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32 En la muerte de Juan Pablo II ANÁLISIS MARTES 5 4 2005 ABC UNA MIRADA EN EL INTERIOR DEL VATICANO GUILLERMO LEÓN ESCOBAR HERRÁN Embajador de Colombia ante la Santa Sede in duda es un momento difícil; falta el Papa y el largo pontificado de casi veintisiete años hace sentir un confuso sentimiento de orfandad porque si bien lo burocrático funciona, los trámites se cumplen, el espíritu que anima lo uno y lo otro no está y todo tiene un aire de provisionalidad o de inautenticidad porque circula el decir fue decidido cuando ya no estaba el Papa De repente el tiempo se detiene y el tiempo es la historia; las monarquías hereditarias o aquellas que lo son por cooptación saben de antemano quién es el sucesor y él recibe la posta y continúa más adelante cambiando de ritmos- -es cierto- -pero dándose plazo para empezar a colocar su impronta. Aquí es diferente; la sospecha en unos- -la certeza en la mayoría- -de que el Espíritu Santo es quien decide acerca de lo que vendrá, permite a esta estructura- -la más organizada del mundo- -detenerse y dedicarse a la oración, a la meditación, al desasosiego y a la incertidumbre que son- -estos dos últimos- -factores que no se permiten en la cotidianidad de una estructura regida por un Pontífice felizmente reinante Las mismas disposiciones de lo establecido en Universi Domini Gregis favorecen esas sensaciones; todo está señalado al detalle, todo está establecido y está fijada la lenta marcha de la rutina cotidiana. Veintisiete años de pontificado hacen que quienes laboran en el Vaticano, en más de un 95 por ciento, hayan llegado allí con Wojtyla, fueron por él convocados, son su hechura, tienen- -quienes más, quienes menos- -su estilo, un sincero dolor los acompaña pero también saben que la elección de un nuevo pontífice significa para algunos dejar de pertenecer a esa gran familia de Wojtyla. Otros saben que se quedarán allí y que bastará acomodarse al nuevo estilo o a las nuevas palabras porque manejan con sabiduría el principio de saber ir con el tiempo y con quien lo dirige Son éstos, los institucionalistas de alto, medio, o bajo nivel, los que en verdad permiten que nada sea traumático en exceso. No acontece lo mismo con quienes estaban a la espera de una decisión; como es el caso de las nominaciones episcopales que se actúan solamente cuando los escribanos han redactado la bula en latín y el pergamino ya concluído es puesto para la firma del Pontífice. Los mismos sentimientos, pero en su cara positiva, se desarrollan entre quienes, por cumplimiento de edad- -75 años- -estaban a la espera de quien los sustituyera... Ahora habrá que esperar y será el próximo Papa quien tome la decisión que en este momento incluía remoción de cardenales y nómina de quienes al ocupar sus puestos serían- -seguramente- -convocados a la púrpura en el futuro. De hecho no puede olvidarse que ex- S traoficialmente corría el rumor de un Consistorio para nombrar cardenales a fín de completar el Colegio Cardenalicio con capacidad de participar en el cónclave y cuyo número es inferior a 120. En efecto en este momento son 117 los electores conocidos y hay uno in pectore que todos tratan de averiguar quién pueda ser. Se es consciente de una enorme paradoja: el espíritu y el tiempo se detienen en tanto que se agitan y mueven quienes han de prepararlo todo para que tiempo y espíritu renazcan al impulso de un nuevo Pontífice. Pero hay algo más y es innegable que en esa atmósfera de oración agradecida, de súplica, de espera en el Espíritu Santo circulen también las cábalas, las adivinanzas del poder- -poder para servir a la humanidad, es cierto, pero poder al fin y al cabo- -que hacen explícitas las múltiples facetas que conforman el rostro real de la Iglesia. En esta atmósfera hay claramente dos grupos, el de aquellos que juegan a la elección del Papa como si ello fuera un fin en sí mismo, que se agotan en una cábala inútil pero que involucra a muchos con rumores, consejos y un anecdotario inagotable y el de quienes se preguntan con comprensible seriedad ¿Qué Papa para qué Iglesia? ¿Qué Papa para qué mundo? Esos interrogantes plantean necesariamente una justipreciación del mundo que nos deja Juan Pablo II, de la Iglesia que nos hereda y de las prioridades a mantener o aquellos a instaurar del nuevo Papa que el Espíritu de Dios elija, utilizando como instrumentos de su decisión a personas tan comunes y corrientes como las que componen el Colegio Cardenali- En este momento son 117 los electores conocidos y hay uno in pectore que todos tratan de averiguar quién pueda ser Esos vacíos que deja Wojtyla sólo podrán ser llenados asumiendo que él ya no retornará y que eso obliga a todos a buscar nuevas respuestas cio aunque añaden a ese común ser la decisión de una Misión seguida de ser servidores del Evangelio y de los seres humanos a quienes se anuncia esa Buena Nueva. Del primer grupo surgen a diario candidatos; no se puede ocultar que la acción de grupos de interés intenta- -muchas veces sin el consentimiento del cardenal en cuestión- -perfilar candidatos. Ello trae consigo el reforzamiento de aquella expresa sabiduría que quien entra al cónclave del Papa sale nuevamente de él como cardenal El grupo reflexivo comienza a hacer su aparición con temáticos de interés indiscutible, la mayoría de ellas vinculadas al gran generador de expectativas de cambio- -y de algunos cambios significativos- -que fue el Concilio Vaticano II. Responder a la pregunta de ¿a qué mundo se enfrenan los cardenales electores del sucesor? no es difícil ya que los fenómenos socio- políticos, los culturales, los económicos y aquellos del ejercicio del poder como la geo- política, ya están suficientemente diseñados en las reflexiones sobre la globalización. El problema comienza cuando establecidas las características, lo positivo y las falencias de ese mundo se pasa a la pregunta ¿Quién debe ser el Papa? ¿Quién puede dirigir esta institución, que fuera de ser la gran legitimadora moral del mundo- -en todas sus facetas- -no renuncia a ser la portadora de una buena nueva contenida en el Evangelio? El desafío del Concilio Vaticano II en sus diversas facetas debe preocupar en temas que no son fáciles de proponer como el gobierno de la iglesia; la redefinición del rol del sacerdote y de los obispos, la seguridad de una doctrina que no se deje confundir con los rebrotes de ideologías que retornan, el desafío de una nueva pastoral y la manera de vivir en un mundo en donde lo cierto sin duda es que es una sociedad en permanente cambio que difícilmente soporta y acepta una verdad que sea cierta y acepta- -en el ayer, en el hoy y en el mañana- -sin duda que no faltan quienes hacen del tema de los anticonceptivos, del sacerdocio femenino, del fin del celibato sacerdotal, problemas urgentes a resolver, o quienes desde la confrontación teológica comandada por Hans Kung buscan una Iglesia que responda a las once contradicciones señaladas por él y que, según grupos diversos, ameritarían la realización de un Vaticano III que clarifique lo que para algunos es confuso o desacordado con el tiempo y con los signos que a diario nos entrega la realidad que vivimos. Todos esos rostros tienen un sólo identificador y es el afecto que se tiene por el Papa. La lágrima esbozada está aún en los rostros más duros, en los más curtidos, en los más ingenuos, en los que no han entendido que con el Papa se les va algo de sí mismos y que esos vacíos que deja Wojtyla sólo podrán ser llenados asumiendo que él ya no retornará y que eso obliga a todos a buscar nuevas respuestas y nuevos puntos de encuentro. Wojtyla ha muerto, el Papa ya no está. Pero sí esta el futuro que interroga.