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ABC DOMINGO 3 4 2005 La Tercera JUAN PABLO II, UN TITÁN DE ENTRESIGLOS C UMPLIENDO, como todos, el designio divino y el destino humano, vivida ya y agotada hasta los bordes, como don y misterio, su existencia temporal, Karol Wojtyla, Juan Pablo II, el 263 entre los sucesores de San Pedro, primero no italiano desde 1523, el Papa venido de lejos, hace más de un cuarto de siglo, alzó ayer el vuelo de su centésimoquinto viaje al exterior, esta vez sin pasaje de retorno en la hoja de ruta. Digamos con palabras suyas que este atleta de Cristo ha cruzado ya el umbral de la esperanza y se ha zambullido de bruces en el esplendor de la Verdad. Descansa ya en el seno del Padre, el misterioso hogar que anhelaba desde su epitafio don Miguel de Unamuno. Tras el fugaz pontificado de cuarenta días de su predecesor Albino Luciani, Juan Pablo I, el Cardenal de Cracovia, votado al cuarto escrutinio, a las 17: 15 horas del 16 de Octubre de 1978, aceptó, con humilde serenidad, la Suprema dignidad pontificia. El primer Papa polaco asumió así lo que él gustaría de llamar el Ministerio Petrino y empezó a ejercerlo con plena naturalidad desde el primer momento. A lo que nos es dado sospechar, nunca le vino grande el peso, no ya de la púrpura, sino del Sumo pontificado, a su recia estructura anatómica y anímica de montañero, piragüista y esquiador. ¿Cómo atrapar, Dios mío, en tres columnas, el caudal amazónico de una historia sorprendente, la desmesurada talla humana del personaje, con tal pluralidad de vertientes y tan tremendo octanaje de energías? Papa Coraje, Papa Sorpresa, Huracán Wojtyla, Juan Pablo II el Magno, le han llamado los cronistas romanos. Como Pastor universal y ministro de la palabra, Juan Pablo II ha convocado ocho sínodos universales y cuatro continentales, ha promulgado un Catecismo universal y un Código de la Iglesia, publicado catorce encíclicas y ejercido un magisterio escrito de treinta volúmenes; ha elevado a los altares a más santos y beatos que todos los Papas anteriores juntos. Peregrino de excepción en ciento cinco viajes apostólicos, pisando suelo e inmerso en multitudes de 130 países, ha recorrido tres veces la distancia de la tierra a la luna, hablado en presencia visible a unos veinte millones de espectadores y, a través de la televisión, han llegado su figura y su voz a miles de millones de seres humanos. Su noble rostro eslavo, otrora armonioso, recio y vivaz, y luego maltrecho por tantos esfuerzos de una agenda atroz y la acción implacable del parkinson, ha sido, tal vez, el más fotografiado de la humanidad. A la extensión e intensidad de su asombrosa existencia, se suma el dato singular de que Juan Pablo II, desmintiendo el adagio de que unos hacen la historia y otros la describen, ha vivido y narrado la suya cual lo hicieran ciertas figuras estelares del pasado, como Julio César, San Agustín, Chateaubriand, Churchill y De Gaulle. En el curso de su pontificado ha hecho públicos sucesivamente tres relatos autobiográficos: Don y misterio, sobre sus cincuenta años de vida sacerdotal (1996) ¡Levantaos! ¡vamos! sobre su ministerio episcopal en Cracovia (2004) y el recientísimo Memoria e identidad (2005) con reflexiones sobre grandes temas de nuestra época, contemplados desde su autoridad moral y su expe- Con gallardía y humildad para reconocer los pecados históricos de la Iglesia y pedir perdón por ellos a la humanidad; debelador de guerras y propulsor a ultranza de un trabajo incansable por la paz. Abierto hasta la tozudez al espíritu ecuménico, a la unidad de las Iglesias y al diálogo interreligioso riencia octogenaria (El bien y el mal, La democracia, Europa etc. Unas veces escribe en relato directo, de su puño y letra, como en los dos primeros libros mencionados y otras en formato de entrevista con escritores de renombre, como André Frossard y Vittorio Messori, en escritos anteriores, y la última de las nombradas que recoge sus respuestas al cuestionario de los profesores y filósofos polacos Krizystof Michalski y