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ABC VIERNES 8 4 2005 En la muerte de Juan Pablo II PLEGARIAS ANTE EL CADÁVER DEL PESCADOR 15 queda al principio un poco desconcertado de mi osadía, pero enseguida me dedica una sonrisa ancha y hospitalaria. A su rebufo entramos en la basílica; el baldaquino de Bernini alza sus columnas salomónicas como llamas de un fuego devorador. Un cirio pascual, erguido como un álamo, escolta el cadáver del pescador que quiso morir con las sandalias puestas. Las lágrimas atenazan mi plegaria. En las facciones del Papa se esculpen los zarpazos de una agonía feroz; es el suyo un rostro macilento, como un mapa que transparentase las geografías del Gólgota. Frente a mí, desfila la marea de los peregrinos; su oración dura apenas unos segundos, pero en ella se contiene un fervor del tamaño del universo. En los reclinatorios que escoltan el túmulo, rezan los cardenales y demás jerarquías de la Iglesia; sobre sus hombros abrumados parece sostenerse el peso doliente del mundo. El llanto me amordaza la garganta; como en un aleph vertiginoso, desfilan por mi memoria sentimientos de la infancia que creía hibernados para siempre: mi oración es caótica y balbuciente, como la de un niño que se aproxima por primera vez al misterio. Y noto entonces que mis palabras atolondradas son cogidas en volandas, alzadas a un cielo que tiene el color de un incendio blanco. El rostro demacrado del Papa recupera entonces una prestancia vigorosa, como si despertase de una siesta; pero tal vez las lágrimas me inspiran estos espejismos. Cuando me despido de fray José Luis, aún no me he recuperado. Mis pasos son a un tiempo alados y arenosos, como los de un borracho que vive su borrachera como una jubilosa excepción de las leyes de gravedad. Durante horas vagabundeo sin brújula por las calles colindantes al Vaticano, zarandeado por una multitud que renueva el bullicio de Pentecostés. En una callejuela milagrosamente salvada del tumulto, junto a Via del Falco Farinone, descubro a tres muchachas de hábito blanco que se cobijan en la penumbra de un portal. Son monjas dominicas de apenas veinte años, delgadísimas como garzas, de una estatura que compite con la mía. Se están desembarazando de unas mochilas que quizá pesen más que ellas mismas y desplegando sus sacos de dormir sobre el suelo: las tres son de una belleza impronunciable y despeinada, con ojos en los que se alberga el cóncavo de mar. Las saludo, incrédulo y también alegre de que tanta hermosura haya elegido como esposo al Galileo. A sus rostros acude el rubor cuando por fin aciertan a descifrar mis piropos: se llaman Rafaela, Michaela y Bernardeta y acaban de llegar a Roma, procedentes de Praga. Han decidido dormir en la calle para asegurarse un sitio en los funerales de mañana. Me piden que les haga una foto y yo accedo a cambio de que me permitan besarlas en las mejillas. Aún guardo el rescoldo de su piel en los labios, mientras escribo esta crónica: es un rescoldo que refresca mi sangre y me llena de una alegría nueva. Soldados polacos, ayer en el Circo Massimo de Roma AP