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ABC DOMINGO 3 4 2005 En la muerte de Juan Pablo II 71 SU OBRA La muerte le ha sobrevenido a Juan Pablo II después de haber cumplido, con creces, una misión histórica. Durante su Pontificado, el Papa tuvo la satisfacción de ver cómo, gracias a sus esfuerzos, se derribaban los muros levantados por el comunismo. Pero la tarea de Karol Wojtyla se extendió en la lucha contra toda clase de dictaduras e injusticias Un gobierno para la aplicación del Vaticano II POR J. B. Karol Wojtyla, Juan Pablo II, llegó al Pontificado en el mejor mes que se puede soñar en Roma. Era octubre, el corazón del otoño, cuando las tardes son tan suaves en la ciudad eterna que los funcionarios del Vaticano libran una vez más por semana para poder disfrutarlas. Él no lo esperaba, y así se lo hizo saber a un fotógrafo que le retrataba poco antes de empezar el cónclave. Pero no fue sólo él quien resultó sorprendido. También el pueblo romano y la catolicidad entera se quedaron de una pieza cuando oyeron anunciar, desde la logia de San Pedro y tras el feliz habemus papam que el elegido por el Espíritu Santo y los cardenales era un polaco, un tal Wojtyla, un Papa que llegaba procedente del frío, del hielo acerado de los países comunistas. Aquel joven cardenal tenía cincuenta y ocho años no era, desde luego, un suma y sigue de Pablo VI ni un más de lo mismo del entrañable Juan Pablo I. Aunque conservó el nombre de su inmediato antecesor, pues su muerte había sido tan trágica que sobre todos planeaba, para bien, su memoria. Que era distinto lo puso de manifiesto desde el primer momento. Cuentan que dejó de piedra al ceremoniero que le indicaba cómo y dónde tenía que ponerse, qué debía decir y qué gestos hacer. Desde el primer momento hizo saber a todos que la cátedra de Pedro había sido ocupada por un hombre con personalidad, por un hombre que aunque desconocía los interiores del aparato no estaba dispuesto a dejarse convertir en un prisionero del Vaticano, en una leyenda alejada del corazón del pueblo. Karol Wojtyla aceptó el cargo, se dice, porque su querido cardenal Wyszynski, entonces arzobispo de Varsovia y héroe de la resistencia contra el comunismo, le había aconsejado que se fiara de Dios y aceptara. Pero si lo hizo fue para hacer algo, no sólo para llevar la tiara y someterse al besamanos. Eso se puso de manifiesto inmediatamente, apenas salió al balcón y contempló, emocionado, la aún más emocionada multitud que se apiñaba en la plaza de San Pedro. Los que pudimos, por radio y en directo, y luego por televisión, oír y ver el espectáculo, no olvidaremos nunca el infinito júbilo con que los romanos supieron acoger a un extranjero como obispo de su ciudad y renunciar a la línea de Pontífices italianos. Pero no olvidaremos tampoco sus primeras palabras, valientes, decididas, viejas y nuevas: Abrid las puertas a Cristo. No tengáis miedo No tengáis miedo Quizá sea éste el mensaje que más ha calado en el mundo católico desde que Juan Pablo II ocupó la sede de Roma. Y era necesario y urgente decirlo y reiterarlo. Porque la Iglesia parecía entumecida, rendida, entregada al avance fatal de las fuerzas del secularismo y a la falacia de que el progreso pasaba necesariamente por las filas del marxismo, más o menos revestido de socialismo democrático. No fue suficiente, por supuesto, que el Papa dijera una frase brillante en un momento decisivo. La historia no se hace con frases, aunque éstas queden luego reflejadas en los libros. La historia se hace con hechos, con decisiones arriesgadas, con actitudes que se plasman en empresas a veces heroicas. Como él hizo. Los historiadores, que a estas alturas ya han cerrado su carpeta con un triste ¿triste? epílogo, dicen que su Pontificado se puede dividir en (Pasa a la página siguiente) ABC