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12 En la muerte de Juan Pablo II PLAZA DE SAN PEDRO LUNES 4 4 2005 ABC Nos apoyaba, nos quería y nos buscaba La cantera del catolicismo, es decir, la juventud, que tanto mimó Juan Pablo II, está no sólo triste, sino también preocupada. El que venga lo va a tener muy difícil. El carisma del Papa era gigantesco, nos apoyaba, nos quería y nos buscaba. No nos mentía, era directo. Un Pontífice que no nos atienda como Wojtyla puede provocar la desilusión decían varios jóvenes concentrados. No entran en cuestiones de fe, sino en el trato, en la dedicación. La juventud no entiende de pausas, de compases de espera... Queremos las cosas rápidas Máxima seguridad en San Pedro El despliegue de seguridad en la plaza de San Pedro fue ayer particularmente importante, y ya no se bajará el listón hasta que culmine el proceso de la sucesión papal. Agentes de todos los Cuerpos de Seguridad patrullaron la zona, apoyados por helicópteros. Una vez más, no hubo que lamentar ni un solo incidente. Los servicios sanitarios montaron varios hospitales de campaña en los aledaños de la plaza. Y se instaló un buen número de cabinas para que los peregrinos que lo necesitaran pudieran ir al servicio. No todo van a ser cuestiones del espíritu. A lo largo de los últimos días la plaza de San Pedro ha estado tomada por grupos de jóvenes que, de manera espontánea, querían acompañar a Juan Pablo II en sus últimas horas. Esta es la historia de uno de ellos Unidos por el Papa PABLO MUÑOZ ENVIADO ESPECIAL CIUDAD DEL VATICANO. Sara, Ezio, Javier, Cinzia, Cristiano, Santina, Medhi, Federica... Nombres de jóvenes que ayer por la mañana lloraban, reían y rezaban en la plaza de San Pedro durante la primera Misa Solemne de Sufragio ofrecida por Juan Pablo II; de personas que hasta el viernes por la noche nada sabían unas de otras y a las que su fe católica, y la figura del desaparecido Santo Padre, unía no sólo ya para estos días de dolor y luto, sino también para el resto de su vida. La historia del grupo, como la de otros muchos grupos que han permanecido día y noche velando al Papa en su agonía, comienza al caer la tarde del pasado viernes, cuando se difunde el grave empeoramiento de la salud de Juan Pablo II, ya de por sí muy debilitada. Los fríos datos comienzan a apuntar que puede tratarse de las últimas horas del Pontificado más decisivo en muchísimo tiempo. Y sus leales, sus más fieles entre los fieles; es decir, los jóvenes, se ponen en marcha. Javier, de 23 años, estudiante español de los últimos cursos de Física en la Universidad de Pavía lo habla con su hermano, que vive en España, y sin dudarlo un momento viaja en tren hasta Roma. Algo parecido le sucede a Sara, una joven colombiana, estudiante universitaria en Florencia, que nada más recibir la ayuda económica que su familia le envía cada semana se pone en camino, sin consultárselo a nadie, tampoco a sus padres que sólo se enterarían cuando ya no había remedio. Ezio, el mayor del grupo, es empleado y tras acabar su jornada laboral se encamina a la plaza de San Pedro... Historias similares a las que cuentan Cinzia, o Cristiano, o Santina, todos estudiantes italianos y prácticamente todos con un denominador común: sólo han conocido a Juan Pablo II como Papa, y su discurso les llena plenamente. Cada uno llega por su cuenta, nadie se conoce y en estas condiciones se produce el encuentro. Sin explicaciones, sin palabras, como si se tratara de amigos de toda la vida se unen, primero para rezar, y más tarde para ayudarse a cumplir el objetivo que les ha llevado hasta el Vaticano: acompañar al Papa de los jóvenes hasta su muerte. La palabra desconfianza no existe en su diccionario. El concepto comunidad adquiere todo su significado, y sin líderes- -sólo tienen uno, Karol Wojtyla- ponen en marcha su plan. No son los únicos, desde luego, ni siquiera su caso es demasiado particular, pero precisamente por ello ilustra