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ABC VIERNES 1 4 2005 Espectáculos 59 Laurence Olivier, caracterizado como el Moro de Venecia, en una escena de la película Vuelve hoy a las pantallas, cuarenta años después de su estreno, la película Othello dirigida por Stuart Burge, y protagonizada por uno de los más grandes actores de la historia: Laurence Olivier, a quien acompaña Frank Finlay El celo de Laurence Olivier E. RODRÍGUEZ MARCHANTE Si Shakespeare no hubiera existido, se lo habría inventado Laurence Olivier. El gran y esforzado actor asumió, y no precisamente con humildad, su papel de transmisor de la figura de Shakespeare por los siglos de los siglos. Hoy sabemos que Laurence Olivier era capaz de todo por darle escena y eternidad al dramaturgo inglés; incluso de permitirle a otro, Frank Finlay (el magnífico actor que encarna a Yago en este Othello comerse entera la representación, poner la película en la cima y pedir casi a gritos cambiarle el título a la obra (de Othello a Yago mientras que él se debatía entre las mangas exageradas del moro veneciano con la cara tiznada. Pero esta particularísima forma de cambiar el peso de un personaje a otro de la historia deja un Othello distinto, singular, impresionantemente actual, hasta el punto de que los celos se convierten en un asunto secundario, siendo el principal la información, su manejo y manipulación, su poder y sus peligros. Visto de este modo, se entiende que a Laurence Olivier le sale una obra tan ajustada al original y, en el fondo, tan propia y genuina que hasta al mismísimo Shakespeare le chocaría (aunque a quien más le chocaría es a Orson Welles, que siempre se creyó que su Othello era único e insuperable) Un Othelo celoso que cede- -o le arrebata- -la cima a un Yago manipulador. El caso es que Laurence Olivier, que no dirigió la película (lo hizo Stuart Burge, un veterano realizador de tele- visión) se planta ante esta obra de Shakespeare con el mismo punto de vista que el dramaturgo: contra la pared de la escena. Olivier (o Burge, si lo prefieren) mantiene el pulmón teatral de la obra, pero le proporciona un raro aliento cinematográfico. Sin alterar la esencia, la perspectiva, el olor a tabla y decorado, consigue una natural respi- Sin alterar la esencia, la perspectiva, el olor a tabla y decorado, consigue una natural respiración cinematográfica ración cinematográfica mediante su juego de tiempos y espacios. La película tuvo en su año (1965) una gran repercusión y reconocimiento, en especial a sus cuatro personajes principales, cuyos actores fueron nominados al Oscar. El propio Olivier y el devorador Frank Finlay, además de una jovencísima Maggie Smith, que encarna una peculiar Desdémona, y a Joyce Redman, actriz teatral que debutó en cine con este personaje de Emilia (obtendría después otra nominación en Tom Jones de Tony Richardson) Todo ello quiere decir que la restauración digital de este clásico de Laurence Olivier permite ahora no sólo verla con los ojos bien limpios, sino incluso entenderla de otras maneras igualmente shakespearianas.