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ABC MIÉRCOLES 6 4 2005 En la muerte de Juan Pablo II LA RELACIÓN CON OTRAS RELIGIONES 21 Los amigos judíos del Papa Edith Tzirer y Joseph Beinstock no se conocen, pero tienen algo en común: su amistad y su agradecimiento a Juan Pablo II. Los dos han sentido, más que nadie en Israel, el fallecimiento del Papa. Los dos le han homenajeado a su manera, que no puede ser otra que contar en primera persona una vida que para muchos es de novela. Edith, de 74 años, conoció a Karol Wojtyla apenas unos días después de ser liberada por el Ejército Rojo del campo de concentración de Czestochowa. Era enero de 1945. Yo tenía 13 años. Nevaba y hacía mucho frío. Anduve sin rumbo hasta llegar a la aldea de Yanjeow, cerca de Cracovia, y allí estuve dos días en la calle sin comer ni beber más que la nieve del suelo. Entonces llegó él vestido con su sotana, como un ángel del cielo. Me llevó a hombros durante casi cuatro kilómetros hasta una estación de tren, a la vez que me daba pan, queso y té caliente Algunos judíos rescatados del nazismo la advirtieron de que tuviera cuidado, de que a lo mejor ese señor con sotana la metía en un convento. Edith optó por escapar y no volvió a saber nada de aquel hombre que le salvó la vida hasta que en 1978 vio en un periódico que había sido elegido Papa. Entró en contacto con el Santo Padre en 1997, cuando fue recibida en el Vaticano. Le volvió a ver en 2000 en el Museo del Holocausto: Posó su mano sobre mi hombro y lloramos juntos Joseph tiene 85 años. El domingo publicó una carta en el diario Yedioth Ajronoth, titulada Shalom, mi amigo Karol en la que narraba que se sentaban juntos en el colegio de Wadowice, donde fraguaron una gran amistad, pese a que uno era miembro de una ferviente familia católica y el otro de una judía, algo que no era común en una época de profundo antisemitismo Juan Pablo II, junto al gran rabino de Israel Lau, a la izquierda, y el líder de los musulmanes palestinos Sheikh Tatzir Tamimi judío. Y no lo digo porque haya muerto, porque convenga hablar bien de los muertos, porque me haya afectado el homenaje mundial que se le está brindando. Lo digo porque lo demostró en vida, porque lo fue de los judíos que sufrían en su Polonia natal, porque quiso serlo de los judíos de Israel. Será difícil que su sucesor sea tan cercano a nosotros. Esperamos al menos que siga el camino que él eligió y no tome atajo alguno cuando se aproxime a nuestra casa dice Ruth a las puertas de la Gran Sinagoga de Jerusalén. Como ella, otros muchos judíos de Israel, pero también del mundo entero, valoran el esfuerzo tozudo de Su Santidad por reconciliar a dos religiones enfrentadas a lo largo de sus azarosas historias. Tanto es así, que desde Teherán, desde el régimen de los ayatolás iraníes, se ha denunciado precisamente la con- AFP nivencia del Papa con el sionismo y el lobby judío como resumen de su Pontificado. Tanto es así, que en Israel ya no se habla tan sólo de sus dos Grandes Rabinos, el ashkenazí, Yona Metzger, y el sefardí, Shlomo Amar, sino de un tercero, un Gran Rabino cristiano, como lo ha bautizado el escritor hebreo Amos Oz; un Gran Rabino cristiano, con acento polaco, que acaba de morir en Roma.