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28 En la muerte de Juan Pablo II CONMOCIÓN MUNDIAL LUNES 4 4 2005 ABC En Polonia, más de cien mil fieles se congregaron en una misa celebrada en la plaza Pilsudski en Varsovia Cracovia amanece huérfana Más de cien mil personas recordaron al Papa en Varsovia b El recuerdo emocionado al Santo Padre sigue estando presente en las misas que por su alma se celebraron ayer en todos los rincones del mundo RAMIRO VILLAPADIERNA. E. ESPECIAL CRACOVIA. Cracovia quedó ayer huérfana de su hijo más universal y toda Polonia parece sumida en el vértigo de la desaparición de ese poderoso activo con que sentían que contaban en el mundo desde hacía 27 años. Él nos enseñó a levantarnos, ahora sólo nos arrodillamos libremente decía una antigua activista de Solidaridad en la legendaria planta de Nowa Huta, que como miles oraba de madrugada con una vela. El presidente ha declarado una semana de luto nacional y el legendario Walesa dijo que es como si el país hubiera perdido una madre Tendremos que seguir caminando solos asumía Michal Czajkowski, un sa- cerdote cercano al Papa en esta ciudad donde mantenía tantos buenos amigos, pero él nos ha mostrado el camino y nos ha dado un lugar en Europa y en el mundo Pero Juan Pablo II, el polaco que inspiró a sus conciudadanos para recuperar la dignidad, habría muerto en realidad en el día de la fiesta que él mismo instituyó- -el de la Misericordia de Dios- un homenaje inopinado a una casi desconocida joven polaca que lo marcó profundamente en su juventud, Faustina Kowalska, y que ayer celebraba aquí precisamente un agridulce quinto aniversario de su canonización. Kowalska murió poco antes de la ocupación, en 1938, con sólo 33 años, tras haber instaurado un inspirador culto al perdón. Poco antes de las diez de la noche y, por tanto, según la tradición tras el rezo de vísperas ya en el día de la fiesta del domingo, la legendaria campana de la catedral del Wawel, raramente empleada en la historia polaca, dobla- ba a muertos con su singular tañer, en once tonos distintos. En Cracovia no se había escuchado desde el día en que, en 1978, su arzobispo desde 1964 emergió en el balcón de San Pedro convertido en Juan Pablo II. Al oirla miles como si fueran uno fluyeron hacia la vieja plaza del mercado, cientos se agolpaban ya en sus iglesias, decenas se arrodillaban sobre el empedrado, novios y novias lloraban abrazados. Chavales de una de las iglesias más jóvenes de Europa, se recogían consternados en los templos o rezaban ante los muros. He visto aquí las raíces, pero también el futuro de nuestra fe decía emocionada una turista francesa, junto a la iglesia de San Adalberto, poco conocido en Occidente pero al que Juan Pablo II quiso nombrar patrón de Centroeuropa. Las cadenas MTV y Viva suspendían sus emisiones musicales y todas las televisiones pasaban a rememorar los innenarrables nueve viajes del Papa a su país. Si era proverbial su hu- Budistas en Corea del Sur queman incienso en memoria del Pontífice mor y espontaneidad, resulta espectacular verlo departir, reír y hasta discutir con sus compatriotas en su lengua común. Realmente Wojtyla había construido una relación particular con su pueblo que escapaba al resto del mundo. Aquí es una autoridad