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4 Opinión LUNES 4 4 2005 ABC Directores Adjuntos: Eduardo San Martín, Juan Carlos Martínez Subdirectores: Santiago Castelo, Rodrigo Gutiérrez, Carlos Maribona, Fernando R. Lafuente, Juan María Gastaca, Alberto Pérez Jefes de área: Jaime González (Opinión) Mayte Alcaraz (Nacional) Miguel Salvatierra (Internacional) Alberto Aguirre de Cárcer (Sociedad- Cultura) Ángel Laso (Economía) Jesús Aycart (Arte) Adjunto al director: Ramón Pérez- Maura GUILLERMO LUCA DE TENA PRESIDENTA- EDITORA: CATALINA LUCA DE TENA CONSEJERO DELEGADO: SANTIAGO ALONSO PANIAGUA PRESIDENTE DE HONOR: DIRECTOR: Redactores jefes: V. A. Pérez, S. Guijarro (Continuidad) A. Collado, M. Erice (Nacional) F. Cortés (Economía) A. Puerta (Regiones) J. Fernández- Cuesta (Sociedad) A. Garrido (Madrid) J. G. Calero (Cultura) E. Ortego (Deportes) F. Álvarez (TV- Comunicación) L. del Álamo (Diseño) J. Romeu (Fotografía) F. Rubio (Ilustración) Director General: Héctor Casado Económico- financiero: José María Cea Comercial: Laura Múgica Producción y sistemas: Francisco García Mendívil IGNACIO CAMACHO EL LIDERAZGO MUNDIAL DEL PAPA... L A condición materialista y utilitaria que se atribuye sin debate a la civilización contemporánea queda desmentida con frecuencia por la realidad de los hechos. La explosión de cariño y admiración que ha suscitado en todo el mundo la figura de Juan Pablo II debería servir para la revisión de algunos tópicos añejos. El amor, la bondad y la rectitud de espíritu son valores que llegan a lo más profundo de millones de personas, capaces de percibir la calidad excepcional del gesto y de la palabra de un Pontífice que hasta su muerte supo apelar al sentimiento de todas las gentes de buena voluntad. El ejemplo es, sin duda, el mejor de los maestros. La hermosa lección de dignidad, sacrificio y sentido del deber que el Papa ha ofrecido a lo largo de su enfermedad reduce a un segundo plano los argumentos de quienes- -muchas veces con la mejor intención- -defendían su renuncia al ejercicio de las funciones propias de su alta magistratura. Porque el servicio a una responsabilidad muy superior a la que incumbe a la gente corriente está, por ello mismo, por encima de consideraciones prácticas: así lo entendió Juan Pablo II, prestando de este modo a la Iglesia un servicio excepcional, al demostrar con su propio sacrificio que la vida del espíritu es más valiosa en términos morales que cualquier ventaja o comodidad material. Nueva York o algunas zonas recónditas de Asia o de África. Millones de creyentes y otros muchos que no lo son han seguido en las últimas horas el curso de los acontecimientos, atentos al más mínimo detalle. Especialmente llamativa ha resultado la concentración espontánea de muchos miles de jóvenes, a los que el Papa ha dedicado siempre un interés singular: quien supo sembrar con generosidad recoge ahora la cosecha en forma del cariño de las generaciones que van a ser protagonistas del futuro inmediato. Una vez más se rompen los tópicos, tantas veces interesados, que vinculan a las religiones en general- -sobre todo en el Occidente desarrollado- -con épocas pretéritas y personas de edad avanzada, frente al supuesto escepticismo y al desinterés por la trascendencia que impregnan la modernidad. Toda una lección de sociología y de psicología social para quienes pretenden ser dueños del monopolio sobre las creencias y las opiniones. Las religiones son, en efecto, la fuerza transnacional más importante en la sociedad contemporánea. La globalización no es un fenómeno que afecte únicamente al ámbito económico o tecnológico. Las religiones son fenómenos de masas y la Iglesia Católica ha contado a este respecto con la sabia intuición de un Pontífice capaz de poner las enormes posibilidades que ofrece la sociedad mediática al servicio del mensaje cristiano. Muchos recuerdan en estas horas de duelo las imágenes impresionantes del Papa Wojtyla celebrando la Eucaristía o bendiciendo a millones de personas en cualquiera de sus múltiples viajes, muchos de ellos a países donde el catolicismo no es mayoritario o incluso donde sufre una situación de intolerancia. La última visita a España dejó impresas en la memoria colectiva las concentraciones multitudinarias en Getafe o en la madrileña plaza de Colón. Ningún líder político y ninguna de las celebridades que pueblan la imaginación del hombre actual (no siempre con méritos suficientes) alcanzan ni