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66 Espectáculos VIERNES 8 4 2005 ABC VIERNES DE ESTRENO Coach Carter Dir. T. Carter. Int. S. L. Jackson, R. Richard. EE. UU. 2005, Antes de que los Clippers se conviertan en el primer equipo de Los Ángeles y aprovechando la vuelta de los clásicos (Chicago, Boston y hasta la universidad de North Carolina) y la moda retro impuesta por el midas Stern, no es mal momento para urdir en la pizarra un contraataque clásico, Cousy pasa a Russell, con un ojo puesto en la jugona Hoosiers que, de momento, sigue siendo la mejor cinta baloncestística con permiso de Space Jam y, en la prórroga, He got game Con el brazalete de basado en hechos y proezas reales -dilapidado con la mención a LeBron James al principio del filme- el solvente sexto hombre Thomas Carter (nada que ver con el del título ni con Air New Jersey marca absolutamente todos los pasos en la pequeña y larguísima epopeya de un entrenador del instituto Richmond que, además de lograr que sus díscolos chicos parecieran los Lakers del 72, montó la marimorena al hacerles firmar un contrato de rendimiento académico para evitar que de mayores se convirtiesen en unos Artest cualesquiera. Brillantemente interpretado por la calva de Samuel L. Jackson y con poco hueco para el showtime globetrotter (salvo las jugadas femeninas el filme se sigue sin despeinarse y con el beneplácito que solemos dar a las historias de superación deportivo- personal. Lástima que las videoconsoleras escenas en la cancha sean tan de ciencia- ficción como los cuadriláteros filmados (hasta el de Eastwood) y que la ausencia del bonito lance del rebote ya nos telegrafíe el amargo final. En fin, que con suerte logra la octava plaza (del Este) para los play- off, aunque caiga en primera ronda. J. CORTIJO EL MEJOR CINE CON ABC Belleza prohibida Dir. R. Eyre. Int. B. Crudup, C. Danes, R. Everett. Reino Unido, 2004 Un agridulce telón carcomido por el merengue es la decepcionante sensación que destila esta película, agravada por el hecho de que el director Richard Eyre Iris se conoce al dedillo cada tabla y borlón del Royal National Theatre, que por algo produjo allí más de cien obras. Encima, la premisa del filme no puede ser más cascabelera: el disgusto que se llevó Edward Desdémona Kynaston cuando Carlos II dictó algo tan revolucionario como que los papeles femeninos fuesen interpretados por mujeres, inventando así la figura de la actriz y, de rebote, del director amanerado. Sin embargo, el pesado maquillaje John Madden factor lastra casi toda la reflexión sobre el germen del hecho interpretativo que podía surgir, aunque tampoco era plan de poner a Stanislavski, capítulo uno, sobre la mesa. También grandilocuente y con mucho frufrú de grúas y poleas es la puesta en escena, y hasta el cacareado desnudo frontal de Claire Danes casi ni se nota (y no mentamos el microscopio por caballerosidad) Lo mejor, algunas gotas de autenticidad social de entonces (y ahora) y un regio Rupert capitán Garfio Everett, cuyo discurso sobre un espectáculo con acción y ritmo populachero parece que Eyre ha captado tartajamente. J. C. Nicole Kidman y Ewan McGregor, protagonistas del filme Por sólo 5,95 euros más el cupón que se publicará en la penúltima página, los lectores de ABC podrán adquirir el viernes próximo el DVD de esta deslumbrante superproducción Moulin Rouge la vida de bohemia ANTONIO WEINRICHTER Cachimba Dir. S. Caiozzi. Int. P. M. Loyola. España Chile, 2004. El chileno Silvio Caiozzi parece seguir a Hanif Kureishi cuando proclamaba que el mundo es una falda que quiero levantar Y quien dice falda dice museo secreto, pues tal doble Nelson es el eje de este improbable cruce entre Ripstein y Subiela donde un tipo cortazariano saca de sus catacumbas a un pintor tan genial como maldito mientras intenta similar hazaña con las enaguas de su oronda y tímida novia. También cetáceo es el ritmo impuesto por Caiozzi para conducir esta anécdota hacia categorías épicas, encallándola en conversaciones y contemplaciones sobre lo divino del arte altamirano enfocado con una tenua vela. Aunque lo más chocante de este tendedero de quimeras sea ver a Jesús Guzmán, el cartero de Crónicas de un pueblo repartiendo palos certificados al pobre protagonista. Moraleja: quien con sueños se acuesta, con