dedicó a poner en práctica las enseñanzas del Concilio Vaticano II. Sin confundir la renovación con la tergiversación, ni la ortodoxia con el inmovilismo, ha sabido situar a la Iglesia en el lugar que le corresponde al comienzo del s. XXI: en el bando de la paz, liderando el diálogo interreligioso y ofreciendo a la sociedad un modelo de globalización con rostro humano. Resulta de gran carga simbólica que sus restos descansen en la sepultura que albergó los restos mortales del ahora Beato Papa Juan XXIII. De esta forma se unirán el impulsor y el implantador de la Magna Asamblea que ha permitido a la Humanidad gozar de una Iglesia como la de hoy. Pero la fuerza de su mensaje ha residido en su coherencia. Nunca ha ocultado las implicaciones morales que comporta el bello programa de las Bienaventuranzas. Especialmente exigente ha sido siempre con los jóvenes quienes, cansados de ofertas seductoras de vida fácil con fines casi siempre mercantiles, fueron los primeros en acudir a los fantásticos happenings que él mismo inventó, atraídos por su persona y su mensaje. Por otro lado, sus últimos años, asumiendo voluntariamente y sin tapujos las consecuencias de su deterioro físico, han sido recibidos por millones de perso- nas enfermas y ancianas con agradecimiento por devolverles la esperanza de una vida llena de sentido a pesar de las dificultades. El Papa ha sido un personaje universal, y personal a la vez. No ejercía sólo de eficaz actor de la escena internacional- -siempre al servicio de la paz, la justicia y los derechos humanos- o de mero jerarca religioso. Los millones de personas que se han desplazado a la Basílica de San Pedro soportando incómodas horas de espera, no han acudido a despedir al estadista o al teólogo. Para la enorme mayoría de ellos, Juan Pablo II era una persona querida porque había influido positivamente en sus vidas. Todos le agradecen haber recibido personalmente- -de una forma u otra- -el fruto de su entrega, de su coraje, de su fe. Católicos y toda clase de mujeres y hombres de buena voluntad de distintas confesiones y también ateos y agnósticos amaban y admiraban a este Papa. Esa es la gran diferencia con los ídolos de las masas, los mitos del cine o de la música, o los líderes carismáticos. Juan Pablo II ha sido, quizá, la personalidad más global de la Historia y, a la vez, ha conseguido llegar a cada persona. Es evidente que la razón de todo ello ha sido su capacidad de amar, pues sólo se ama a las personas, no a las masas. Su enorme autoridad fue alcanzada gracias al papado, de un lado, y a su autenticidad, coherencia, heroísmo y fidelidad a la vocación que recibió a los 58 años: ser el Sumo Pontífice de la iglesia romana para anunciar a Jesucristo y confirmar a sus hermanos en la fe. Él supo extender esa misión hasta conseguir servir a todos los hombres de buena voluntad como guía y apoyo espiritual. A la hora de su muerte, por primera vez en la Historia, toda la humanidad ha estado unida y se ha sentido huérfana. Ha sido, como los hechos han demostrado, un Padre para todos. Ahora sus contemporáneos somos la generación Wojtyla, todos aquellos que hemos sido testigos de la vida de este hombre santo, grande y prodigioso, orgullo del género humano, que ha visto hechos realidad, por unos momentos, sus ideales de unidad. E resulta difícil redactar un artículo sobre el Papa Juan Pablo II, cuando, para escribir su biografía, con el fin de conocer y profundizar en su figura, necesité varios años. El dolor que produce la noticia de su fallecimiento me obliga a hacer un breve resumen de su vida. Lo primero que se me ocurre es agradecer a Dios, sus casi 27 años de pontificado, mostrando en todo momento su coraje por mantener incólume, más allá de ataques e incomprensiones, el mensaje del Maestro. Aquel joven vicario Karol Wojtyla solícito en la atención a los feligreses de la pequeña Parroquia de Niegowic en el inicio de su vida sacerdotal, sin ahorrar fatigas ni esfuerzos, ha consumido su vida en los diversos cargos que ha ocupado, con tanta fortaleza como entrega al servicio de Dios y de las almas. Alabado por unos, vituperado por otros, de Polonia llegó al Vaticano envuelto en un cierto aire de misterio, no M JUAN PABLO II, UN SIERVO FIEL EUSEBIO FERRER Escritor exento de incógnitas. Con los ojos puestos en Dios, sabio en el sentido exacto de la palabra, ha caminado con paso firme, al servicio de la Verdad, sin dejarse amedrentar por las modernas corrientes filosóficas y del pensamiento en boga. Siempre fiel a la Doctrina, cual faro que, en medio de la tormenta, indica el puerto seguro, no ha tenido reparo en mostrar la puerta angosta que lleva a la salvación. Su pontificado está impregnado del perfume de su primer mensaje: ¡No temáis! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo! No ha eludido los interrogantes que han suscitado en la Iglesia ciertas investigaciones científicas que excluyen o utilizan a los que no tienen voz, a los indefensos y a los débiles. Para él todos son igualmente hijos de Dios, sean recién llamados a la vida o pertenezcan al rebaño de los que escriben con letra temblorosa, sus últimas páginas. Juan Pablo II nos deja una lección magistral de entrega, de olvido de sí mismo, por encima de dimisiones y abandonos. Sus escritos perdurarán; su obra le sobrevivirá, como testimonio de que la Verdad trasciende al tiempo. La Iglesia seguirá su singladura, más allá de gobiernos y políticos adversos, de los furibundos ataques a instituciones básicas para la sociedad. En memoria del Papa polaco se escri- birán artículos, libros, tratados, monografías y la recopilación de sus escritos servirá para profundizar en su pensamiento. En cualquier caso, su pontificado habla de su desbordante humanidad, de su extraordinario poder de comunicación mostrado en sus multitudinarias reuniones. Intelectual de gran talla, viajero incansable, ha sabido estar muy cerca de los jóvenes, de los ancianos, de los enfermos, de los desheredados, de los triunfadores y los sojuzgados. Su último libro, Memoria e Identidad viene a ser un resumen de su pensamiento. Es la carta de un padre que siente necesidad de recopilar sus enseñanzas y desea dar las últimas instrucciones a sus hijos. Cuando Dios lo reciba en su seno, le bastará con pronunciar la sentencia que guarda para los justos. El inconmensurable premio, no obtenido por el hecho de haber sido elegido Papa, sino por los méritos de Jesucristo, a los que puede aspirar el fiel más humilde.