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ABC MARTES 5 4 2005 Opinión 7 JAIME CAMPMANY La laicísima España, ya más zapista que el Zapa, ha decretado sólo un día de luto nacional en la muerte del Papa Juan Pablo II ZAPATERO, EL MEZQUINO L IGNACIO SÁNCHEZ CÁMARA Si Juan Pablo II ha contribuido a transformar el mundo ha sido por su condición de hombre de espíritu, de propagador de la imitación de Cristo. Nada más hostil al cristianismo que la negación de la condición personal del hombre, pues amar es algo que sólo pueden hacerlo las personas MUNDO TRANSFIGURADO S ER cristiano es ser imitador: imitador de Cristo. Toda originalidad es desvío. Hay una moral cristiana, pero el cristianismo no es una moral. Y una obra que expusiera esa moral no podría llevar mejor título que el del libro de Tomás de Kempis: imitación de Cristo Sólo indirectamente el cristianismo puede transformar el mundo: a través de la reforma interior de los hombres. Por eso, han sido siempre los hombres de espíritu, los místicos, los que viven en silencio una relación interior con Dios, quienes más han contribuido a la transformación del mundo. Por ejemplo, el Santo de Asís. Por ejemplo, más cerca en el tiempo, Teresa de Calcuta, acaso la santa mayor de nuestra época: su dedicación a los pobres y sufrientes no nace de ninguna ideología, sino del puro amor de Dios. No hay oposición entre acción y contemplación: la contemplación puede ser la acción más transformadora. El mundo sólo se transforma desde fuera de él, por obra de quienes no pertenecen al mundo. Esa es quizá la clave de la enorme influencia en el mundo de Juan Pablo II y de las manifestaciones universales (con alguna cicatería excepcional) de respeto y reconocimiento a su vida que estamos viviendo estos días inolvidables. Pocos Papas en la historia han contribuido como él a cambiar la faz del mundo: liberación de Polonia y de la Europa del Este y caída del comunismo; despertar de la conciencia contra la miseria y pobreza; difusión del mensaje cristiano a través de los viajes y de la utilización de los recursos de la comunicación; clamor contra la guerra y defensa de la paz. La conmoción mundial por su muerte es síntoma de que podemos asistir a un resurgir de la espiritualidad, pero tampoco debemos dejarnos seducir por las prometedoras apariencias. Los valores que ha proclamado el Papa, los del Evangelio, la imitación de Cristo, ni prevalecen ni están de moda, ni acaso puedan estarlo. Es siempre un mensaje intempestivo para los oídos mundanos. Los errores persisten. La miseria y la pobreza se extienden; la vida humana se desprecia (aborto, eutanasia, manipulación genética, experimentación con embriones... las guerras proliferan; la ignorancia degrada las inteligencias; el hedonismo y el consumismo se entronizan en nuestras vidas; las drogas envilecen y matan... Todo aquello contra lo que el Papa ha luchado, desde la altura profunda del Evangelio, goza de buena salud. El sereno y esperanzado dolor de estos días y la noble reacción mundial no deben enturbiar nuestra mirada. La clave se encuentra en lo que constituye, probablemente, el peor de los males de nuestro tiempo: la pérdida de vigencia de la condición personal del hombre. Por eso la lucha cristiana contra la miseria y la pobreza, en general, contra la injusticia, no puede transitar por los caminos del odio, la violencia, la guerra y la ideología, sino a través del amor y de la reforma personal. Es decir, a través del ejemplo de Cristo. La reprobación de la teología de la liberación por parte de Juan Pablo II no significa claudicación ante la miseria, sino repudio de los métodos anticristianos y de la adopción de los instrumentos de análisis propios de ideologías que sólo han contribuido a aumentar el dolor del mundo y la difusión de la mentira totalitaria. ¡Cómo no va a defender la libertad quien sabe que en ella reside la condición de la posibilidad de la dignidad y responsabilidad del hombre, quien sabe que Dios nos ha hecho libres! Si Juan Pablo II ha contribuido a transformar el mundo ha sido por su condición de hombre de espíritu, de propagador de la imitación de Cristo. Nada más hostil al cristianismo que la negación de la condición personal del hombre, pues amar es algo que sólo pueden hacerlo las personas. Y sólo el amor puede transfigurar el mundo y salvarnos. A noticia del comportamiento oficial del Gobierno español ante la muerte del Pontífice podría quedar redactada así: La laicísima España, convertida ya en más zapista que el Zapa, ha eludido cualquier declaración institucional de homenaje al Santo Padre y ha decretado sólo un día de luto nacional en la muerte de Juan Pablo II DespuésdelsuavepalmetazodeKarolWojtyla al jefe del Gobierno español por el trato inamistoso aplicado a la Iglesia Católica, tal vez las niñas sabias de Rodríguez Zapatero recomendaran a su padre: Papá, dile al Papa que no te regañe más, vaya Claro está que aquel rapapolvo papal no tendrá nada que ver con este comportamiento tan mezquino de Zapatero en la muerte del Papa. Estoy seguro de que ese silencio del presidente del Gobierno no quiere ser una pequeña venganza por aquella regañina pública, sino porque políticamente debe quedar claro que el Estado español no es sólo aconfesional, sino también laico, que se ha extinguido en la Historia el título tradicional de la catolicísima España, más papista que el Papa, y que todo aquello tan reaccionario de la luz de Trento, el martillo de herejes y el brazo armado de la Cristiandad es un recuerdo para ser enterrado bajo el alud cultural de la alianza de las civilizaciones, que ya desciende, indetenible, desde la montaña socialista. Toma nísperos. A Zapatero, ya le habrá dicho Moratinos, experto en protocolo como miembro destacado de la carriére, que a los funerales del viernes debe acudir por fuerza, que son inesquivables, y mucho más porque no va a consentir el presidente que vaya el Rey con Mariano Rajoy y con alguna ministra de cuota en plan figurita de porcelana. Quedó muy requetebién que a la Nunciatura acudiera a dar el pésame María Teresa Fernández de la Vega, que lo mismo sirve para un fregado que para un barrido, y el Nuncio de Su Santidad va que chuta con un personaje vice o sea, segundón, no sé qué más quiere. Pero, claro, a Roma, tal y como se ponen las cosas, no hay más remedio que ir, y lo más probable es que, durante la víspera del viaje, no se sienta cansado como le ocurrió cuando lo del viaje a Polonia. Además, quién sabe si en Roma no se presenta ese día el mismísimo George W. Bush y le da el abrazo tan ansiado que todavía no le ha dado por teléfono. Todos podemos estar seguros de que Bush está deseando hallar ocasión propicia para que se produzca ese abrazo y se escuche un suspiro de alivio en el despacho oval de la Casa Blanca, y a Condoleezza Rice se le escapen cuatro gotas de gusto, que es lo que le pasa a mi Daphne cada vez que yo vuelvo a casa. España, un día de luto. El Brasil de Lula da Silva, cinco. Y la Cuba de Fidel Castro, tres. Está claro el mensaje que Zapatero desea enviar almundo. Lástima que en cierto modo ese mensaje quede desvirtuado porque las Comunidades Autónomas decretan los días de luto que a cada una le peta decretar sin hacer caso del ejemplo nacional. Aquí, cada nación dentro de la nación, cada comunidad nacional, cada autonomía, cada región y cada celtíbero hacen lo que les da la real gana y lo que les sale del níspero. Por cierto, toma nísperos.