Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC MIÉRCOLES 6 4 2005 La Tercera MEMORIA Y ESPERANZA UIERO evocar el recuerdo que tengo del Papa, la personalidad más fuerte e impresionante que he conocido en mi vida. La primera vez que lo vi fue cuando asistí, en representación del Gobierno, a la inauguración de su Ministerio como pastor universal de la Iglesia en 1978. Después del corto pontificado de Juan Pablo I, el Colegio Cardenalicio quiso descubrir la voluntad de Dios en unas circunstancias tan especiales como aquellas y de ahí surgió- -como ha dicho el Cardenal Ratzinger- la posibilidad de llevar a cabo algo nuevo La elección del Arzobispo de Cracovia, Karol Woytyla, el primer Papa no italiano desde Adriano VI en el siglo XVI, fue la elección de un hombre de profunda solidez, doctrinal y física, un obispo diocesano de hondas experiencias pastorales, y también con una poderosa proyección pública, que podía concluir con la mentalidad de división que existía desde la Segunda Guerra Mundial. Su carácter firme y determinado lo manifiesta ya en el instante mismo de su elección, cuando el Maestro de Ceremonias le indica que se siente para recibir el saludo de los Cardenales Juan Pablo II replica: Recibiré a mis hermanos de pie Luego, su primera alocución al pueblo con aquel mensaje que hoy suena con la misma fuerza que entonces: ¡No tengáis miedo! recogido de labios del Señor, que lo dirigió a los Apóstoles. Es la llamada del Papa para abrir a la potestad salvadora de Cristo los confines de los Estados, los sistemas económicos y políticos, los campos de la cultura, de la civilización, del desarrollo. Es el mensaje que desde que lo pronunció hasta hoy mismo nos da fuerza a los cristianos para afrontar, en una primera etapa, la presión del ateísmo marxista; más tarde, la secularización y una falsa modernización de nuestras sociedades occidentales, y también un grito para defendernos de los complejos de un supuesto conservadurismo por conducir un combate por la salvaguarda de los valores morales y trascendentes. En su primer saludo a los romanos y a los peregrinos al asomarse al balcón de la Plaza de San Pedro, dijo que venía de un país lejano No era una lejanía geográfica, era una procedencia de más allá del Telón de Acero, pero de un país que nunca había dejado de estar en el corazón de Europa. Unos meses después, y con ocasión de la firma de los Acuerdos con la Santa Sede, en enero del 79, visité al Santo Padre en la Biblioteca Vaticana. Era la primera vez que un Estado de mayoría católica sustituía un Concordato por unos Acuerdos parciales que regulaban las relaciones entre la Iglesia y el Estado desde el respeto a sus respectivas independencias. De aquel encuentro me impresionó su visión de Europa, su convicción del papel de una Europa centro- oriental en la creación de una Europa unida, y al mismo tiempo su defensa de la identidad de cada una de las naciones de nuestro continente y en especial de aquellas que, a pesar de las transformaciones impuestas por la dictadura comunista, mantenían su propia personalidad. Cuando años más tarde- -como secretario general- -volví a encontrarlo en Q La elección del Arzobispo de Cracovia, Karol Woytyla, el primer Papa no italiano desde Adriano VI en el siglo XVI, fue la elección de un hombre de profunda solidez, doctrinal y física, un obispo diocesano de hondas experiencias pastorales el Consejo de Europa y le acompañé en la visita a la Institución, me corrigió cuando le comenté que pensaba visitar los países de la Europa del Este, Hungría y Polonia. Con voz firme y afectuosa me señaló: Esos países no son la Europa del Este, son el centro de Europa Faltaban aún años para que cayese el Muro de Berlín, o más bien para que fuera derribado por aquellos hombres y mujeres que al grito de la libertad moverían esas piedras que iban a permitir la reunificación de Europa. Si entre aquellos millones de personas que contribuyeron a un nuevo paisaje de nuestro continente hubiera que mencionar un nombre, sonaría con más fuerza que ninguno el de Juan Pablo II, cuyo papel fue decisivo, como reconoció el propio Gorbachov en una entrevista en 1991: Lo que ha sucedido estos últimos años no hubiera sido posible sin la presencia de este Papa, sin el eminente papel que ha jugado, incluido en el plano político, en la escena mundial Los peregrinos del Camino de Santiago tenemos también siempre viva en la memoria la palabra del Papa desde la ciudad compostelana en 1982, con aquella invocación a Europa: Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes Estas palabras son también las que laten en millones de personas que quieren que la reunificación europea se haga sin que nuestro continente pierda su alma, sin que desaparezca una identidad que es incomprensible sin el cristianismo, ya que en él se hallan aquellas raíces, las mismas de las que han madurado la civilización del continente, su cultura y su dinamismo. Y el Papa nos ha recordado igualmente una y otra vez que en el centro de nuestra herencia europea común- -religiosa, cultural y jurídica- -está la noción de la dignidad inviolable de la persona, que implica derechos inalienables que exigen el respeto al ser humano desde la concepción hasta la muerte. Volviendo la mirada a los viajes de Juan Pablo II a la Polonia comunista en donde logró la triple alianza de intelectuales, obreros y católicos, lanzó desde allí un mensaje del maridaje indispensable de la ley y la moral con una defensa apasionada de la libertad religiosa, que ha sido su permanente combate: Nadie puede excluir a Cristo de la historia de la Humanidad y proclamando al mismo tiempo la exigencia de abrir las fronteras y devolver a los países sojuzgados su independencia y su soberanía. Son las mismas palabras que pronunció en Cuba en 1998 al afirmar que cada persona y cada confesión religiosa puedan vivir su fe libremente y manifestándola abiertamente en la vida pública Y al mismo tiempo que reclamaba la libertad, el Papa Juan Pablo II era el gran defensor de la doctrina social de la Iglesia definida por León XIII, Juan XXIII y Pablo VI, y así, en su encíclica Solicitudo rei socialis hace una enérgica llamada a la responsabilidad del mundo capitalista, y en la Centessimus Annus advierte del peligro de abandonar a los países más pobres y el riesgo de que los países recién liberados se sientan deslumbrados por el consumismo y el hedonismo. Otra idea que ha estado siempre presente en la preocupación del Papa ha sido la paz. No hay paz nos dirá, sin una disponibilidad de diálogo sincero y continuo. La verdad se realiza también en el diálogo, que es elemento indispensable para la paz Con la misma firmeza, el Papa condena el terrorismo, que no tiene jamás justificación ninguna y que se basa en el desprecio al hombre. Precisamente por eso constituye un auténtico crimen contra la Humanidad. En estos momentos de profundo dolor en el que se precipitan tantos recuerdos de la vida y de las enseñanzas del Papa, quiero terminar evocando la memoria que conservo de su oratorio privado, en la misa de 7 de la mañana en la Capilla de mármol gris donde la figura del Santo Padre recogido en oración era una imagen impresionante. No había ningún ruido ni ningún gesto que pudiera perturbar ese encuentro diario de Dios con su vicario en la Tierra. Luego, el Papa subía al altar con la misma devoción, los mismos gestos, la misma unción con que pudiera hacerlo el más modesto de los sacerdotes en cualquier lugar del mundo. Quiero quedarme con esa imagen de recogimiento, de oración, de introspección, que es la fuerza del espíritu precisamente cuando están en marcha las ceremonias para dar sepultura a uno de los Papas más grandes de la Historia de la Iglesia. MARCELINO OREJA AGUIRRE de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas