Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
18 En la muerte de Juan Pablo II ANÁLISIS MIÉRCOLES 6 4 2005 ABC ETIQUETAS PARA UN PAPA DIFUNTO JOSÉ MARÍA JAVIERRE Sacerdote y escritor S iete de la tarde del lunes dieciséis de octubre de 1978. Trescientas mil personas miramos desde la plaza de San Pedro hacia el caño de estufa que rompe la techumbre de la Capilla Sixtina. Hace tres cuartos de hora la estufa se ha puesto a soltar bocanadas de humo blanco: ¡Tenemos Papa! Nos había entrado miedo: Que el cónclave se complicara, pues los cardenales llevan encerrados desde la tarde del sábado. Total, dos días de votaciones, domingo y lunes. Pero ocurre que la solución rápida del cónclave anterior nos dio la imagen sonriente de Albino Luciani, Papa Juan Pablo I. Aquello fue tan hermoso que ahora deseábamos un Papa bueno, buenísimo, enseguida, ya, el primer día a ser posible; y si no, el segundo día, hoy lunes. La noche del sábado no cuenta, porque los cardenales no realizaron esa tarde ninguna votación, simplemente ocuparon sus aposentos, hablaron, cenaron... y se fueron a dormir. El domingo, cuatro votaciones: ¿No les basta para elegir una persona simpática y santa, como acertaron la vez anterior con Albino Luciani? Eso les pedimos, una persona simpática y santa. Se supone que entre más de un centenar de cardenales escogidos durante años por todos los países del planeta habrá por lo menos un par de docenas simpáticos y santos que sirvan para ocupar el puesto dejado prematuramente vacío por el buenazo del Papa Luciani. Las cuatro votaciones del domingo, humo negro. Mañana del lunes, dos votaciones: humo negro. Teníamos tantas ganas de que el cónclave no se complique, que alguna vacilación de la estufa fue acogida con aplausos equivocados pensando que ya está la elección cumplida. Nos intranquiliza el oscuro temor de que cada grupo de cardenales, decepcionados por lo poco que duró Luciani, el Papa de treinta y tres días, se encasquille en su candidato y no acierten a ponerse de acuerdo. Miedo infundado. Sólo han pasado veinte minutos desde la fumata blanca, y ahora mismo se enciende una luz en la balconada central de la basílica, descorren las persianas, abren la ventana... El aplauso de la muchedumbre acalla la música de los carabineros italianos que ocupan su puesto en la plataforma de honor para rendir armas al Pontífice, es la tradición de los últimos tiempos. La figura sólida del cardenal Felici ocupa el balcón y silabea rotundamente las palabras latinas, interrumpidas por repetidas aclamaciones: ¡Habemus Papam! Uno de mis colegas ha escrito desde las trincheras de cristianos para el socialismo que la Iglesia católica debe liquidar esta escenografía; yo sé que mi amigo se equivoca, pues a quienes somos pueblo sencillo, afortunadamente yo lo soy, este caliente vino de una familia que se alegra el día que hallamos al padre, nos fortalece el ánimo y seguimos la marcha. Tenemos Papa. ¿Cuál? Los aplausos enmudecen para oír todos el nombre que Felici ha de pronunciar. Bastará solo el nombre, si es Juan será Benelli; si José, Siri; si Conrado, será Ursi; cuidado, Juan podría ser Colombo... Repite Felici: -Habemus Papam, el eminentísimo señor Carlos... Aplaudimos desorientados: ¿Carlos? ¿qué cardenal se llama Carlos? Los periodistas nos miramos unos a otros, con incerteza. Felici: Carlos cardenal Woitiua. Qué sorpresa: ¿Quién es Carlos, ese cardenal de apellido tan raro que acaba de pronunciar Felici? El apellido del Papa dará hilo que torcer durante un par de semanas. Los polacos manejan un idioma eslavo más difícil que el ruso, lo hablan los polacos a gran velocidad, deslizan por el tobogán de la lengua vagones repletos de palabras cantarinas absolutamente incomprensibles. Después de permanecer quince días en Craco- via conseguiré captar dos palabras en las preces de la misa; Alleluia y hosanna Nunca he comprendido mejor al portugués asombrado porque desde su más tierna infancia todos los niños de Francia saben hablar francés. Menos mal que los polacos de media cultura para arriba te salen inmediatamente al encuentro sonriendo en varios idiomas y tú eliges el conveniente. Felici ha pronunciado el apellido correctamente, como se pronuncia en Polonia: Voitiua. Escrito, para los latinos un acertijo, Wojtyla Esa ele lleva en polaco una especie de bufanda o palito a la altura del cuello que la convierte en una u Felici no se ha equivocado, le habrá ayudado Wyszynski. Felici: y ha elegido para sí el nombre de Juan Pablo II. Ovación, está claro; sea quien sea el Papa de apellido raro, ha decidido empalmar su pontificado con nombres tan queridos en esta plaza, Juan XXIII y Pablo VI: Juan Pablo ¿Quién es? ¿Es un negro? ¿Un americano, un vietnamita, checoslovaco? -Italiano, seguro no es. ¿Cómo ha dicho? ¡Es polaco! míralo, aquí está en la página del Osservatore donde ayer vinieron todos retratados. -Queno: el polacosellamaWyszynski. -Es el otro polaco; Wyszynski ocupa la sede primacial de Varsovia; este Wojtyla es arzobispo de Cracovia. Los romanos, un poco aturdidos. Hace cuatro siglos y medio tuvo la Iglesia el último Papa no italiano. Adriano VI, holandés que había sido preceptor de Carlos V y viajó a España con él, designado obispo de Tortosa. Roma y Adriano se llevaron mal. Ahora, de repente, un polaco. Los cristianos de otros países no medimos bien el sacrificio que representa para Italia encontrarse después de cuatro siglos y medio un papa extranjero Mucho tiempo, exactamente 455 años. Kilométrico, quatrocentocinquantacinque Tantos años; y sin previo aviso, un polaco. ¿Por qué han sido italianos la mayoría de los cardenales del Sacro Colegio, lo cual trajo como consecuencia inevitable papas italianos? ¿Por qué casi exclusivamente italiano el personal burocrático de la Santa Sede? ¿Y la diplomacia pontificia? ¿Por qué italiana la curia, los organismos administrativos? Las circunstancias históricas tuvieron mucho que ver con la respuesta a estos interrogantes. El clero italiano merece agradecimiento de los creyentes de todo el mundo por la elegancia y la eficacia con que ha cubierto la plantilla de gobierno de la Iglesia durante siglos de nacionalismo feroz. Todavía en vísperas de este cónclave que hoy termina, los cardenales comentaron su convencimiento de que elegir cualquier candidato perteneciente a los bloques de máximo peso internacional, yanqui por ejemplo, alemán, inglés o francés, crearía sombras al pontificado actual. La solución italiana evita conflictos. Pero ¿hasta cuándo italiano? Pío XII inició el ensanche mundial del colegio cardenalicio; la máxima ocupación de los cardenales italianos en vísperas de cónclave ha sido asegurar la convergencia de votos sobre un candidato italiano. De haber tenido partida de bautismo italiana, el español Merry del Val hubiera salido Papa del cónclave que eligió a Pío XI.