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54 En la muerte de Juan Pablo II DOMINGO 3 4 2005 ABC IGLESIA Aunque el médico del Papa sea el primero en declarar su muerte, únicamente la certificación por parte del cardenal camarlengo, el español Eduardo Martínez Somalo, pone en marcha el complejísimo mecanismo informativo, jurisdiccional y sucesorio que llevará a la elección de un nuevo Pontífice. Durante el interregno, el gobierno lo asume el camarlengo Un español gobierna la Iglesia Sa POR J. V. B. lvo casos muy excepcionales como el de Juan Pablo I (Albino Luciani) en 1978, quien falleció repentinamente durante la noche, los Papas no mueren solos sino acompañados de los médicos y del jefe de la Casa Pontificia, a quien corresponde enviar la noticia al cardenal camarlengo y vestir los restos mortales con una sencilla sotana blanca de seda y una esclavina de color púrpura. Tan sólo terminado ese último servicio, el cardenal camarlengo, acompañado de la Guardia Suiza, entra en la cámara para certificar la muerte siguiendo un protocolo antiquísimo: golpear por tres veces la frente del Papa con un martillo ritual al tiempo que se le llama por el nombre de bautismo. La ausencia de respuesta se consideraba prueba definitiva del fallecimiento. Certificar la muerte En 1996, Juan Pablo II actualizó y refundió en la constitución apostólica Universi Dominici Gregis Pastor de todo el rebaño el conjunto de disposiciones vaticanas sobre la muerte de un Papa y el modo de elegir a su sucesor. Según estas normas, corresponde al cardenal camarlengo, Eduardo Martínez Somalo, verificar oficialmente la muerte del Pontífice en presencia del Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias- -en estos momentos monseñor Piero Marini- de los Prelados Clérigos y del Secretario- Canciller de la Cámara Apostólica- -actualmente el abogado Enrico Serafini- quien será el encargado de redactar el certificado de defunción Para evitar que se repita un comportamiento vergonzoso como el del doctor Galeazzi Lisi, médico personal de Pío XII, quien tomó fotografías de la agonía del Pontífice en 1958 para venderlas en exclusiva a un diario de Turín, las normas de Juan Pablo II indican taxativamente que a nadie le es lícito tomar por cualquier medio imágenes del Sumo Pontífice, ya sea enfermo en el lecho o ya sea difunto, ni registrar con ningún instrumento sus palabras para reproducirlas posteriormente. Si alguien, después de la muerte del Papa, quiere hacer fotografías a título de documentación, deberá solicitarlo previamente al cardenal camarlengo, el cual no permitirá que se tomen imágenes del Sumo Pontífice a menos que esté revestido de los hábitos pontificales Una vez certificado el fallecimiento, el Camarlengo debe sellar el estudio y la cámara del Pontífice y comunicar la muerte al Cardenal Vicario de la Urbe- -monseñor Camillo Ruini- quien dará la noticia al Pueblo Romano Paralelamente, el cardenal decano, Joseph Ratzinger- -nacido en 1927 en Baviera- informa a los cardenales, al cuerpo diplomático y a los jefes de Estado de las 175 naciones acreditadas ante la Santa Sede. Cesa la Curia Entretanto, el camarlengo toma posesión del Palacio Apostólico en el Vaticano, el Palacio de San Juan de Letrán, donde se gobierna la diócesis de Roma, y el Palacio de Castelgandolfo, residencia veraniega de los Papas. La certificación de la muerte del Pontífice origina el cese automático de todos los jefes de dicasterio de la Curia romana. A partir de ese momento, conservan sus cargos tan sólo el Sustituto o número dos de la Secretaría de Estado- -Leonardo Sandri- así como el Secretario para las Relaciones con los Estados- -Giovanni Lajolo- y los nuncios apostólicos en las diversas capitales, cuyo papel de enlace diplomático resulta crítico en la fase de transición. La primera obligación del cardenal camarlengo como principal responsable del go- Las normas de Juan Pablo II prevén que las votaciones del cónclave tengan lugar en la Capilla Sixtina REUTERS