por lo más remoto el grado de consideración universal de que ha gozado Juan Pablo II. Por algo será. N estos tiempos propicios para el imperio de lo efímero y las ocurrencias improvisadas, llama la atención el funcionamiento riguroso de una institución milenaria como es la Iglesia Católica. Nadie pone en duda que las complejas previsiones jurídicas y los pasos sucesivos que habrán de seguirse en los próximos días se van a desarrollar con la máxima precisión. Una institución capaz de superar los trances más difíciles muestra en las circunstancias actuales su capacidad para manejar con delicadeza las emociones individuales y colectivas. Nada se oculta, pero todo se transmite con prudencia y con mesura. Las palabras del portavoz vaticano, el español Navarro- Valls, han mantenido estos días un exquisito equilibrio entre el sentimiento y la razón. La Curia romana, por su parte, ha desplegado sus mecanismos de futuro sin dejar de atender a la realidad del presente. La tradición institucional no se improvisa: el paso de los siglos se ha dejado sentir en todos y cada uno de los actos emanados de la Santa Sede mientras Juan Pablo II, un Pontífice excepcional, recibía el reconocimiento unánime por su magna lección espiritual, impartida hasta el último aliento. E L centro del mundo se ha vuelto a situar en las últimas horas en la plaza de San Pedro, núcleo principal de la Ciudad del Vaticano. Es impensable que cualquier otro acontecimiento suscite un grado semejante de unanimidad: véanse las portadas de los grandes periódicos de todos los países, la atención permanente en radio y televisión o la confluencia en Roma de enviados especiales de los cinco continentes. Las imágenes de gentes que rezan proceden de lugares tan distintos y lejanos como la catedral de San Patricio en E Quien supo sembrar con generosidad recoge ahora la cosecha en forma del cariño de las generaciones que van a ser protagonistas del futuro inmediato ...Y LA CICATERA RESPUESTA DEL GOBIERNO L A conmoción mundial por el fallecimiento de Su Santidad Juan Pablo II ha superado todos los credos y fronteras, como ya lo hizo en vida el mensaje arrollador de un hombre que vivió su misión con la universalidad fundacional de la Iglesia Católica. Así se lo han reconocido las principales comunidades religiosas y los más variados Gobiernos. Brasil ha decretado siete días de luto. La Cuba castrista, tres. Venezuela, cinco. Y Egipto, país musulmán, tres. ¿Y España? El Gobierno socialista, tras cubrir el expediente con una declaración institucional en la rueda de prensa del Consejo de Ministros y, luego, una visita de la vicepresidenta del Gobierno a la Nunciatura, ha decretado un solo día de luto, el de hoy. No es fácil saber qué ha querido decir el Gobierno con este gesto cicatero, en el que no hay la más mínima em- patía con los millones de católicos españoles que están sintiendo la pérdida del Papa como un sufrimiento íntimo y filial. Tampoco hay coherencia alguna con el juicio de admiración que cruza el planeta por la labor de Juan Pablo II, tanto en su contenido ecuménico como en el social y moral. Un solo día de luto es lo que merece, según el Gobierno, el primer Papa que visitó España. Y lo hizo en cinco ocasiones- -el cuarto país más visitado, después de Polonia, Francia y EE. UU. demostrando así el sincero afecto que tenía el Santo Padre por nuestro país. Es probable que la gestualidad y la retórica que siguen al fallecimiento de un hombre carismático como Juan Pablo II hayan sido compromisos insuperables para Rodríguez Zapatero, ausente casi por completo en estos momentos de dolor para los creyentes españoles y de respeto emocionado por quienes no lo son. En la ausencia del presidente del Gobierno, tan dispuesto a la aparición pública en contextos de gran propaganda- -Alianza de Civilizaciones, Cumbre contra el Hambre... aflora ese pobre talante laicista que repele cualquier signo de interacción con el catolicismo, cualquier concesión- -por protocolaria que sea- -al sentimiento mayoritario de los españoles. Incluso tácticamente es una torpeza para el Gobierno actuar de esta manera tan avara en un trance histórico que le habría permitido recuperar parte de la mucha confianza perdida entre los ciudadanos católicos. Pero así, saliéndose del carril por el que están circulando los grandes sentimientos de la Humanidad, será difícil que el socialismo se libere de ese rancio estado de hostilidad hacia el hecho religioso.