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ABC DOMINGO 3 4 2005 En la muerte de Juan Pablo II 69 Karol Wojtyla fue ordenado sacerdote en 1946 cuando tenía 26 años Unos meses antes de morir, Pío XII le nombró obispo de Ombi A los 47 años se convirtió en el segundo cardenal más joven de la Iglesia católica ticano, y el Papa decidió estrenar con un problema incómodo su colegialidad. Los hermanos del Papa Desde hacía varios siglos, los cardenales se reunían en sesión plenaria poco más que para elegir Papa. En noviembre de 1979, Juan Pablo II les citó en Roma para una tarea más difícil que la de votar: resolver el problema de los números rojos. El viejo estereotipo de los príncipes de la Iglesia pasaba al desván junto con las rutinas palaciegas y la mentalidad localista. Los cardenales son hermanos y deben ayudar al Papa a gobernar toda la Iglesia. Su responsabilidad es el mundo entero. Aclarado este punto, Karol Wojtyla ordena poner en marcha la revisión de la condena a Galileo y emprende viaje a Turquía para proclamar otro de sus grandes empeños, la unidad de los cristianos, con un abrazo al Patriarca ecuménico Dimitrios I en Estambul. Un pistolero ya famoso por haber asesinado al director de un periódico y haberse fugado de una cárcel de máxima seguridad amenaza con matarle en suelo turco, pero Juan Pablo II no se deja intimidar. En el avión de regreso a Roma, la escolta y el séquito del Papa respiran aliviados. Nadie imaginaba que Alí Agca volverá a la carga el 13 de mayo de 1981. En enero de 1980 Juan Pablo II convocó una reunión del Sínodo de obispos sobre El trabajo pastoral en los Países Bajos donde dominaba un clima hostil a Roma. Una vez más, repite a los obispos la señal ya enviada a los cardenales: se acabaron las reuniones de rutina; a Roma se va a estudiar juntos lo más peliagudo. Pero el trabajo de Papa o de obispo no es incompatible con el de párroco, y Juan Pablo II lo demostró con su ejemplo. El Viernes Santo de ese año acude por sorpresa a uno de los confesionarios de la Basílica de San Pedro y se sienta a confesar a los fieles que esperaban su turno. A la tradición anual del confesionario se añadieron las del bautizo de niños en la Capilla Sixtina cada mes de enero y de adultos en la Basílica de San Pedro durante la vigilia de la Pascua. Juan Pablo II imparte todos los sacramentos, incluido el matrimonio de los hijos de amigos personales en su capilla privada de Castelgandolfo. El discurso ante la UNESCO en junio de 1980 fue la revelación del Papa filósofo, dispuesto a escuchar todas las opiniones y a explicar la propia siempre que haga falta, convencido de que la fe y la razón humana son complementarias. (Pasa a la página siguiente) Del deporte y la montaña a la plataforma móvil: el atleta de Cristo más internacional Durante sus primeros años de Pontificado, Juan Pablo II fue conocido como el atleta de Cristo por su vitalidad a la hora de llevar el mensaje evangélico a todos los rincones del mundo. Pese a las enfermedades y el progresivo deterioro físico, Karol Wojtyla nunca dejó de viajar a aquellos rincones donde hubiera presencia católica. El Papa esquiador y deportista pasaba largas horas paseando por la montaña, una de sus grandes pasiones, hasta que la edad y los achaques le impidieron recorrer los alpes italianos, como solía hacer cada verano, o las montañas al este de Roma, como en los primeros tiempos de su Pontificado. Por eso no deja de ser una feliz coincidencia que en 2003 un grupo de montañeros decidiera bautizar una montaña de la Antártida (uno de los pocos territorios que no pudo visitar el Pontífice) como mons Ioannis Pauli II Una montaña de 1.100 metros de altitud, que se yergue sobre el glacial Horseshoe Valley y en la que se plantó una cruz. El símbolo de la pasión y muerte de Cristo también había viajado, en el año 2001, al Polo Norte, dentro de una iniciativa patrocinada por el propio Juan Pablo II para llevar la seña de identidad del cristianismo a los puntos más extremos de la Tierra. Como si él mismo llevara a hombros esa misma cruz, la de la incomprensión de los primeros años, la del dolor y el sufrimiento en los postreros, Juan Pablo II cumplió su parte de compromiso, al acudir a los lugares más recónditos del planeta. El atleta de Cristo batió todos los récords, al convertirse en el Papa que más kilómetros había recorrido, el que más países había visitado, el que más encíclicas había escrito, el que más audiencias había concedido y el que más santos y beatos había elevado a los altares. Considerado por muchos como el único líder auténticamente mundial, la figura de Juan Pablo II fue agrandándose a medida que su fuerza física se agotaba. No obstante, su vitalidad llegó a derribar simbólicamente el Muro de Berlín, a romper las barreras entre las distintas confesiones cristianas y a gritar que ninguna religión puede invocar el nombre de Dios para la guerra. Más de uno, al saber de su muerte, lo recordará como el hombre más fuerte En 1978 fue elegido como el sucesor de San Pedro y decidió ser llamado como los dos Papas del Concilio: Juan Pablo II En 1982 Karol Wojtyla visitó España por primera vez como Jefe de la Iglesia católica, viaje que repetiría hasta en cuatro ocasiones más, dando cuenta siempre de su alegría y jovialidad. En este viaje quiso lanzar, desde Santiago de Compostela, un llamamiento a la unidad de Europa, mensaje reiterado a lo largo de su Pontificado. En 1983 el Pontífice aprovechó la celebración del quinto centenario de la muerte de Lutero para remitir una misiva a los fieles evangélicos y mantener encuentros con la comunidad reformada de Roma. Una dirección que continuaría a partir de entonces hasta conseguir en 1999 la firma de un acuerdo teológico con la Federación Luterana Mundial. En 1986 Karol Wojtyla protagonizó un hito histórico en el seno de la Iglesia católica al visitar una sinagoga judía situada a escasos kilómetros de la plaza vaticana de San Pedro. En marzo de 2000, Juan Pablo II fue el primer Papa que se desplazó hasta Jerusalén después de la persecución y exilio de Pedro de Betsaida.