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ABC MIÉRCOLES 30 3 2005 Opinión 7 JAIME CAMPMANY Eduardo Haro Tecglen ha cambiado de disculpa. Sus elogios a Franco ya no los escribió para comer, sino obligado por los fascistas JUGANDO AL HARO S EL RECUADRO ANTONIO BURGOS El torero que en tarde de triunfo toma un puñado de albero y lo besa, seguramente se está llevando a la boca, uf, qué asco, los restos de un abonado del tendido 5, cuya última voluntad fue que sus cenizas fuesen arrojadas en los medios del ruedo de su afición HUMO, CENIZA Y DOLIENTES PASIVOS ENEMOS leyes y más leyes para proteger a los fumadores pasivos del humo del tabaco, pero no hay reglamentación alguna que preserve a los dolientes pasivos de la ceniza de los muertos. Con el folklore del esparcimiento de las cenizas de difuntos en lugares sentimentales o pintorescos, no sabemos la cantidad de muertos que respiramos. Sanidad divulga por primavera los datos sobre polen, para los asmáticos. Deberían informar también de las partículas de cenizas mortuorias que están en suspensión en el aire o en las aguas del mar, con la dichosa modita funeraria. Cuando usted se está bañando en la Caleta gaditana o en la Cala de Benidorm, es como si nadase en el cementerio de la Almudena o en el de San Fernando. Cientos de familias han cumplido en esas aguas la última voluntad del pobrecito Paco, que leía el ABC bajo su sombrilla aquí, o de Carmeluchi, que lo que más le gustaba del mundo era jugar al parchís con sus amigas en la Caleta. Cuando Assunçao va a tirar una falta que habrá de convertir en gol, el balón no está sobre el césped de Heliópolis. Está, y nunca mejor dicho, sobre los verdes campos del Edén. Los verdaderos verdes campos del Edén. Ese balón que Assunçao va a convertir en gol descansa sobre las cenizas de cientos de béticos, que antes de morir dijeron a sus hijos: -Cuando yo me muera, me incineráis y tiráis mis cenizas en el campo de mi Betis bueno, porque yo, que soy bético hasta la muerte, quiero seguir siendo bético más allá de la muerte. Y más allá de la infección que puede coger Assunçao, como el Javi Navarro de turno le dé el codazo de reglamento y se hiera en esos encenizados verdes campos del Edén. Y quien dice campos de fútbol, dice idílicos paisajes de vegas, sierras, miradores de la meseta castellana o ruedos de plazas de toros. El torero que en tarde de triunfo toma un puñado de albero y lo besa para de- T mostrar su cariño por esa plaza, seguramente se está llevando a la boca, uf, qué asco, los restos de un abonado del tendido 5, cuya última voluntad fue que sus cenizas fuesen arrojadas en los medios del ruedo de su afición. Muchos saben la historia de aquella familia que al alba, con viento fuerte de Levante, se embarcó en una chalupa para arrojar cumplidamente las cenizas de su difunto en el Estrecho. Desconocedores de la mar, los deudos del extinto navegante pusieron la urna de las cenizas en la amura de barlovento y la abrieron. ¡Para qué lo hicieron! El levantazo hizo que las cenizas no fueran a parar al mar, sino a los trajes de luto de quienes sobre Neptuno no tuvieron en cuenta a Eolo. Por lo que las cenizas del navegante no terminaron en su mar querida, sino en la tintorería donde hubieron de llevar las empolvadas ropas y en las lavadoras que devolvieron su blancura a las camisas ennegrecidas por los restos del difunto. Se ha reescrito en Gran Canarias ahora esa historia, más triste aún, con muerte sobre la muerte. Los dolientes llevaron las cenizas del ser querido al acantilado donde pasaba horas de gozo pescando. La mar que iba a ser su tumba lo fue también para los dos familiares que arrojaban las cenizas. Un golpe de mar se los llevó con la urna para siempre. Si hubiera una ley que protegiera a los dolientes pasivos, esos dos atribulados canarios no hubiesen muerto en el cumplimiento de una última voluntad. En El Rocío ya existe esa ley, y la aldea de la romería no será más quevedesco arenal de polvo enamorado de la Blanca Paloma. Las letras de las sevillanas rocieras seguirán sonando a vida y no a misa de réquiem. Porque al paso que iban en El Rocío, no digo que mártires de la última voluntad como en Canarias, pero la letra de las sevillanas rocieras sí iban a tener que cambiarla: Me pongo mi sombrero, me pongo mi medalla, y me trago las cenizas de tós los muertos que haya E metió Haro Tecglen con Esperanza Aguirre y le dedicó el piropo político preferido por los rojelios: fascista. Y con eso lo mismo despachan a un liberal, a un democristiano, a un carlistón o a un centrista de don Melquiades Álvarez. Tienen lo de fascista como un insulto homeopático. Esperanza Aguirre, que nunca lo ha sido y que más bien viene del liberalismo, ha respondido a Haro Tecglen que en todo caso el fascista lo será él, y le ha recordado aquella gloriosa crónica de su pluma, publicada en el viejo diario madrileño Informaciones para celebrar un 20 de Noviembre, aniversario del fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera. Recordémosla una vez más porque es muy hermosa: Se nos murió un capitán, pero Dios misericordioso nos envió a Franco, y hoy, ante la tumba de José Antonio... En ocasión de haberme dedicado Haro una sarta de piropos como el que ahora le ha dedicado a Esperanza Aguirre, tuve yo que recordarle esa excelsa crónica suya de botafumeiro fascista. El ínclito turífero, abochornado por el recuerdo, aseguró seriamente que escribió eso porque tenía que comer O sea, elogio a Franco y un besugo al horno; nenia a José Antonio y chuletón de buey. Y le endilgué el par de sonetos que aquí reproduzco. Pegar, sí; pero en legítima defensa y con maneras de preceptiva literaria. Por nutrirse tres veces cada día, que es una aspiración muy natural, le hizo a Franco un rendido madrigal y a José Antonio le hizo una elegía. Leyendo lo que entonces escribía en honor del invicto general, fue Haro Tecglen un bravo comensal que terminaba incluso con Pavía. Eran tantas sus hambres proverbiales, tantos sus apetitos insaciados, tantas sus ganas siempre insatisfechas, que las Leyes tragó Fundamentales, los partidos comióse unificados y para postre el Yugo con las Flechas. No será extraño, pues, que en este caso, a fuerza de ofrecer sus opiniones como cronista fiel de Informaciones comer lograra en plato nunca escaso. Engullía dos veces por si acaso y compensaba así las concesiones, de modo que unos cuantos atracones le ponen gordo como Sancho el Craso. De niño se inició republicano, de joven fue franquista alabancioso y hoy es rojelio de hoz y de martillo. Momia en el gran museo polanquiano, en nicho cebrianita disgustoso, entre los dos le han dado masculillo Ahora, ha cambiado de exculpación y enjareta una palinodia achacando sus pecados franquistas y joseantonianos al hecho de que le obligaban los fascistas No un sueldo, sino así, los fascistas seguramente llevándole la mano con la pluma. Pues ahí va otro soneto para contarlo. Pueden tener ustedes la certeza de que no fue un elogio voluntario el dedicado al César Visionario ni al Caudillo en su histórica grandeza. Haro escribió la memorable pieza forzado a ser un vil turiferario, con grilletes cautivo en el diario y una espada apuntando a su cabeza. Pueden tener ustedes por muy cierto que de no haber escrito aquella crónica no existiera esta flor de periodistas. Le habría dejado malherido o muerto la horda feroz, satánica y diabólica, de cuatro mil legiones de fascistas