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4 Opinión DOMINGO 3 4 2005 ABC Directores Adjuntos: Eduardo San Martín, Juan Carlos Martínez Subdirectores: Santiago Castelo, Rodrigo Gutiérrez, Carlos Maribona, Fernando R. Lafuente, Juan María Gastaca, Alberto Pérez Jefes de área: Jaime González (Opinión) Mayte Alcaraz (Nacional) Miguel Salvatierra (Internacional) Alberto Aguirre de Cárcer (Sociedad- Cultura) Ángel Laso (Economía) Jesús Aycart (Arte) Adjunto al director: Ramón Pérez- Maura GUILLERMO LUCA DE TENA PRESIDENTA- EDITORA: CATALINA LUCA DE TENA CONSEJERO DELEGADO: SANTIAGO ALONSO PANIAGUA PRESIDENTE DE HONOR: DIRECTOR: Redactores jefes: V. A. Pérez, S. Guijarro (Continuidad) A. Collado, M. Erice (Nacional) F. Cortés (Economía) A. Puerta (Regiones) J. Fernández- Cuesta (Sociedad) A. Garrido (Madrid) J. G. Calero (Cultura) E. Ortego (Deportes) F. Álvarez (TV- Comunicación) L. del Álamo (Diseño) J. Romeu (Fotografía) F. Rubio (Ilustración) Director General: Héctor Casado Económico- financiero: José María Cea Comercial: Laura Múgica Producción y sistemas: Francisco García Mendívil IGNACIO CAMACHO UN PAPA PARA LA ETERNIDAD O tengáis miedo! Esas fueron sus primeras palabras, pronunciadas desde el balcón de San Pedro, en octubre de 1978, cuando acababa de ser proclamado Papa. Nunca lo tuvo y de ahí nació su fuerza. Se acaba de extinguir la vida de quien es probablemente el hombre más importante de nuestro tiempo, de un Papa para la eternidad, del Pontífice que vino del Este- -de la otra mitad de Europa- de quien protagonizó uno de los Papados más extensos en el tiempo y más innovadores en la doctrina y en la acción pastoral de la historia de la Iglesia. Esta valoración sólo puede proceder del cabal cumplimiento, hasta que su vida se agotó, del imperativo de fidelidad al mensaje del que fue depositario: el mensaje de salvación de Cristo resucitado. Por encima de sus muchos méritos, sobresale éste de su compromiso, hasta la extenuación, con la propagación del mensaje cristiano. Trabajador manual en una cantera y en una fábrica química en su Polonia natal, deportista, actor, poeta, el joven seminarista clandestino bajo el nazismo y el resistente contra el comunismo forjó su temple en la lucha contra los totalitarismos del siglo XX. Sin duda, conoció y sufrió de primera mano las dos mayores agresiones a la dignidad humana que vivió el mundo contemporáneo. Su sólida formación teológica, filosófica y mística se plasmó en sus trabajos respecto a san Juan de la Cruz y la posibilidad de fundamentar una ética católica sobre la filosofía de los valores de Max Scheler. Esta profunda formación académica está presente en las contribuciones contenidas en sus libros, encíclicas, exhortaciones, constituciones y cartas apostólicas, que forman un imperecedero legado magisterial e intelectual. Pocos días antes de morir publicaba su último libro, Memoria e identidad. Conversaciones al filo de dos milenios en el que, a través de dos largas conversaciones con dos profesores de Filosofía política polacos, vuelve a uno de sus temas permanentes: las ideologías del mal, es decir, el nazismo y el comunismo. Y, como siempre, desde una visión esperanzada del hombre y de su destino, que rechaza toda forma de desaliento y desesperanza. ¡N comparable en nuestro tiempo. Millones de personas, especialmente jóvenes, así lo han reconocido con su adhesión y su asistencia masiva a los actos presididos por el Pontífice. Rompió tantas barreras que casi es imposible rememorarlas todas. Fue el primer Papa que visitó una sinagoga (la visita a la de Roma fue un acontecimiento mundial) rehabilitó a Galileo, pidió perdón por los errores cometidos por los cristianos, viajó a Jerusalén y visitó la Gran Mezquita de Damasco. Impulsó el diálogo ecuménico y la unión entre los cristianos. Demostró su temple para hacer frente a las adversidades del terrorismo (el atentado de 1981 y el posterior perdón, en emotiva entrevista, al autor) y a los embates de la enfermedad. España ha estado siempre presente en su vida y en su labor apostólica. Así lo atestiguan Entre sus logros, la gran contribución a la derrota del comunismo y su defensa de los valores y principios de la tradición moral cristiana Tampoco se arrugó en la defensa de los valores de las sociedades democráticas y abiertas frente a la inhumanidad de los