Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
26 En la muerte de Juan Pablo II ANÁLISIS LUNES 4 4 2005 ABC Su pontificado se convierte en un poderoso referente ético, un faro en medio de las galernas de una sociedad en convulsión que no tiene casi nada claro Asignaturas pendientes PEDRO MIGUEL LAMET Jesuita y biógrafo de Juan Pablo II El día de su elección estaba allí. Cuando salió al balcón le vi un gesto que puede valer por todo un pontificado. A diferencia de sus predecesores que recogían clericalmente sus manos junto al pecho, el recién elegido Juan Pablo II las apoyó firmemente sobre el balcón. Un veterano técnico de Radio Vaticano hizo a mi lado un comentario un tanto impertinente: Perdona, pero no lo he podido evitar. He pensado en Mussolini Entonces no podíamos siquiera intuir la trayectoria de este titán de la sede de Pedro, sus cifras millonarias, su entrega coherente a la fe, su lucha incansable, su calvario final. Pero aquel gesto elocuente ocultaba una conciencia de líder. La historia nos lo ha descubierto como tal en el ámbito político, social, de defensa de los derechos humanos, de pastor y gobernante. Pero también como un líder fuerte y autoritario que, desde un ego psicológicamente robusto, curtido en la trágica lucha personal y polaca contra el nazismo, el comunismo y el capitalismo salvaje, no iba a permitir que nadie dudara a su lado. De esta actitud proceden su grandeza y sus limitaciones. De sus indudables logros se ha hablado ya mucho. Hoy me piden que me fije en sus facetas polémicas, lo que podríamos llamar sus asignaturas pendientes. La primera y más grave es el estancamiento del diálogo interno. A Montini lo llamaron el Papa Hamlet, porque dudaba de todo. Quizá por eso una de sus mejores encíclicas la dedicó al diálogo. Wojtyla no ha permitido el contraste interno que ayuda a engendrar luz. Los que defienden a ultranza esta postura dicen que la verdad es una y no admite matices. Los que creemos en el pluralismo pensamos que si se silencia a una parte de la Iglesia se crea, como decía Häring, un cisma psicológico pues el Evangelio ha tenido y tiene aplicaciones y concreciones distintas en el transcurso de los tiempos. Como consecuencia de este monolitismo, se ha impedido la creación de una opinión pública en la Iglesia término defendido nada menos que por Pío XII. Quienes disentían, aun dentro de la pertenencia y la crítica constructiva, eran estigmatizados y amordazados, procediéndose a una especie de caza de brujas eclesiástica. Idéntico problema ha vivido la teología. El Papa veía al teólogo católico más como apologeta, como altavoz y clarificador de la doctrina del magisterio, que como un investigador. Esta domesticación cobra acentos dramáticos en el contexto latinoamericano, donde la urgencia de las injusticias planteaba la necesidad del análisis de la mediación social de la Teología de la Liberación. Mientras que todo disenso por la izquierda es castigado o cortado de Juan Pablo II reprendió a Ernesto Cardenal durante su viaje a Nicaragua en 1983 raíz, la contestación por la derecha es tratada con llamativa condescendencia. Así sucedió, por ejemplo, con el caso Lefebvre hasta que acabó en cisma. Tal impulso unificador tuvo otro fruto característico en el Catecismo de la Iglesia Católica y en una vuelta a la moral sexual casuística, frenando toda corriente más personalista. Del mismo modo subrayará en el ministerio de Pedro el centralismo romano sobre la colegialidad episcopal. Si la celebración de sínodos se multiplica durante su pontificado, nunca dan un paso hacia una función deliberativa más que consultiva. Si la internacionalización de la curia y el colegio cardenalicio es un hecho desde Pablo VI, de poco sirve si todos se miran en el espejo del Papa y apenas pueden pronunciarse. Modela al episcopado a su imagen y semejanza y deja claro en sus documentos que la colegialidad y las Conferencias Episcopales, otro logro del Concilio hacia la autonomía y la subsidiariedad, han de estar pendientes sólo de la última palabra del obispo de Roma. Entiende su papado como la confirmación de la fe a los hermanos en medio de la crisis de valores del siglo XX Esta postura condiciona también el impulso ecuménico, que ciertamente Karol Wojtyla experimentó desde su juventud. Su vivencia en Wadowice le llevará a un acercamiento muy especial- -las raíces afectivas están siempre detrás de los grandes pasos de este Papa- -a los judíos; muy superior que hacia islámicos y religiones orientales. Ecumenista de deseos y autor de brillantes gestos públicos con líderes cristianos de otras confesiones, su firmeza doctrinal impide el avance que él mismo desearía. Especialmente con los anglicanos, que viven en este periodo la revolución sexual del ministerio, y sobre todo con los ortodoxos, indignados con el proselitismo en Rusia de la Iglesia católica. Juan Pablo II entiende su papado como la confirmación de la fe a los hermanos en medio de la crisis de valores del siglo XX. Desde esta perspectiva, su pontificado se convierte en un poderoso referente ético, un faro en medio de las galernas de una sociedad en convulsión que no tiene casi nada claro. El Papa Wojtyla se instituye así en pastor para los de dentro y líder respetado para los de fuera, sobre todo cuando defiende los derechos humanos, rechaza la injusticia, la guerra y el hambre. Pero la gran aporía se produce cuando su mano tendida al mundo es secuestrada por la propia maquinaria interna que ha puesto en marcha y que impide el diálogo también con la cultura contemporánea. De aquí que su mensaje, audible para las masas, ininteligible para un amplio sector y fundamentalista para los líderes de opinión e intelectuales del momento, no haya obtenido todo el rendimiento apostólico que se hubiera merecido. El llamado Sueño de Compostela en el fondo su secreto anhelo de rebautizar al Estado, como reconoce en su último libro, Memoria e identidad no acepta el concepto de libertad emanado de la Ilustración y está cargado de nostalgia de su época preferida: el medievo. Su verticalismo teológico, su tomismo filosófico, su visión milenarista de la propia misión y la de la nación polaca, su condena del totalitarismo laicista su sospecha de la democracia en el fondo contraria a una separación radical Iglesia- Estado, le ha impedido aceptar la modernidad incluso en sus aspectos positivos. De todo ello el pueblo de un mundo secularizado ni se enteraba. Se quedaba con las luminarias de un Papa estrella, que le daba seguridad y pábulo mediático, mientras la práctica religiosa ha seguido descendiendo. Quizás era lo que el siglo XX necesitaba: un firme líder mediático. El XXI creo que esté pidiendo un Papa cercano que ofrezca luz, pero que sepa ver también la parte de luz que tienen sus hermanos.