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12 En la muerte de Juan Pablo II EL ADIÓS AL PAPA MARTES 5 4 2005 ABC Cientos de mensajes para el Papa en cada farola de la plaza de San Pedro Las cuatro farolas y el obelisco de la plaza de San Pedro se han convertido en santuarios donde cientos de personas han querido dejar escritos sus mensajes a Juan Pablo II, Gracias por todo lo que has hecho por nosotros en tu camino de vida has partido a un viaje sin retorno, pero nos has dejado un recuerdo imborrable ilumina nuestro corazón gracias por haber existido o te quiero... te esperamos son los textos de algunos ellos, siempre acompañados por flores. Algunos avispados aprovecharon la ocasión para hacer negocio El sentido del negocio de algunas personas no conoce límites, y ayer mismo se volvió a demostrar en la plaza de San Pedro. Algunos avispados sabían que si se quería ver al Papa había que estar allí muchas horas, y además el calor era un cómplice perfecto porque pronto llegaría la sed. Conclusión: para ganar una pasta simplemente hay que coger un carrito, rellenarlo de botellines de agua y venderlo a dos euros; es decir, a 332 de las antiguas pesetas. Juan Pablo II vuelve por última vez a la basílica de San Pedro en olor de santidad El homenaje del mundo entero permitiría canonizarle por aclamación sus restos eran transportados por el largo pasillo central de la basílica de San Pedro, que el Papa atravesaba en 1978 con un paso atlético JUAN VICENTE BOO. CORRESPONSAL ROMA. El nuevo Moisés como algunos llamaban a Juan Pablo II por su capacidad de liderazgo, llevó a cabo ayer un emotivo paso del Mar Rojo entre un mar de lágrimas que se abría cuando atravesaba por última vez la plaza de San Pedro camino de la basílica donde recibirá hasta el jueves la visita de una riada incontenible de fieles de todo el mundo. Millones de personas se han puesto en camino para tributarle un último saludo en un plebiscito que daría pie a canonizarle por aclamación popular, como se hacía en etapas anteriores de la historia de la Iglesia. El increíble homenaje de mandatarios de todo el planeta y de líderes de todas las religiones convierte a Juan Pablo II en el primer Papa canonizado moralmente también por los no cristianos como sucedió con Teresa de Calcuta. b Impresionaba ver cómo El cuerpo del Papa ha quedado expuesto en el interior de la basílica de San Pedro predicadas por Juan Pablo II, pues el amor y la compasión son también los pilares de nuestra vida espiritual La inmensidad de su herencia la resumía el cardenal Patriarca de Venecia, Angelo Scola, un personaje de gran altura intelectual que fue rector de la Universidad Lateranense, afirmando que harán falta siglos para asimilar las enseñanzas de Juan Pablo II Ayer, desde Nueva York, la hermana Helen Prejan conocida en todo el mundo por la película Dead man walking sobre su ayuda a un condenado a muerte, agradecía al Papa su esfuerzo por abolir ese tipo de condena, indigno de la humanidad. Era una pieza más del mosaico del Papa de los derechos humanos que estaba preparando una encíclica sobre la caridad con los más pobres de la Tierra para culminar el año de la Eucaristía. La inmensidad del sufrimiento físico del Papa en los últimos meses la revelaban ayer sus manos martirizadas, que apretaban un rosario, y también su rostro acuchillado, si bien un ligero maquillaje evitaba la extrema palidez del primer día. La fortísima impresión que produce ver a Juan Pablo II de cerca, exprimido hasta el final, es una lección de entrega heroica a los demás. Impresionaba verle entrar en la inmensa basílica de San Pedro y verle recorrer, difunto, el largo pasillo central que atravesaba en 1978 con un paso atlético. Poco a poco, las enfermedades le impondrían un paso incierto, y el recurrir a un bastón. Más adelante, cuando ya ni eso era posible, Juan Pablo II empezó a utilizar una plataforma móvil sobre la que se mantenía de pie hasta que, a partir de 2003, tuvo que ir sentado en el sillón de ruedas. Incluso en eso era un Papa Grande utilizaba cada vez más artilugios, como los montacargas para subir a los aviones, pero nunca se paraba. Su empeño obligó a AP Quizá el primer santo A saludarle acudían ayer muchas personas que conservan tesoros de un Papa único, quizá el primer santo que han tenido el privilegio de conocer. Eran hombres y mujeres que se habían confesado con Juan Pablo II en alguno de los 25 días de Viernes Santo en que bajó a impartir el sacramento de la Reconciliación en un confesonario de la basílica. Había miles de personas que han besado su mano o que habían recibido un rosario como regalo. Y muchas familias de los centenares de niños que ha bautizado o de los centenares de sacerdotes que ha ordenado a lo largo de 26 años. En este tiempo, el Vaticano ha acogido centenares de simposios de médicos, de juristas o de científicos, a cuyos participantes saludaba siempre personalmente Juan Pablo II. La inmensidad de su Pontificado afloraba ayer a la superficie en los elogios de los rabinos de Roma o de los líderes budistas de Italia, cuyo presidente se identificaba con la enseñanza de la paz y la civilización del amor instalar elevadores para subir el sillón de ruedas al Jeep blanco, al papamóvil e incluso a la furgoneta Mercedes que empezó a utilizar el año pasado en Suiza y que empleó, por última vez, en su regreso del hospital Gemelli el pasado 13 de marzo. Era un Papa que había recorrido el mundo infinidad de veces, y su último viaje traía a la memoria de quienes le han acompañado en cientos de miles de kilómetros muchísimas emociones difíciles de describir. Los últimos metros Eran los últimos centenares de metros del increible itinerario vital de Karol Wojtyla, un personaje como aparecen pocos cada milenio, y ante cuyos restos mortales acudirán el viernes desde el presidente George Bush hasta los líderes de Polonia, que le debe la libertad, de Alemania, que le debe la reunificación, de Europa, que le debe la unidad después de la caída del telón de acero. Y de tantos países donde ha predicado la paz en medio de tensiones o de guerras. Karol Wojtyla era mucho más que un Papa, y el mundo lo reconoce agradecido. El sufrimiento físico de los últimos días se reflejaba en sus manos y un rostro acuchillado, disimulado por un ligero maquillaje