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64 Espectáculos VIERNES 8 4 2005 ABC VIERNES DE ESTRENO Be cool La dama de honor No sin mi grammy ANTONIO WEINRICHTER Maneras de zamparse a un hombre frío E. RODRÍGUEZ MARCHANTE John Travolta y Uma Thurman Dirección: F. Gary Gray Intérpretes: John Travolta, Uma Thurman, Vincent Vaughn Nacionalidad: EE. UU. 2005 Duración: 118 minutos Calificación: Hay un cierto placer perverso en volver a ver a Travolta en otra mala película, el tipo de producto alimenticio que solía hacer para pagarse la gasolina de su jet hasta que Tarantino le redimió poniéndole a bailar con Uma Thurman en Pulp Fiction Hoy su crédito vuelve a estar bajo y aquí le tenemos en una secuela de su anterior Cómo conquistar Hollywood que empieza con su personaje de Chili Palmer, ese gángster reciclado en un productor de cine tan cool que es un chili- out quejándose de que sólo produce... secuelas. Ese guiño inicial se queda corto cuando vemos a Travolta salir a la pista con la Thurman para, ya lo adivinan, echarse un bailecito: ésta es una secuela que carece de todo tipo de vergüenza y su nutrido reparto actúa en consecuencia, riéndose de sí mismos y del argumento que protagonizan, de camino al banco para ingresar el cheque que se van a embolsar a nuestra costa. Sin embargo, algo salva a Be Cool de ser una película en la que los actores se lo pasan mejor que el espectador: muchos chistes funcionan, aunque algunos no pasen del nivel del gag recurrente de Harvey Keitel hablando por teléfono con Marty (Scorsese, para los íntimos) Pero los hay mejores: el gángster hortera Vince Vaughn, empeñado en hablar en negro porque es lo más cool; Travolta discutiendo con el gángster negro Cedric sobre una canción de Dylan o con el rockero Steven Tyler sobre el sentido de una de sus baladas... Como se ve, muchos son chistes privados (algunos, de gracia) pero acaban dibujando una eficaz parodia del mundo de la música corporativa que apreciarán los aficionados. No es The Player pero traza el mismo bucle perverso de anunciar un proyecto tópico que acaba convirtiéndose en la misma película que se despliega ante nuestros ojos: en Hollywood la realidad, su reflejo y el pastiche son inextricables. Qué grandes duelos los que mantienen la mujer fatal y el pipiolo que va a caer en su tela de araña. Desde la mesonera Jessica Lange a la majestuosa Lana Turner, de la viciosa y mullida Kathleen Turner a la escalofría Barbara Stanwyck. Tal vez parezca exagerado meter en ese mismo saco a alguien tan aparentemente virginal e ingenua como Laura Smet, que protagoniza esta película de Chabrol, pero su personaje en el interior de este thriller tan vistosamente francés y erecto como la Torre Eiffel resulta igual de demoledor que los de esas devorahombres apuntadas más arriba. Laura Smet (hija de Johnny Hallyday y de Nathalie Baye) modela una de esas mujeres marmóreas, irresistiblemente atractivas y tan chalada como una cometa en un descampado de Tarifa. Ella es el anzuelo, o mejor, el gusanillo que se mueve goloso en el anzuelo, y el besugo es Benoit Magimel, actor habitual de Chabrol que sabe transmitir ese penoso viaje que va desde la más absoluta de las normalidades hasta la peor de las pesadillas. Su creación es magnífica y su personaje se hace mucho más cercano, tocable, que los de Nicholson, MacMurray o William Hurt en El cartero siempre llama dos veces Perdición o Fuego en el cuerpo Incluso marca con mucha exactitud los distintos sentimientos que produce de pantalla para afuera, desde la seca antipatía del principio en Dirección: Claude Chabrol Intérpretes: Benoit Magimel, Laura Smet, Aurore Clément, Bernard Le Coq Nacionalidad: Francia, 2004 Duración: 110 minutos Calificación: su papel de pijo tonto, hasta la perplejidad y brumosidad en que se va (o nos va) sumiendo. Ese duelo entre ellos por la primacía, tanto en su pasión amorosa como en su pugna por situarse en la cima de la película, es un buen terreno para las habilidades cinematográficas del veterano Claude Chabrol, que no hitchco- tiza la historia original de Ruth Rendell a pesar de los muchos aromas que tenía para ser llevada a ese terreno. Digamos que no brilla tanto en su función de thriller como en su función de brutal drama, y es en ese campo en el que se disputan ambos la atención preferente del espectador. La dama de honor que es un título de circunstancias (un detalle menor dentro de la historia) también ofrece ese vistazo habitual de su director a su paisanaje preferido, la burguesía desgastada y aburrida que busca diversión bajando a sus propios sótanos. Tierra de abundancia On the road again ANTONIO WEINRICHTER Símbolo involuntario de la crisis del cine de autor, del que fue una figura popular, Wim Wenders lleva tiempo encontrando dificultades para que sus películas resulten tan resonantes o necesarias como las que hacía al principio de su carrera en los años setenta. La razón estriba en que últimamente las imbuye de lo que antes se llamaba mensaje, y que éste mensaje resulta difusamente bienintencionado, en el mejor de los casos. Aquí se centra en el estado de paranoia que ha venido a cernirse sobre Estados Unidos después del 11- S: lo encarna la figura de un ex boina verde que ve binladens debajo de cada piedra, siendo su contrapunto una angelical voluntaria de onegé que sabe discernir entre un islamista con cinturón explosivo y un paquistaní que pasaba por allí. Dos personajes que sólo superan su condición de tesis y antítesis cuando Wenders se pone con ellos al volante delante del paisaje americano y lo recorre, como en sus mejores tiempos, demostrando que es uno de los grandes poetas del camino (los lugares, y las relaciones, estables nunca le han interesado demasiado) Michelle Williams Dirección: Wim Wenders Intérpretes: Michelle Williams, John Diehl, Shaun Toub, Wendell Pierce Nacionalidad: EE. UU. 2004 Duración: 118 minutos Calificación: La obsesiva actividad patrullera del veterano paranoico ocupa demasiado tiempo del metraje, algo perjudicial da- do que Wenders no es un artista conspirativo como Oliver Stone, pero hay momentos de gran belleza visual y una canción- del- camino final que hacen que uno se reconcilie con el viaje que nos propone Wenders; sin dejar de añorar, de todas formas, la época en que tenía menos cosas que decir y las decía de forma más elocuente.