Josef Tishner. Juan Pablo II ha sido estudiado y dado a conocer a fondo por una notable estantería de biógrafos. En lo que él nos ha hablado de sí mismo no asoma el menor atisbo de narcisismo, sino la voz ardiente de un profeta, que vive a tope su mensaje y lo difunde por doquier. Compruébese en su lectura. Doy por conocido, a grandes trazos, el periplo vital de este personaje único, de esta personalidad poliédrica. Nacido en Wadowice (Cracovia) en 1920. Fue sacerdote a los 26 años, Obispo a los 38, Arzobispo a los 42, Cardenal a los 47 y Papa a los 58. Su infancia y su adolescencia estuvieron marcadas por una sólida educación cristiana como segundo hijo del matrimonio Karol Wojtyla y Emilia Katzowska. Perdió prematuramente a sus padres y hermanos y se enfrentó con la vida en Varsovia donde, protegido por familias amigas, desplegó su juventud, en plena guerra mundial y en cinco frentes combinados: Los estudios de Filología polaca en la Universidad de Sage- llón; el trabajo obrero en la cantera de la planta química de Solvay; el encuentro espiritual con Jan Tyranowski, famoso sastre animador de jóvenes, que le introdujo en los escritos de Santa Teresa y San Juan de la Cruz; y sus estudios clandestinos de Teología (1942- 1946) en la casa del Arzobispo Monseñor Sapieha. Simultánea y posteriormente conoció también las vivencias atroces de la guerra con hambrunas, fusilamientos en masa, siniestras desapariciones y campos de exterminio, bajo la opresión nazi. A la que seguirían después las oscuras décadas del dominio soviético, a intramuros del telón de acero. Lo que pudo degenerar en odio y resentimiento floreció, en este titán del espíritu en una enorme fascinación por la santidad, la cruz y el martirio. Hago gracia al lector, de los estudios posteriores de Wojtyla en Roma y de sus viajes por la Europa libre de los años 50, completando una formación teológica y pastoral, que le rendiría hermosos frutos como profesor universitario, animador pastoral de estudiantes y de matrimonios jóvenes, y escritor acreditado en materia de Antropología cristiana, especialmente sobre matrimonio y familia. Y hago otro tanto con su ministerio episcopal, descrito en su libro ¡Levantaos! ¡vamos! Más su presencia activa en tres sesiones del Vaticano II, entre los redactores de la Gaudium et Spes, su nombramiento precoz de Arzobispo de Varsovia, con un vasto programa de actuación y liderazgo dentro y fuera de su país, coronando todo el proceso por su elevación al Cardenalato a los 47 años y su relevancia entre los Obispos de Europa y América en la década de los setenta. Entrar en su Pontificado escapa a los límites de esta página dando por supuesto que será argumento principal de amplios comentarios en estos días y por mucho tiempo. Espero que no pocos abundarán en que Juan Pablo II ha sido firme timonel de la promoción, custodia y afirmación de la fe de la Iglesia en nuestro tiempo. Es el suyo un magisterio marcado por la tradición de la Iglesia, sin ser conservador a ultranza ni, menos, fundamentalista. De signo abiertamente avanzado en lo social, en su opción preferencial por los pobres, en una defensa firme de los derechos humanos, la vida el primero y de las libertades públicas, y firme acento en la religiosa. Con gallardía y humildad para reconocer los pecados históricos de la Iglesia y pedir perdón por ellos a la humanidad; debelador de guerras y propulsor a ultranza de un trabajo incansable por la paz. Abierto hasta la tozudez al espíritu ecuménico, a la unidad de las Iglesias y al diálogo interreligioso. Testigo firme de la esperanza, en contagiosa sintonía con los jóvenes del mundo entero. En su largo historial de hombre de Iglesia y en un pontificado, tercero en duración en veinte siglos, el Papa polaco ha cosechado también rechazos viscerales, disidencias manifiestas y adhesiones perfectamente descriptibles en sectores de su propia Iglesia. No es el primero ni el último que será considerado como signo de contradicción. He ahí el hombre. ANTONIO MONTERO MORENO Arzobispo Emérito de Mérida- Badajoz