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ABC DOMINGO 3 4 2005 Opinión 5 CARTA DEL DIRECTOR CAMINO DE PERFECCIÓN IGNACIO CAMACHO CASO la raíz más profunda del descrédito de los líderes públicos actuales resida, sobre todo, en la falta de autenticidad, en un visible desajuste entre sus prácticas políticas y los ideales que dicen defender en las tribunas, en un pragmático alejamiento de los principios y las utopías que los convierte a los ojos de la gente en vulgares ventajistas o, todo lo más, en solventes profesionales de la dirigencia. Sensu contrario, cuando surge una figura dotada de la fuerza moral necesaria para asumir un explícito compromiso de integridad, concita de inmediato el respeto de las masas y se convierte en referencia popular de liderazgo. Ése ha sido exactamente el caso de Juan Pablo II, sin duda el líder contemporáneo con mayor credibilidad moral y el ejemplo más preclaro de rectitud y de justicia del último cuarto de siglo. El perfil magnánimo y bondadoso del Papa muerto se agiganta en el imaginario colectivo sobre un pedestal de honestidad espiritual que él mismo labró a base de un formidable y casi sobrenatural esfuerzo de coherencia. Es cierto que todos los Pontífices disponen de antemano de un plus de credibilidad, propio de su condición de líderes religiosos situados por encima de las limitaciones materiales o sectarias de la política, pero el caso de Juan Pablo II es particularmente intenso porque convirtió toda su vida en un camino de perfección hacia los ideales de la paz, el amor y la bondad. Hermosos conceptos abstractos que han tomado cuerpo en el Santo Padre para mostrarse como referencias posibles y reales más allá del alcance evocador de las palabras. No resulta en absoluto casual que el carisma de Karol Wojtyla haya germinado de una manera especialmente fecunda entre la juventud. Los jóvenes, que poseen un agudo sentido de la autenticidad, capaz de detectar cualquier fisura en la coherencia moral, han identificado en el Papa polaco un paradigma de integridad universal válido por encima de diferencias doctrinales o culturales, y han comprendido el enorme valor de su compromiso personal con el Bien. Ellos, tan sensibles a la hipocresía social y a la doblez frecuente en la escena pública, han sabido entender el inmenso ejemplo del Papa en la defensa de la justicia y su inequívoco empeño de responsabilidad en la construcción de un mundo ordenado conforme a los principios de la moral y de la fe. Desde sus comienzos como obrero manual, enfangado en la dura realidad del trabajo, hasta esta larga y angustiosa A Resulta imposible no conmoverse ante el desafío postrero de un Papa que nos ha enseñado a resistir el dolor, la adversidad, la guerra, la injusticia, la enfermedad, la duda, la debilidad y el sufrimiento. Un líder gigantesco de un tiempo confuso y difícil agonía en el sentido unamuniano del término- -del griego agon, lucha a brazo partido con el dolor y la muerte- Juan Pablo ha sabido convertir su vida entera en un ejemplo. No ha habido uno solo de sus pasos que no haya estado presidido por la responsabilidad personal. Predicó contra las dictaduras y la opresión porque luchó contra el nazismo y el estalinismo. Trabajó con denuedo por la paz porque vivió la más atroz de las guerras. Intensificó la espiritualidad porque ha conocido un mundo pragmático. Persi- guió la unidad de las iglesias y los credos porque supo en sus carnes de la amargura de la división. Y hasta cuando quiso poner énfasis en la validez de algún sacramento en declive no dudó un instante en reforzar su doctrina con el ejemplo, como cuando decidió bajar personalmente al confesonario del Vaticano para escuchar por sorpresa a unos penitentes que, años después, acaso no hayan salido aún de su asombrada perplejidad ante aquel gesto insólito de extraordinaria potencia simbólica. Esta capacidad de compromiso le ha llevado, al final, a una durísima y penosa batalla contra el dolor que él ha transformado en un nuevo camino de perfección. En pleno debate universal sobre la eutanasia, el Papa ha peleado contra su propio sufrimiento blandiendo la Cruz que simboliza la liberación por el sacrificio. Su fortaleza interior y su superdotada biología han hecho aún más duro este calvario personal, no siempre bien comprendido en un mundo acostumbrado a prescindir del dolor como instrumento de redención. Pero resulta difícil, incluso desde la más distante frialdad doctrinal, no conmoverse ante su desafío postrero, como de hecho se ha conmovido el mundo en estos días de agónica resistencia al destino universal de la muerte. En la hora del adiós, el balance del Papado de Juan Pablo II resulta de una devastadora superioridad moral. No sólo porque contribuyó decisivamente, desde la palabra y la fe, al cambio político que marcó el final del siglo XX, sino porque su Pontificado ha transformado la estructura social de la Iglesia y la ha reforzado como el primer referente moral contemporáneo. Dotado de un especial carisma mediático ante las multitudes- -y de una telegenia esencial en la sociedad de las telecomunicaciones- aprovechó todos los recursos de la contemporaneidad para poner de manifiesto las claves de su mensaje. Un mensaje de bondad y dignidad que su propia trayectoria vital ha multiplicado y proyectado más allá de cualquier reticencia. Incluso los más críticos con algunos de sus empeños doctrinales- -como la moral sexual y el impulso a los valores de la castidad- -no pueden sino reconocer que por encima de sus diferencias el Papa ha sabido transmitir un espíritu de infinita misericordia que supera en el perdón cualquier debilidad de la condición humana. La muerte es tiempo de inventarios, y no faltarán quienes encuentren sombras en un Pontificado iluminado por la intensísima luz de la bondad. Pero Juan Pablo II pasará a la Historia como un Papa proactivo, incansable y tenaz, que obtuvo de la fe de Cristo una conmovedora fuerza para comprometerse en la lucha por lo mejor de nosotros mismos. Un Papa que nos ha enseñado a resistir el dolor, la adversidad, la guerra, la injusticia, la enfermedad, la duda, la debilidad y el sufrimiento. Un líder gigantesco de un tiempo confuso y difícil del que cabría parafrasear al Marco Antonio de Shakespeare ante el César muerto: Éste era un Papa; nunca tendréis otro como él director abc. es