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ABC JUEVES 7 4 2005 En la muerte de Juan Pablo II ANÁLISIS 19 HA MUERTO EVANGELIZANDO CIPRIANO CALDERÓN Obispo Vicepresidente emérito de la Pontificia Comisión para América Latina uan Pablo II ha sido el más grande evangelizador que ha tenido la Iglesia de nuestro tiempo. Lo testimonia su tarea ordinaria de 26 largos años de Pontífice en los que, como primer sacerdote de la Iglesia, ha ejercitado cotidianamente de forma muy relevante el sacro ministerio. Lo testimonia su tarea de Maestro, que en encíclicas, cartas, mensajes, discursos e infinidad de documentos ha sembrado la palabra a manos llenas por todos los meridianos del orbe. Lo testimonia su incansable fatiga de Pastor universal, que le ha llevado en 104 Viajes Apostólicos a visitar innumerables Iglesias locales en casi todas las naciones de los cinco continentes y a donarse sin reservas en el contacto con toda clase de personas, en diálogo abierto hacia los más variados horizontes. Juan Pablo II: el más grande evangelizador de nuestro tiempo en cada jornada de su existencia tan marcada por el sufrimiento. E inmerso en el sufrimiento, ha muerto evangelizando. Es decir, ha ido al encuentro definitivo con Cristo, teniendo en vilo al mundo entero y arrastrando hacia Cristo, con el formidable testimonio de su agonía compartida, a multitudes de almas sencillas y a relevantes personajes de los más diversos sectores de la sociedad. J Sí. Juan Pablo II ha muerto evangelizando, cumpliendo así perfectamente la misión propia y específica de la Iglesia, que- -como recalca la Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi -es evangelizar: anunciar el nombre y el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios. En las últimas horas de su existencia, como en toda su vida, ha predicado la muerte y resurrección del Redentor, el misterio pascual, realizando en su viernes de pasión un gesto tan singular y, por otro lado, tan normal en él: hacer el Vía Crucis El largo y fecundo pontificado del Papa Wojtyla, según el programa que él mismo se trazó al comienzo de su misión petrina, se ha proyectado fundamentalmente- -podríamos decir reduciendo las cosas a un fácil esquema simplificado- -sobre tres frentes apostólicos. El primero es la paz: heraldo, embajador y artífice de la paz, la ha protagonizado incansablemente, contra toda esperanza, al estilo de Abraham, tratando de llevarla a todas las encrucijadas del planeta. Hay que decir, sin embargo, que en este frente los esfuerzos gigantescos del Sumo Pontífice, por la dureza de los corazones humanos, no han producido los efectos programados y deseados. El segundo importante frente ha sido el del ecumenismo. Ciertamente, mucho camino se ha andado en estos últimos decenios. Pero, a pesar del afán casi utópico, de la gran apertura y de la generosidad total por parte del Pontífice, las Iglesias, condicionadas en gran parte por la ceguera y el egoísmo de sus ministros, no han sabido responder a la angustiosa llamada a la unidad que el Papa ha repetido continuamente. La Iglesia de Jesús sigue dividida, desgarrada. En cambio, en el frente de la evangelización, al que me he referido antes, el éxito apostólico de Juan Pablo II ha si- Las Iglesias, condicionadas en gran parte por la ceguera y el egoísmo de sus ministros, no han sabido responder a la angustiosa llamada a la unidad que el Papa ha repetido continuamente do excepcional, de época. Jamás el mensaje de Jesús se había predicado tan ampliamente y tan intensamente; jamás se había proclamado en tantas lenguas; jamás había llegado a tantas naciones, a tantas etnias y a tantos rincones del planeta, gracias también a los medios de comunicación que el Pontífice desaparecido ha sabido manejar certera y eficazmente. Los frutos de fe, de vida cristiana y de dinamismo eclesial han sido inmensos. No cabe duda de que el aspecto más emblemático de este glorioso pontificado, al margen de gestos anecdóticos, ha sido la evangelización. Es éste el legado de Juan Pablo II. Algo que deja marcada la Historia, produciendo un eco formidable que irá rebotando sonora y positivamente sobre los siglos futuros. Ésta es la profecía que Juan Pablo II deja al futuro de la Iglesia y del mundo al comienzo de este enigmático tercer milenio. El Papa ha muerto serenamente, rodeado del amor y de las lágrimas de sus fieles. Ha muerto muy sereno. También la Iglesia está serena y llena de esperanza. Sabemos que la Iglesia es de Jesús y que pronto tendremos otro supremo Pastor, otro Papa según el corazón de Cristo. Juan Pablo II ya ha encontrado, ya ha visto al Señor. Así pasan los justos. Se fue el Papa Wojtyla y el mundo se quedó más pobre. Se fue el Profeta del amor, el Ángel de la nueva evangelización, de la evangelización planetaria.