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54 Tribuna MIÉRCOLES 30 3 2005 ABC A izquierda festiva de la Francia de antaño gustaba de sobresaltar a sus mayores con provocativos dichos y hechos expresamente concebidos pour épater les bourgeois A veces se diría que nuestra actual izquierda gobernante, toujours en retard d une guerre elabora sus proyectos con un objetivo semejante. El problema es que esos proyectos no se quedan en la anécdota, sino que se refieren a importantes categorías institucionales; y que su efecto no es el inocente sobresalto, sino la preocupación. Así ocurre con el recientemente aprobado proyecto de ley de modificación del Código Civil en materia de derecho a contraer matrimonio, que habrá de permitir la aplicación de la figura a contrayentes del mismo sexo. Al ministro de Justicia, competente en el asunto, no parece que le agobie la responsabilidad de legislar sobre el matrimonio. Hace poco tiempo propugnaba una mayor libertad para entrar y salir del vínculo matrimonial. Es cierto que la grave prosa de los canonistas no siempre ha encontrado el tono adecuado para hablar del matrimonio. Sin embargo, del plomo al hidrógeno hay un largo trecho en la tabla de los elementos. En un buen término medio estaba el refrán castellano que decía, sobriamente, antes que te cases, mira lo que haces Pero, claro, si el matrimonio es una institución dotada de una puerta giratoria de rápida rotación, tal espíritu de tranquila y responsable preocupación está fuera de lugar. Esa trivialización del matrimonio es uno de los factores que están en la base del proyecto gubernamental de abrir la institución a las parejas del mismo sexo. El otro es una cierta vocación experimental, que se traduce en el deseo de lanzar un prototipo innovador que nos sitúe a la vanguardia de Europa como dijo la vicepresidenta primera del Gobierno al presentar otra iniciativa legislativa gubernamental. El problema está en que ni el matrimonio es gaseosa para experimentos, ni el Código Civil el laboratorio adecuado para realizarlos. ¿Qué fundamento puede tener una ley del Estado que atribuya a la unión de dos personas del mismo sexo igual naturaleza L EL EXPERIMENTO GUBERNAMENTAL CON EL MATRIMONIO LEOPOLDO CALVO- SOTELO IBÁÑEZ- MARTÍN Abogado. Ex subsecretario del Ministerio del Interior El Estado reconoce y protege el matrimonio por la función social que desempeña institucional que a la unión del hombre con la mujer? La contestación a esta pregunta requiere determinar en qué se basa el respaldo del Estado a la institución matrimonial. Luego habrá que comprobar si ese fundamento sirve también para las parejas del mismo sexo. Hablar de la razón de ser del matrimonio como institución civil vale tanto como recordar nociones muy antiguas y de todos conocidas. El matrimonio es el semillero de la ciudad, en frase agustiniana que se trae aquí en su acepción estrictamente civil. Semillero de la ciudad en un doble significado: el matrimonio es el medio por el que la comunidad se renueva y se perpetúa; y es también la más extensa y eficaz escuela de socialización y de ciudadanía. En este segundo sentido, la patria potestad que comparten marido y mujer es con mucho la más importante de las potestades públicas que la ley reconoce. La mesa familiar es el primer foro cívico en el que los ciudadanos ejercen la libertad de expresión. Los valores de igualdad y de solidaridad, los problemas de la convivencia y las formas de resolverlos: todo ello se aprende con padres y hermanos entre los muros de la civitas matrimonial. Esta es la función social de la unión conyugal de hombre y mujer, que justifica su reconocimiento y protección por los poderes públicos desde el comienzo de la historia. Volviendo ahora al otro término de la comparación, hay que preguntarse cuál es la función social de las parejas compuestas por personas del mismo sexo. La contestación es que hasta ahora no se ha demostrado que desempeñen ninguna. Es perfectamente concebible, por supuesto, que en el futuro puedan adquirir una función socialmente útil. Pero aquí entramos en el terreno experimental. ¿Y no es lícito se preguntará- -que el Estado emprenda ese experimento? Claro que sí, siempre que se respeten dos reglas elementales: la primera es aceptar que se trata de ensayar una fórmula, y no de consagrarla; la segunda, que en el experimento no debe verse involucrada una institución consolidada como el matrimonio. ¿Qué sentido tiene, en efecto, pretender que el sol salga por el cénit, e imponer de entrada una de las insignias más nobles de la sociedad humana a una forma de convivencia cuya hoja de servicios está en blanco? Antes de condecorarla ¿no será mejor que libre alguna batalla en la arena social, y bajo una bandera menos ostentosa? Fórmulas no faltan, como la discreta y prudente del pacto civil de solidaridad que se ha adoptado en Francia. En lo que hace a proteger la integridad institucional del matrimonio, y aunque estas reflexiones no se hacen con los instrumentos de la técnica jurídica, resulta particularmente oportuna la cita de una temprana sentencia en la que el Tribunal Constitucional habló de la necesidad de preservación de una institución en términos reconocibles para la imagen que de la misma tiene la conciencia social en cada tiempo y lugar Es lo que en términos jurídicos se llama garantía institucional Pues bien, desde que hay conciencia social, la imagen del matrimonio tiene un polo femenino y otro masculino donde tú seas Cayo, yo seré