totalitarismos, ni ante la indeclinable defensa de la dignidad humana frente al aborto, el terrorismo, la pena de muerte y las guerras tanto sus frecuentes viajes como su permanente reconocimiento a la labor evangelizadora de España en el mundo, especialmente en América. Cuando sus fuerzas resultaron minadas, y en contra de las voces que preconizaban la conveniencia de la retirada, acertó a comprender que sólo la muerte pone fin a la misión del hombre en la Tierra, y exhibió el más estremecedor ejemplo de servicio hasta el final. Quienes no entienden esta actitud heroica desconocen las diferencias entre el poder espiritual del Papa y el poder temporal de los gobernantes. No sólo fue fiel a las enseñanzas del Concilio Vaticano II, al que contribuyó de manera desta- cada, entre otras manifestaciones, con su ayuda a la redacción de la Gaudium et Spes sino que las desarrolló. No rectificó la vía del Vaticano II, sino que la siguió y perfeccionó. No en vano quiso, como su predecesor, aunar los nombres de los dos Papas del Concilio, Juan y Pablo. No cabe la discusión. En su Papado no ha habido ni rectificación ni atenuación de las enseñanzas del Concilio, sino su perfeccionamiento y continuación. Como a todo gran hombre no le han faltado las críticas, algunas interesadas, otras incapaces de entender que por encima de algún aspecto concreto están la grandeza de su ejemplo y su magisterio. Entre sus logros, la gran contribución a la derrota del totalitarismo comunista y su defensa de los valores y principios de la tradición moral cristiana. La oposición al comunismo fue coherente y profética y contribuyó a su derrumbamiento. Los reproches de conservadurismo moral, basados en su combativa oposición al materialismo de la sociedad, ignoran que es el depositario de una tradición eterna que no se acompleja ante la necesidad de oponerse a las opiniones dominantes cuando son opuestas a la doctrina esencial. Así fue en los orígenes del cristianismo y así ha sido en muchas etapas de la historia. Su doctrina social siempre estuvo encaminada hacia la defensa de los derechos de los pobres y marginados. Nada proclive a la mentira colectivista del comunismo, también condenó los excesos del capitalismo que entroniza el valor supremo del egoísmo, defendiendo no una fácil y ecléctica tercera vía, sino la superioridad de un sistema económico basado tanto en la libertad de empresa como en la atención permanente a los más necesitados. AMPOCO se arrugó en la defensa de los valores de las sociedades democráticas y abiertas frente a la inhumanidad de los totalitarismos, ni ante la indeclinable defensa de la dignidad humana frente al aborto, el terrorismo, la pena de muerte, las guerras (el último caso, la de Irak) la eutanasia, la manipulación genética y cualesquiera otros atentados contra la dignidad del hombre como hijo de Dios. Defendió de manera incansable y firme las raíces cristianas de Europa frente a los intentos de suprimir la vigencia colectiva del cristianismo y entronizar la ausencia de la espiritualidad, que sólo conduce al nihilismo y a la negación de la condición personal del hombre y, con ella, de su dignidad. En unos tiempos como los actuales en los que, al menos en la superficie de los acontecimientos, parece idolatrarse el materialismo, siempre defendió la vida del espíritu, por supuesto compatible con la condición corporal del hombre, que también es parte de la obra creadora de Dios. Pero por encima de todo deja un legado de fidelidad a Cristo y a su mensaje. Cambió la historia con la sola fuerza del espíritu. Un hombre para la eternidad. Un Papa para la eternidad. T E L Atleta de Dios muere exhibiendo el más impresionante legado de marcas de la historia del Papado universal: viajes, actos religiosos, recepción de visitas, canonizaciones, sínodos... Pero, por encima de todo, por encima de la feliz utilización de los medios técnicos de comunicación imprescindible en nuestro tiempo, sobresale por su ejemplaridad. Una ejemplaridad que lo ha convertido en autoridad moral no sólo para los católicos y los cristianos, sino para la inmensa mayoría de los hombres, religiosos o no, de buena voluntad. Baste recordar el reconocimiento mundial a su ejemplaridad y su magisterio moral y espiritual sobre otras religiones en las reuniones que promovió en Asís. Es imposible encontrar un magisterio