cardenales se levanta. J. C. Aunque seguramente no se lo planteó así en un principio, el director australiano Baz Luhrmann dice que Moulin Rouge es la tercera entrega de lo que él llama la trilogía del Telón Rojo: la primera fue El amor está en el aire ambientada en el mundo de los concursos de baile; la segunda fue su impactante versión de Romeo y Julieta que alternaba el verso shakespeareano y los ritmos hip- hop; y la tercera es esta recreación del mundo bohemio del París de finales del siglo XIX, ambientada entre los bastidores del célebre templo del music- hall que durante mucho tiempo ha sido visita obligada de los turistas que viajan a la capital de la luz, gracias a una leyenda cuyo origen y esplendor se propone documentar Luhrmann. Quizá documentar no sea la palabra adecuada, dado que lo que presenta es una fantasía absoluta, con un estilo deliberadamente excesivo y artificial que brilla en secuencias de baile tan espectaculares como la del can- can, la del tango y la llamada Coup d Etat, y una osadía a la hora de seleccionar las canciones que supera sus anteriores licencias artísticas musicales. De hecho, la banda sonora, que ocupó los primeros lugares de ventas en las listas de medio mundo, se permite incluir canciones como Like a Virgin de Madonna, y Lady Marmalade de Labelle, entre otros muchos éxitos de la música pop, cantados con vigor por los miembros del reparto y por alguna diva pop como Kilie Minogue en el papel del Hada Verde. Los amantes del cine musical tradicional pueden sentirse un poco aturdidos por los anacronismos y el montaje vertiginoso de los números musicales, pero la película hace gala del mismo entusiasmo vital encarnado en el canto y la danza que el género clásico; y la idea de utilizar un cancionero extraído del repertorio pop, y no de la cantera de Broadway, sirvió para acercar esta historia de época a un extenso público joven. Antes de enfrascarse en el rodaje en un estudio australiano (lo que tiene sentido porque la película nunca busca resultar creíble en el apartado de ambientación: el París que retrata es un estado mental) el director Luhrmann se reunió con su co- guionista Craig Pearce para escribir una historia mítica y extremadamente romántica. Su protagonista es el soñador Christian, un Orfeo que desciende a los infiernos impecablemente encarnado por el elegante Ewan MacGregor. La causa de su sufrimiento es la bellísima cortesana Satine, a la que Nicole Kidman, esa actriz en estado de gracia, presta todo su pelirrojo atractivo y su desenvoltura física, tanto más preciosos en cuanto que sus días están contados por la grave enfermedad que padece. El tercero en discordia es el poderoso duque de Worcester (Richard Roxburgh) quien si no puede enamorar a Satine está dispuesto a comprarla. Con esos elementos está servida la tragedia amorosa, alrededor de la cual revolotean personajes como Toulouse Lautrec (el siempre pintoresco John Leguizamo) y el cuerpo de vedettes y coristas del Moulin Rouge. ¡La función debe continuar! Hot milk Dir. R. Bofill. Int. A. Turpin, E. San Francisco. España, 2005. Ya, ya sabemos eso de me ponen mal porque soy el hijo de pero no cuela. El primer largo de Ricardo Bofill no salva la barrera mínima que se le exige a un obra cinematográfica. No había nada que hiciese presagiar una película medianamente elaborada, pero al menos se pretendía un argumento digno, un guión hilado o unas actuaciones decentes. De todo ello, sólo se da la último, y en algunos casos (Ana Turpin y Quique San Francisco) siempre muchos escalones por encima del resto) La historia es peregrina, insólita y absurda. La conexión entre secuencias roza el ridículo y el relato salta de bodrio en bodrio sin sentido común alguno. Todo parece volcado en que la protagonista aparezca, sea como sea, en Ibiza para que tenga que huir, con lamentables toques de castidad, de las bacanales montadas sin ton ni son. En fin, que hay poco que salvar. El mismo Bofill se ha apresurado a reconocer que el guión no es lo fuerte de la película y que es una historia sin pretensiones. Pone el escudo ante las flechas y se queda corto en el diámetro salvador. Todo en Hot milk tiene una capa de provisionalidad, una sensación de deberes sin hacer y de vamos a divertirnos un rato con una cámara mirándonos J. M. C.