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ABC MARTES 5 4 2005 En la muerte de Juan Pablo II PEREGRINOS 21 Miles de agentes garantizan la seguridad P. MUÑOZ. E. ESPECIAL CIUDAD DEL VATICANO. El despliegue de seguridad en el Vaticano es, sin duda, imponente. Cientos de agentes de todos los Cuerpos policiales italianos trabajan sin descanso en la zona y sus alrededores para garantizar que no se produzca contingencia alguna que pueda empañar estos días históricos. Además de los uniformados, visibles, con gran despliegue de medios y distribuidos en los distintos puntos, una observación atenta permitía descubrir también a decenas de agentes de paisano que se mezclaban entre los peregrinos, en busca de cualquier indicio sospechoso. La seguridad, aunque importante, no resulta sin embargo una carga pesada para los fieles, ya que se desarrolla con métodos de mucha discreción. Resultó sorprendente ayer la total evacuación de una zona para que, sólo un cuarto de hora después, volviera a ser abierta al público. Sin embargo, había una explicación: por allí iba a pasar el cuerpo de Juan Pablo II y era evidente, por tanto, que los peregrinos debían estar controlados. Se les pasó el detector de metales, al menos a la mayoría de ellos, y se hizo un somero registro de los bolsos y mochilas. Se notaba que había mucha experiencia en situaciones similares. Pero además de los policías, ayer tuvieron trabajo extra los servicios de Protección Civil y la Cruz Roja, que velan por la salud de los peregrinos. Había que pasar muchas horas al sol si se quería ver al Papa, y las altas temperaturas que se alcanzaron no eran las mejores condiciones para que aquello ocurriera sin sobresaltos. Como primera medida de prevención, además de los hospitales de campaña instalados en las inmediaciones y las decenas de ambulancias situadas cerca de la plaza, tanto Cruz Roja como Protección Civil distribuyeron agua gratis. Bien es cierto que no hubo para todos, lo que resultaba imposible a pesar de algunas quejas, pero al menos se apreció el detalle. Hubo las típicas lipotimias, sin mayores consecuencias, atendidas con enorme presteza. Las camillas llegaron en pocos minutos, los sanitarios realizaron su trabajo a la perfección y no hubo que lamentar desgracias, a pesar de las apreturas y de que había niños, ancianos y hasta mujeres embarazadas. Para muchos será por la fuerza de la fe, pero en buena lógica resultó incluso sorprendente que no se tuvieran que efectuar más actuaciones sanitarias de urgencia. Una voluntaria de la Protección Civil italiana en una de las salas habilitadas para dar cobijo a los peregrinos Nos gustaría ir dicen Javier y Rosa, una pareja de ecuatorianos que hace cuatro años aterrizó en España. El problema es que no podemos pagarlo. Cerca de casa hay una parroquia y ha organizado un viaje, creo que en autobús, pero son 150 euros; ya sé que puede parecer barato, pero es mucho, es mucho se lamenta Rosa mientras enseña una imagen del Papa que guarda en un desgastado monedero. El avión es la opción más solicitada, sobre todo por aquellos que, incluso, se plantean ir y volver en el día. El problema, advierten desde las agencias, es la llegada a San Pedro desde el aeropuerto y las horas de espera para poder dar el último adiós al Papa, que impedirán, probablemente, el regreso a la hora prevista. AP Un barco al completo desde Valencia Los trenes que viajan desde Barcelona hasta Milán no han registrado un significativo aumento de la demanda, según señala Renfe, pero en caso de necesidad se optará por incorporar más vagones. Otros muchos han decidido ponerse al volante y conducir hasta allí. No hay fronteras para una fe que viaja por tierra y aire, pero también por mar, como lo harán el millar de peregrinos valencianos que mañana saldrán en un barco fletado por Transmediterránea. La otra cara la ponen las anulaciones de viajes por parte de turistas que buscaban una visita cultural y artística de Roma, ahora imposible. Para los peregrinos lo importante es llegar. Muy pocos se han planteado dónde dormir, dónde comer, una vez allí. Lo importante es poder acercarse al Papa, compartir con él sus últimas horas de presencia en una ciudad, esta vez, más eterna que nunca.