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52 En la muerte de Juan Pablo II DOMINGO 3 4 2005 ABC EL PAPA EN CUERPO Y ALMA Juan Pablo II y Stanislao Dziwisz, durante una audiencia en el Vaticano en noviembre de 2003 Staszek las manos de Karol Wojtyla Monseñor Dziwisz, su fiel secretario desde hace 40 años, le acompañó en sus últimos momentos b San Pedro tiene las llaves del cielo y de la tierra, pero Estanislao tiene las del apartamento papal un dicho que subraya el papel de este apoyo J. V. B. ROMA. Cuando las balas de Alí Agca acababan de herirle casi de muerte, Juan Pablo II cayó en brazos de su secretario, Stanislaw Dziwisz, quien lo sostuvo mientras se desangraba y le dio la absolución durante la carrera alocada hacia el hospital Gemelli. Desde aquel 13 de mayo de 1981, el fiel Staszek le ha ad- ministrado varias veces la unción de enfermos, incluidas las dos ocasiones más recientes: el 24 de febrero, justo antes de la traqueotomía, y el pasado jueves, cuando la infección de las vías urinarias dio lugar a una sepsis que ha sido el golpe definitivo. En los últimos años, a medida que el párkinson paralizó cada vez más al Pontífice, su secretario se convertía en las manos del Papa San Pedro tiene las llaves del cielo y de la tierra, pero Estanislao tiene las del apartamento papal es un dicho que circula desde hace muchos años para subrayar el papel del secretario del Papa, cuya importancia ha crecido de modo continuo a medida que la vejez obligaba al Santo Padre a limitar las visitas y los encuentros de trabajo con la Curia romana. Desde hacía año y medio, Don Estanislao era el intermediario obligado y el cancerbero del Papa, no por un intento de aislar al Pontífice sino en una larga batalla, siempre perdida, por ayudarle a descansar. Con el paso del tiempo, su trabajo de secretario terminó incluyendo también el de enfermero y el de acompañante casi permanente, atendiendo a Karol Wojtyla con verdadero amor filial en todas las necesidades materiales que una persona cada vez más inmovilizada no podía resolver sin una ayuda que a veces cuesta pedir. Desde hace meses, cuando la debilidad del Papa obligó a convertir las antiguas reuniones de trabajo en simples encuentros para almorzar, monseñor Dziwisz pasó a ser consejero directo y, además, intérprete de su voluntad. A diferencia de otros personajes curiales nunca ha jugado la carta de las influencias o de las maniobras: se ha limitado a servir y a facilitar el trabajo, gigantesco, del primer Papa mundial. Hace 35 años yo te ordené sacerdote en la catedral de Cracovia, y tres años después te nombre mi capellán recordaba afectuosamente Juan Pablo II el 19 de marzo de 1998, cuando consagró obispo a quien llevaba ya más de tres décadas a su lado como principal colaborador. Igual que su mentor, Stanislaw Dziwisz era esquiador y montañero, uno de esos hombres recios de una región de Polonia curtida por los fríos y por los dramas de la historia. Su lema episcopal es sursum corda (arriba los corazones) una llamada a la alegría. Cuando Karol Wojtyla fue elegido Papa, Staszek siguió siendo su discreto secretario personal. Al cabo de veinte años en el Vaticano, Juan Pablo II lo consagró obispo rompiendo el viejo tabú de que los secretarios pri-