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ABC VIERNES 8 4 2005 La Tercera TESTIGO, PASTOR Y MAESTRO A se nos había advertido: que los hombres escuchan con más atención a los testigos que a los maestros. Y si oyen al maestro y lo siguen, el motivo de la credibilidad más seguro es el de su propia vida. Así ha sido Juan Pablo II: testigo y maestro. Con la veracidad del testigo y la sabiduría del maestro, Juan Pablo II ha tomado el Evangelio de Jesucristo en las manos y nos lo ha ido leyendo en el momento en que la Humanidad necesitaba escucharlo. Juan Pablo II hablaba desde esa admirable libertad que producen el conocimiento y la adhesión a la Verdad. Es la hondura de la fe que llena de seguros convencimientos la mente y el corazón del hombre y le da sobrados motivos para esperar y para vivir. De la abundancia de esa fe hablaban los labios del Papa, y nos ha ido dejando en homilías, encíclicas, alocuciones y discursos, un mensaje de libertad y de vida para un hombre no pocas veces desorientado por la agresividad de continuas amenazas a su misma dignidad humana. Juan Pablo II asumía las grandes y, no pocas veces, delicadas y hasta angustiosas cuestiones de nuestra época y, sin concesiones a la ambigüedad, iba leyendo sobre cada una de ellas el Evangelio y la tradición de la Iglesia. Estamos convencidos de que tan buen pastor nos ha llevado por el mejor camino: el de la fidelidad a Dios al que honrar y a los hombres a los que servir. De la mano de Juan Pablo II hemos hecho, durante estos años de su pontificado, una maravillosa y fecunda peregrinación desde los manantiales de la fe cristiana a la casa y los países de los hombres más diversos. Hombres y mujeres de religiones distintas o sin religión. Los jóvenes y los problemas más actuales del momento. El trabajo y la justicia. La razón y la fe. Llegó hasta los hombres de Estado y a los más excluidos de este mundo. Tenía una palabra y un gesto para cada uno y llegaba a todos. Ha hablado a los niños y a los jóvenes, pero también a los científicos y a los trabajadores. A los niños les recuerda que han de ser apóstoles de la alegría, pero también que deben acordarse de los niños que sufren a causa del hambre, de la violencia y de la explotación. Para los jóvenes, la exigencia de vivir como hijos de la luz y de hacer en la vida algo grande. Ser los centinelas del mañana, pero con los ojos y el corazón abiertos a la luz de Cristo. Los grandes temas del hombre, de la sociedad, de la fe, de la vida de la Iglesia, de la familia, del pensamiento y de la cultura, del trabajo y de la política, han sido tratados por Juan Pablo II y sobre ellos ha ido dejando caer la luz y la reflexión del Evangelio. A los científicos los pone en guardia acerca de la necesidad de pasar del fenómeno al fundamento y de que no es posible detenerse en la zona de la simple experiencia, sin dejar que el conocimiento se abra a todos los hori- Y El magisterio de Juan Pablo II ha llegado, y sigue estando presente, entre los grupos humanos más diversos. A todos les habla con la palabra adecuada. Sin miedo a la denuncia, pero con la alegría de la esperanza. Nada impone, pero ofrece la doctrina del Evangelio con la responsabilidad de un profeta que quiere ser fiel al Maestro que le enseña y le envía zontes, sin excluir el trascendente. Que los bienes de la tierra, les dice a los trabajadores, sean útiles a la vida de los hombres y de la sociedad, con el redescubrimiento del sentido y el valor del trabajo en una justa jerarquía de los valores, y, en primer lugar, la dignidad del hombre y de la mujer que trabajan, su libertad, su responsabilidad y su participación, superando las situaciones de injusticia. Ninguna actividad laboral, económica o comercial puede violar la dignidad y la centralidad de la persona. A los gobernantes y parlamentarios les recuerda que la política no tiene otra finalidad sino la de conseguir el bien común de la sociedad. Debe realizarse con espíritu de servicio, no buscando la propia utilidad sino el bien de todos y de cada uno y, por consiguiente, en primer lugar, el de los más desfavorecidos de la sociedad. Su nombre figurará en la lista de los personajes más destacados, no sólo del siglo XX y su paso hacia el XXI, sino de la misma historia contemporánea de la Humanidad. Quienes lo valoran con elogio son multitud. Aunque no siempre se ha tenido un buen conocimiento de la verdadera personalidad y del magisterio del Papa. En ocasiones, la imagen se ha sobrepuesto ante las palabras. Y se tenía una visión del Papa viajero, el de las grandes celebraciones y rodeado de multitudes. Poco se sabía, en cambio, de su abundante y directo magisterio. No hace falta esperar un juicio lejano de la historia. A Juan Pablo II se le reconoce como uno de los más insignes obreros de la paz Lo acreditan sus gestos y su palabra. No importaba la dimensión del conflicto. El Papa llegaba, incluso con su presencia física, allí donde los hombres se enfrentaban. Hace de mediador, acerca a los hombres con responsabilidades políticas y favorece el diálogo. El magisterio de Juan Pablo II ha llegado, y sigue estando presente, entre los grupos humanos más diversos. A todos les habla con la palabra adecuada. Sin miedo a la denuncia, pero con la alegría de la esperanza. Nada impone, pero ofrece la doctrina del Evangelio con la responsabilidad de un profeta que quiere ser fiel al Maestro que le enseña y le envía. Pero no han sido sólo palabras. El ejemplo de su vida paseando por todo el mundo, hablando en los foros más discutidos e inaccesibles, demuestra la coherencia incuestionable entre la vida y la doctrina. Juan Pablo II puede ofrecer un inagotable magisterio- -bastaría para ello recordar sus numerosas cartas encíclicas- pero la mejor lección es la de su propia vida: veladamente es un pastor universal y un hombre siempre interesado por el bien de todos. El sentido universal del magisterio de Juan Pablo II no se refiere únicamente a su presencia física en los distintos países, sino la amplitud de su amor pastoral que quiere llegar a todos. No existe barrera alguna cuando se trata de ayudar al hombre. Juan Pablo II nos ha dado el mejor ejemplo: solamente la Verdad, de la mano del hombre de bien, puede levantar caminos de esperanza. Pasó entre nosotros haciendo el bien. No eran palabras altisonantes, ni sabiduría humana, lo que nos traía Juan Pablo II. Era la doctrina segura del Evangelio y el testimonio personal de su valiente y fiel ministerio de Pastor universal al servicio de toda la Iglesia. Eucaristía, evangelización, la Virgen María, el camino de la Iglesia, la santidad. De todo ello hablaría el Papa. Y lo hizo con obras y palabras. Con doctrina y testimonio. CARLOS AMIGO VALLEJO Cardenal Arzobispo de Sevilla