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ABC VIERNES 8 4 2005 En la muerte de Juan Pablo II HOMENAJE AL PAPA 17 Seis estudiantes de diferentes países duermen en sus sacos frente a las colas para ver por última vez al Santo Padre EPA Diez, doce, quince, hasta veinte horas pasaron algunos peregrinos en pie, aguantando el frío de la noche y el calor del día para desfilar ante el Papa antes de que anoche se cerrara la basílica de San Pedro... Muchos no lo lograron. Pero no cundió el desánimo Los últimos de la fila PABLO MUÑOZ ENVIADO ESPECIAL CIUDAD DEL VATICANO. El día, aunque intenso, fue ayer menos complicado en el Vaticano, donde cientos de miles de peregrinos continuaron haciendo largas colas a la espera de ver cumplido su sueño: despedir en la basílica de San Pedro a Juan Pablo II, el Grande, el hombre que cambió el orden mundial al contribuir de manera decisiva a derribar el comunismo; el líder con mayor capacidad de movilización; el Santo Padre que ha provocado que por primera vez el presidente más poderoso de la tierra, el de Estados Unidos, haya viajado a Roma para asistir a los funerales de un Pontífice, ante cuyos restos rezó en la noche del miércoles sobrecogido; el Papa cuya despedida ha congregado a más de doscientas delegaciones de todo el mundo al máximo nivel; el polaco que, en fin, ha propiciado con su muerte la mayor concentración de fieles de la historia. Unos cinco millones de personas, según los últimos datos, han desfilado desde la noche del pasado lunes ante el cadáver, con el rostro ya del color céreo de la muerte. Y no han pasado más porque ha sido literalmente imposible. Entre los últimos que lo lograron, el sacerdote Miguel Cavallé, nacido en Barcelona y que trabaja en una casa para jóvenes en Caserta. Del movimiento católico de los Legionarios de Cristo, este religioso de aspecto joven, pelo castaño y cara de felicidad pasó trece horas en la fila con quince de sus muchachos. Bandera nacional con crespón negro en ristre- siempre la llevo, aunque sea el único español de mi grupo no acierta a explicar la impresión que sintió cuando por fin pudo atravesar la puerta principal de la basílica de San Pedro: Ese momento lo tuvo todo: la grandiosidad del marco, las inmensas ganas de vivirlo, la profunda fe con la que lo vivimos, la necesidad de dar las gracias a Juan Pablo II... Será santo, tiene aún más influencia muerto que cuando estaba en vida Milagro o algo inexplicable Para un creyente como él lo que se vive estos días en el Vaticano es un milagro: no se puede explicar de otra forma cómo es posible, por ejemplo, que una anciana haya aguantado sin pestañear toda la noche- -desde las nueve y media del miércoles hasta las diez y media de la mañana de ayer- junto a nosotros, sin poder sentarse ni un minuto, y siempre, además, con una sonrisa en los labios Para quien no tiene fe, se trata de algo inexplicable, de una identificación colectiva sin precedentes con una figura que va más allá de cualquier lógica racional. Porque, además, ese ambiente se siente, llega a cualquiera, lo envuelve todo y contagia. Merche, Yolanda y Saray son tres mujeres de Vitoria; las dos primeras, de edad madura, y la tercera, una jovencita. Viajaron el mismo miércoles en avión y desde el aeropuerto romano de Fiumicino se dirigieron a la plaza de San Pedro. No reservaron hotel, ni se preocuparon lo más mínimo del alojamiento. Para qué, si sabían que tenían que estar toda la noche en vela si querían desfilar ante Juan Pablo II. Les costó diez horas. Ayer mismo cogieron otro vuelo de regreso a España, y a pesar de la paliza se mostraban radiantes. Igual que decenas de miles de polacos- -junto con los italianos el grupo más numeroso- o que los alemanes, o que los orientales, los latinoamericanos o los de cualquier otra parte del mundo, que de todas hay en esta masiva peregrinación de homenaje al Papa muerto, y que salían de la plaza de San Pedro con el rostro marcado por el cansancio pero con expresión de felicidad porque sabían que habían logrado su propósito en el último instante. Los responsables de la seguridad y de Protección Civil, mientras tanto, respiraban un tanto aliviados porque, al margen de las clásicas lipotimias y algún que otro problema grave, todo había salido a la perfección. La disciplina de todos y cada uno de los peregrinos, que han seguido sin una mala cara las recomendaciones, y el incansable trabajo realizado habían dado sus frutos. Fue clave la decisión de las diez de la noche del miércoles de bloquear las filas e impedir que más gente se incorporase a ellas, porque ayer las colas del día eran más fluidas y la situación se percibía más tranquila. Lo dijo el responsable del dispositivo: Otro día como el miércoles no lo podríamos haber aguantado La última etapa Queda, en cualquier caso, la última etapa de la despedida, el funeral de hoy, al que asistirán millones de personas. A las tres de la madrugada se abrirá oficialmente la plaza de San Pedro. Pero con toda probabilidad antes esté ya abarrotada. Caben unas 300.000 personas allí y en las zonas más próximas; es decir, sólo una pequeña parte. Da igual. Lo verán por televisión o quizá sólo lo lleguen a intuir. Y a pesar de todo les habrá valido la pena; como las esperas, como el cansancio, como las agujetas de hoy y hasta dentro de muchos días. Será la fuerza de la fe. Y también, cómo no, la de Juan Pablo II. El momento de entrar en la basílica lo tuvo todo, las inmensas ganas de vivirlo, la necesidad de dar las gracias a Juan Pablo II