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ABC VIERNES 8 4 2005 67 Toros FERIADE ABRIL El Cid se encumbra de la mano de Victorino con otra Puerta del Príncipe Real Maestranza de Sevilla. Jueves, 7 de abril de 2005. Séptima corrida. Lleno. Toros de Victorino Martín, de fina lámina e irreprochable trapío, con movilidad y encastados; destacaron el extraordinario y nobilísimo 2 y el 3 por el zurdo. Uceda Leal, de azul turquesa y oro. Estocada en todo lo alto (silencio) En el cuarto, estocada pasada (silencio) El Cid, de tabaco y oro. Estocada desprendida (dos orejas) En el quinto, estocada baja (oreja) Salió a hombros por la Puerta del Príncipe. Luis Vilches, de fucsia y oro. Dos pinchazos y media contraria (saludos) En el sexto, media atravesada contraria, dos pinchazos, dos descabellos y uno hondo (silencio) ZABALA DE LA SERNA SEVILLA. De la mano de Victorino tenía que ser y con la mano izquierda había de llegar la segunda Puerta del Príncipe consecutiva para El Cid, que le encumbra como máxima figura del toreo. Las manos, la del ganadero y la zurda, son las que le han lanzado a Manuel Jesús durante años y años, durante toda la temporada pasada, cuando se despachó la camada entera de la A coronada. El Cid, guardián del secreto del toreo eterno, tras hacerse sevillano el Do- mingo de Resurrección, se convirtió ayer en la máxima figura del momento. Dueño y señor de una diestra zurda, como dice el Barquero, los naturales brotaron en la Maestranza con la lentitud de la lluvia templada, con la parsimonia cuajada de una muñeca flexible como una rama de olivo, flexible la cintura como un junco, flexible el cuerpo y acompasado para marcharse tras los viajes con el pecho, con el empaque de los grandes. El victorino araba la tierra con el hocico, con la templanza de los mexicanos saltillos. Los vuelos de la muleta se abrían a rastras con una profundidad infinita, tanta que El Cid se quedaba abierto en el cite ligado para el siguiente muletazo, y cuando surgía, la plaza rugía como un volcán, un rugido verde mar, un bramido que se rompía por debajo de la pala del pitón contra las rocas del subsuelo. Antes de la eclosión de la faena, dos tandas diestras destacaron por los broches de pecho, sorprendido el torero sevillano en el primer pase de cada una. Amarró El Cid las orejas con un estocada rinconera- -la cornada sobrevoló la salida del volapié- -y soltó dos palomas de paz al viento. El Cid atravesó por segunda vez consecutiva la Puerta del Príncipe Apostó la vida con el quinto, pura fibra, puro trapío de victorino, duro pedernal. Y El Cid con la cabeza fría y el corazón caliente para crecerse en su valor, para creerse que es figura y volar entre los brazos y los hombros en una procesión que lo mecía como a una talla del Crucificado camino del Guadalquivir. La estocada baja le quitó de redondear en cuatro los trofeos. Victorino entró en Sevilla con una corrida de categoría, fina de todo, encastada, cualitativamente superior a todas las lidiadas en 2005 y a la mayoría de 2004. En esa calidad no sumó el cuarto, el más tobillero y el más de público. El toro reponía, cada vez más rápido, y Uceda se amontonaba atacando, ingenuo en su honestidad de buscar lo auténtico, perdiendo la acción y, al final, la parti- J. M. SERRANO da. La estocada pasada trajo una muerte lenta y la total comunión del respetable con el albaserrada motorizado, de los que vienen y nunca se acaban de ir. El fantasma de aquel toro de El Ventorrillo en Madrid regresó con sus cadenas mentales. El fenomenal espadazo al que abrió plaza- -el que menos humilló- las verónicas perfectas al narrado cuarto, muletazos de clase y su disposición quedaron en agua de borrajas. Vilches causó buena impresión en los naturales al armonioso tercero, de franco pitón izquierdo. Pero el contraste con la magnitud anterior de El Cid pesó lo suyo, como cierta rigidez y la finalización de la obra a la baja por el peor lado. En el sexto, listo como su dueño, ofensivo y engallado, faltaron recursos, rodaje y espada, nunca voluntad.