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ABC DOMINGO 3 4 2005 En la muerte de Juan Pablo II 63 Nos ha dejado un legado importante, para que seamos los jóvenes los que lo pongamos en marcha JUAN PABLO II HA MUERTO, ¡VIVA EL PAPA! JUAN ANTONIO MARTÍNEZ CAMINO Secretario general Conferencia Episcopal CHEMA BARROSO ANGEL DE ANTONIO un hombre que lo dio todo por ellos, por nosotros aseguró Beatriz, y que nos ha dejado un legado importante, con unos principios, para que seamos nosotros los jóvenes los que los pongamos en marcha Palabras todas éstas que se pronunciaban en voz muy baja, para dejar que sólo el crepitar de las llamas de las velas encendidas y el roce de los abrazos interrumpieran el rezo en silencio bajo un cielo que amenazaba lluvia, pero que no impidió que Ángeles, junto a sus dos hijos, se acercara a rezar porque hoy nos hemos sentido huérfanos Eran ya las once menos cinco y las campanas seguían sonando, serenas. Sobre ellas la voz de Ángeles que dice: Juan Pablo, no nos olvides, porque España es católi- ca, en lo privado y en lo público En voz baja, pero clara. Todos estaban allí por algo, habían conocido la noticia de la muerte del Santo Padre y querían demostrarle su amor, menos Alex, de 27 años, que en el silencio reinante no había podido enterarse del fatal desenlace. La pregunta de esta periodista, fue seguida por otra suya de incredulidad, y es que en los últimos días había pasado por el mismo lugar, y siempre había gente- -dice- -y pensé que rezaban por su salud Ayer fue el único día que se animó a unirse a ellos, a los que ya, sin él saberlo, rezaban por su alma. También por una casualidad, pero distinta, pues acababa de llegar de Canarias para pasar unos días de vacaciones en Madrid, Óscar, de 31 años, destacaba su gran capacidad para viajar y acercar las religiones Alfonso coincidía en que estaba abierto a hablar con todo el mundo y en su gran espíritu viajero pero la memoria que aporta la edad le hacía destacar su papel en el derrumbamiento del telón de acero, en su infatigable intento, aunque inacabado, de unir en todo a Oriente y Occidente. Idea en la que coincide Francisco, que acudió acompañado de su hija Irene: Jamás se ha callado ante las injusticias Y añadió: El Señor nos puso a este Papa para darnos una llamada de esperanza Esperanza que el Santo Padre transmitía con sus gestos, su sonrisa destacó Leticia, quien nos indicó cuál era la siguiente parada para la oración, la plaza de Colón, donde miles de madrileños con el mismo sentimiento despidieron anoche a Juan Pablo II el Grande Las campanas seguían sonando, serenas. Ciudadanos polacos acudieron a rezar a su iglesia habitual asta siempre, Juan Pablo II! ¡Hasta siempre, testigo de Cristo para el siglo XXI! Él se despedía de nosotros en Madrid hace casi dos años con palabras inolvidables: ¡Hasta siempre, España! ¡Hasta siempre, tierra de María! Hoy le decimos el último adiós con el alma llena de emoción y de gratitud. Juan Pablo II ha muerto, ha cerrado los ojos a la luz de este mundo. Pero los ha abierto a la luz de Cristo resucitado. No había vivido para otra cosa, sino para morir con Cristo y resucitar con Él. Por eso nuestro adiós por más que último y transido de tristeza, va dicho con toda la carga de su raíz etimológica: a Dios Santo Padre! ¡Hasta siempre en el eterno hoy de Dios, cuyo Corazón ha quedado abierto de par en par para quien no quiso más que acogerse a su Misericordia entrañable y predicarla a todo el mundo con palabra fuerte y existencia martirial! Muriendo como Papa, Juan Pablo II ha prestado su último gran servicio a la Iglesia y al mundo. Sí, también los Papas mueren; también ellos se hacen mayores y se llenan de achaques y de sufrimientos; también ellos han de rendirse al Creador como criaturas frágiles y finitas que son; es más, también ellos son pecadores. Pero nada de todo esto constituye el verdadero final, ni la última palabra para el Papa. ¡Para nadie que haya puesto su confianza en Dios! Predicando la Misericordia de Dios, Juan Pablo II no ha tenido otro objetivo en su vida de Pastor que acercar esta certeza al corazón y a la inteligencia de los hombres del