Caya en la famosa fórmula nupcial romana) Y la garantía institucional se vulnera tanto vaciando de contenido una institución como añadiéndole elementos que le son extraños. Por otro lado, desde posiciones favorables al proyecto se ha argumentado que la creación de una institución civil distinta del matrimonio para las parejas del mismo sexo podría suponer un agravio comparativo y una infracción de la igualdad de derechos civiles. En efecto, se añade, si el compromiso que adquiere la pareja del mismo sexo ante el Estado y la sociedad no es diferente de la que adquieren los cónyuges en el matrimonio, ¿por qué crear diferencias institucionales cuando lo único realmente distinto es la orientación sexual? Es fácil detectar los errores de esta argumentación. El Estado reconoce y protege el matrimonio por la función social que desempeña, no por la naturaleza del compromiso que asumen los cónyuges. Cuestión distinta es que para cumplir esa función, los cónyuges tengan que asumir un compromiso especialmente intenso e incondicional de recíproca entrega y ayuda. Pero sólo cuando los que se comprometen son hombre y mujer hay prueba histórica de que el compromiso fructifica en función social. En cambio, en la pareja del mismo sexo no se ha detectado todavía de manera concluyente un elemento transpersonal. En cuanto al derecho a la igualdad, hay que recordar que la igualdad consiste en que hechos iguales tengan consecuencias jurídicas iguales. La equiparación por la ley de situaciones de hecho distintas no da lugar a la igualdad, sino a la parodia. La unión de personas del mismo sexo debe encontrar su propia fisonomía y función social, sin convertirse en una imitación del matrimonio. Ni para esa unión ni para el matrimonio se pueden derivar beneficios de semejante parodia. Por último: si todo este debate fuera simplemente terminológico, como algunos creen, ya habría que abordarlo con cuidado. Pero es un debate de concepto, y de un concepto muy importante, que merece ser defendido, al menos por los muchos que podemos decir con el Lope de Vega maduro aquello de Quien no sabe del bien del casamiento no diga que en la tierra hay gloria alguna MÉRICA es un país lleno de contrastes en sus leyes. Esto está quedando ahora claro con el caso de Terry Schiavo. Mujer que lleva quince años conectada a una máquina que le permite seguir viviendo. El marido cansado de una espera o retorno a la vida activa que, según él, ya no llegará, pidió la desconexión de la misma, para acabar por la vía rápida con la vida vegetativa de su mujer, lanzándola a las sombras de una muerte segura. Pero Terry resiste y sus padres emprendieron una batalla legal, o carrera contra reloj, para conseguir la reconexión a los aparatos que la alimentan, que la mantienen viva. Y, de nuevo, se plantea crudamente el tema de la eutanasia. Y los jueces tan pronto se declaran a favor como en contra de este derecho que reclama su familia. Aunque sea a una vida vegetativa. Porque, ¿quiénes son los jueces para dictaminar si se la desconecta de la vida o no, en contra de la voluntad de los padres, en contra, in- A EL PODER DE LOS JUECES LOLA SANTIAGO Escritora cluso, de la opinión pública, ya que en temas de moral ellos ganan, y en cuestiones legales no hay nada estipulado a favor de la eutanasia? Sólo opiniones, personas que la piden para sí, por su estado de enfermos terminales, o para otros, como es el caso del marido de Terry Schiavo, que se ha cansado de esperar. Mas el derecho a la vida es un derecho al que todos tenemos opción. Inclusive en este caso. No sería la primera vez que alguien despertara de un coma, y aún no despertando es una señal de esperanza para los seres que creen en ella. Como los padres de Terry Schiavo y todos los que siguen este caso amando la vida, sin comprender cómo es posible que, hoy, se la de- cida conectar a ella por un juez, y mañana otro decida que no merece la pena. Ahora que parecía el tema zanjado, ante la ley aprobada de urgencia por el Congreso, y avalada por el presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, viene otro juez federal, el de Florida, y la rechaza, con lo que vuelve, otra vez, la polémica. Y Terry, inerte en su cama, más inerte y pálida que nunca, esperando que su vida deje de ser una cuestión de opinión pública, traída y llevada como pelota de ping- pong, por el pulso de los que están a favor o en contra de la eutanasia. Si la vida inteligente existe aún en este tipo de enfermos, y yo estoy segura de que si Dios consiente estos casos, es porque existe, y si a Terry se la deja morir, es posible que algún día todos no sabremos con qué cara presentarnos ante el Supremo Hacedor, cuando nos toque dar cuenta, cada uno de su parcela de terreno cultivable, como en la parábola de los talentos, y sí puede que nos recuerde que hemos llevado a la humanidad a grandes dosis de tecnicismo y avance científico, de bienestar por un lado, pero desprotegiéndola, por otro, de toda humanización y de la caridad más elemental. La moral donde entrarían estas últimas consideraciones no es un concepto político, luego, por favor, dejen de manipularla en función de intereses personales, los que hacen las leyes, los legisladores; en definitiva, los políticos. Terry, y con ella todos los que tengan problemas del tipo que sean, en este orden de vida vegetativa o en otros, con sus ojos muy abiertos y tristes, dejará de mirarnos asustada, como a monstruos que quieren acabar con su vida, llena, posiblemente, de esperanzas.