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16 En la muerte de Juan Pablo II EN EL INTERIOR DEL VATICANO MARTES 5 4 2005 ABC Los cardenales mostraron sus respetos a Juan Pablo II en la sala Clementina del Vaticano AP Durante la mañana, y hasta las tres de la tarde, las cerca de tres mil personas que trabajan en el Vaticano, religiosos o seglares, pudieron honrar al Papa en la Sala Clementina. Pero no se libraron de las largas filas, que recorrían buena parte de las calles del pequeño Estado La despedida del pequeño Estado P. MUÑOZ CIUDAD DEL VATICANO. Una de las puertas del Estado Vaticano, la que utilizan los trabajadores cada día, presentaba a primeras horas de la mañana un aspecto inusual, con largas filas de religiosos y seglares que trabajan allí, además de familiares suyos, esperando poder entrar. Era el tributo que debían pagar para poder rendir homenaje al cadáver de Juan Pablo II, y era también una deferencia para con ellos, ya que así no tendrían que soportar las grandes esperas del resto de los mortales que querían ver al Santo Padre. La cola, sin embargo, presentaba algunas ventajas, en especial la de recordar y contar a los compañeros esos pequeños momentos especiales que cada uno había vivido con el Papa a lo largo de su dilatado Pontificado y que ahora adquieren una importancia muy especial para cada uno de ellos. Era el caso, entre otros, de un sacerdote español miembro de la Curia, nacido en Orense, de no mucha estatura, moreno tanto de piel como de cabello, ojos negros y barba bien cuidada, quien afirmaba rotundo que para él cada persona era única, y uno lo notaba Luego, ya con una sonrisa en los labios, relataba alguna de las anécdotas. Recuerdo que antes de trabajar aquí, hace ya bastantes años, acompañé al que entonces era mi obispo en una visita ad limina En esas ocasiones, Juan Pablo II, además de recibirles y comer con ellos, celebraba la Misa en su compañía, en la capilla privada de sus apartamentos. Aquel día, los que allí estábamos hacíamos algunos comentarios en broma mientras nos vestíamos... Hasta que se abrió la puerta de la capilla y vimos cómo el Santo Padre rezaba de rodillas, con un enorme recogimiento... Los obispos, que están acostumbrados a tratar con altos miembros de la jerarquía, callaron de inmediato. El Papa no tuvo que pronunciar ni una palabra Madre Teresa y el tráfico No era la única historia que tenía. La presencia en la cola de monjas seguidoras de la madre Teresa de Calcuta, trabajadoras de una casa de acogida para chicas con sida, sirvió al cura español para rememorar cómo una de las veces que la ahora beata fue a ver a Juan Pablo II se retrasó por el tráfico romano. Tras llegar, apurada, al lugar de la cita, vio estupefacta cómo el Pontífice la esperaba a las puertas del despacho. No sólo eso- -continuó- En su beatificación, el Papa no pudo leer ya la homilía, y era la primera vez, o una de las primeras, que la enfermedad se lo impedía. Yo estaba en otro punto de la Basílica. Al terminar la ceremonia y aproximarse a nosotros, el Santo Padre, medio en broma medio en serio, nos hizo un gesto muy clásico aquí, que indicaba su alivio por haber podido vivir lo suficiente para proclamarla beata Otro de sus compañeros, Juan Pedro Maldonado, que trabaja en la sede central del Opus Dei, coincide con el anterior en que la agonía del Santo Padre se ha vivido en la Curia con sufrimiento, pero sin angustia, no al menos con la misma angustia que puede sentir alguien que ve a un familiar muy próximo. Incluso en su agonía se ha visto la mano de la Providencia- -sostiene- porque ha coincidido con la Semana Santa, la de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Y él también ha sufrido mucho, porque la salud le quitó dos de los pilares de su Pontificado: la voz y la movilidad, y siempre siguió adelante Ahora rezamos al Papa por el Papa que va a venir sentencia con una sonrisa este joven sacerdote, que lleva ya 14 años en Roma. Mientras se produce el diálogo, sobre las diez de la mañana, llegan a pie, separados por unos minutos, dos de los cardenales con mayor prestigio: Kasper, máximo responsable del diálogo interreligioso, y Tomko, el eslovaco ex prefecto de la Congregación por la Evangelización de los Pueblos. Lo hacen con abso- Para él cada persona era única, y uno lo notaba recuerda un sacerdote español luta normalidad, sin necesidad de acompañantes, con una sencillez que contrasta con la de otros responsables menos cualificados de la jerarquía eclesiástica, y acuden a la primera reunión de cardenales tras la muerte de Wojtyla. Pero la cola daba también para crear confusión en los peregrinos, que pensaban que esa fila estaba abierta a todos, con lo que la mezcla resultaba muy sorprendente y a la vez gratificante. Allí permanecían dos mujeres argentinas llegadas desde Madrid, Irma Codemo de Conti y Alejandra Tacerri, que viajaron el sábado en avión. También había británicos, estadounidenses, alemanes... con cara de no entender nada, de no saber a cuento de qué venía esa cola ni por qué ellos estaban allí. Pronto la entrada al Vaticano estaba colapsada. ¡Madres, no he tenido problemas con nadie y los voy a tener con ustedes! les reprochaba desesperado un policía a unas religiosas que invadían de forma sistemática la entrada. Este hombre alternaba las sonrisas nerviosas con los momentos de enfado por el escaso eco de sus órdenes. Por haber, hubo hasta un pequeño choque de dos vehículos que iban a entrar. Eso sí, la Guardia Suiza en momento alguno perdió la compostura. Cualquier orden suya se cumplía de inmediato, sin necesidad de alzar la voz, con el rostro inexpresivo de siempre. También es cuestión de matices.