siglo XX declinante; de esos seres humanos a veces tan ricos en ciencia y poderes mundanos y, con demasiada frecuencia, tan pobres en fe divina, en esperanza cierta y en amor eterno. La muerte serena del Papa delante del mundo entero, acompañado por sus colaboradores más cercanos, por toda la Iglesia e incluso por toda la Humanidad, ha propiciado una experiencia maravillosa y única- -global- -de fe, esperanza y caridad. La presencia y la compañía de los jóvenes cristianos junto al Papa agonizante han sido especialmen- H te elocuentes. Ellos han captado bien el mensaje del padre y amigo al que dicen adiós; el único mensaje capaz de hacer veraz la frase tan manida de ciertos vacuos y vergonzantes rituales sociales de la muerte: Nunca te olvidaremos ¡Viva el Papa! ¡Viva Juan Pablo II para siempre con los santos! Nos cabe esperar que, desde la comunión de los santos, no permanecerá ajeno ni a la elección ni a la misión de su sucesor en la Sede de Pedro. Los Papas del siglo XX han sido figuras de gigantes, a cuál mayor. Tanto, que cuando morían, a muchos les parecía imposible que se les pudiera encontrar un sucesor de talla semejante. El hecho es que nunca le ha faltado a la Iglesia la persona adecuada para cada una de las coyunturas históricas de ese atormentado siglo. Resulta particularmente claro que la personalidad incomparable de Juan Pablo II ha sido providencial para la Iglesia y para el mundo del último cuarto de la centuria y del primer quinquenio del nuevo milenio. Tengo a la vista sobre la mesa una fotografía suya que me han regalado hace poco elegantemente enmarcada. La figura blanca del Pontífice aparece erguida, en pie, apoyada con el hombro izquierdo sobre el muro, enlucido en ocre, en el que se abre una puerta desde la que el Papa se asoma con la cabeza erguida y la mirada perdida hacia un horizonte que no vemos. Es la llamada casa de los esclavos en el Sene- Se despedía de Madrid hace casi dos años: ¡Hasta siempre, España! ¡Hasta siempre, tierra de María! Juan Pablo II ha sido providencial para la Iglesia y para el mundo del último cuarto de la centuria gal. En su visita a este país, en 1992, Juan Pablo II, quiso mirar al mar que surcaron no hace mucho tiempo barcos cargados de esclavos zarpando precisamente desde aquel lugar. El Papa que ha acompañado a sus compatriotas en el sufrimiento bajo dos regímenes políticos totalitarios, productos ambos de ideologías ateas y, por tanto, devastadoramente antihumanas, parece mirar desde la casa de los esclavos a ese inmenso mar del pecado surcado por el hombre humillado por su propia libertad degradada y torcida. Y lo mira con los ojos del Redentor, cuya voz libertadora le ha sido dada hacer resonar en estos tiempos. Juan Pablo II ha estado como connaturalmente, con un innegable carisma personal, en lugar preciso y con el gesto exacto allí donde era necesario desempeñar esa sublime misión que le había sido confiada. El mundo ha podido verlo y oírlo. ¿Sabrá comprenderlo? Pero, en efecto, la personalidad y las dotes y experiencias peculiares de este Papa carismático y peregrino se sumaron al carisma propio y permanente de todo Papa, es decir, de todo aquél que es llamado por el Espíritu de Jesucristo para calzarse las sandalias de Pedro. Un Wojtyla sin Pedro no hubiera sido Juan Pablo II. Un Wojtyla literato, filósofo y actor hubiera, tal vez, puesto en marcha un buen grupo de discípulos o incluso un movimiento cultural o político. Pero no habría sido capaz de reunir al mundo entero en torno a sí precisamente en el momento de la debilidad y de la muerte. Es Jesucristo quien, a través de Pedro, la roca sobre la que Él mismo ha construido su Iglesia, ha llamado de nuevo a la libertad a los hombres, finitos, frágiles y culpables. Lo ha hecho con acentos diversos en Auschwitz, Ávila, Nueva York, Jerusalén o Bombay. ¿Sabrá el mundo comprenderlo? El sucesor de Juan Pablo II, seguro que de un modo muy diverso, seguirá prestando a la Iglesia y al mundo aquel mismo servicio incomparable: llamar a la libertad a los hombres y mujeres de los albores del siglo XXI. La muerte de Juan Pablo II tampoco será la última palabra. ¡Viva el Papa!