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ABC LUNES 28 3 2005 53 Toros DOMINGO DE RESURRECCIÓN REAL MAESTRANZA El Cid se hace sevillano por la Puerta del Príncipe Real Maestranza de Sevilla. Domingo, 27 de marzo de 2005. Lleno de no hay billetes Cinco toros de Juan Pedro Domecq y uno de Parladé (3 que destacó por su motor dentro de un conjunto desigual y huérfano de poder y casta. Enrique Ponce, de grana y oro. Estocada corta trasera y atravesada y dos descabellos (saludó desde el tercio) En el cuarto, estocada (oreja) El Juli, de azul marino y oro. Dos pinchazos y media estocada (silencio) En el quinto, pinchazo, media estocada pasada y muy atravesada y descabello (silencio) El Cid, de azul marino y oro. Estocada atravesada (dos orejas) En el sexto, estocada (oreja) Salió por la Puerta del Príncipe. Se guardó un minuto de silencio por el padre Leonardo. ZABALA DE LA SERNA SEVILLA. El Cid era un apátrida. Ser de Salteras es ser de ninguna parte. Uno va por el toreo con un DNI que diga domicilio: Salteras y no te abren los carteles ni de las que no quiere ni Bombita. Y en Sevilla le pasaba un poco eso, aunque el pueblo se encuentre a tiro de piedra y sea Sevilla, pero otra forma de Sevilla. Ser de Sevilla o, mejor dicho, para ser torero de Sevilla hace falta que la Maestranza te selle el certificado de garantía. La Puerta del Príncipe de ayer convierte a El Cid definitivamente en sevillano o en torero de Sevilla, lo adopta y le otorga una patria taurina. Lo de El Cid es un golpe cantado después de su última temporada, la del ascenso a la división de honor, la que da acceso a fechas como Resurrección. Ha demostrado todo para estar ahí, pero faltaba demostrar que puede permanecer. Y ayer lo hizo público al hacerse vencedor de un duelo a tres bandas con Enrique Ponce y El Juli de compañeros, ni más ni menos. El Cid abandona a hombros la Maestranza constante para salvar el descuadre en los cites. Así que El Cid se traía las embestidas. El ritmo del juampedro, gran ritmo, se apaciguó un tanto en el tramo final, más calmada también la intensidad de la faena en los derechazos últimos. La dobladas de despedida, cumbres de torería, y a cruzar los dedos para el momento terrible de El Cid: la suerte suprema. Cuando se hundió por arriba, atravesada, respiró la Maestranza entera, que contuvo de nuevo el aire porque la trayectoria del acero retrasó la muerte. Dos orejas, bien. Como menda es don contreras, diré que a mí me gustó más Manuel Jesús Cid con el sexto. La gente protestó a grito pelado su flojedad, ni mayor ni menor que la de otros, pero es que estaba en juego la Puerta del Príncipe. El presidente aguantó el tipo y luego aguan- REUTERS Enrique Ponce dictó dos lecciones técnicas y de valor sereno como corresponden a su apodo de Sabio de Chiva tó el toro en una obra medida de El Cid, de torero maduro. Porque lo afianzó primero y le ligó los muletazos después, sobre ambas manos, soberbios y sentidos. Rugían los tendidos. El toro tenía un punto de importancia que, en el fondo, fue lo que movió a ir a más, ese mismo punto que transmitía cuando el torero de Sevilla le dejó la muleta en la cara cuando entendió el momento. Valiente y seguro, la faena acabó en un torerísimo epílogo, con una trincherilla por bajo, un pase a dos manos y Trepidante embestida El aldabonazo surgió con el colorao tercero, muy bajo de agujas, recortado y apretado de carnes, que sumaba tercero en la corrida de Juan Pedro Domecq aunque llevase hierro de Parladé. Como todo los juampedros careció de poder en los tercios previos, y Manuel Jesús, listo él, comprobando el son en las verónicas de recibo, muy buenas a izquierdas, se lo dejó entero en el caballo. Pronto se fue a los medios, con la muleta en la mano de los billetes, ofrecida la distancia larga con generosidad. Y en menos que canta un gallo le enjaretó en un palmo de terreno naturales que crecieron entre las yemas de sus dedos conforme se hacía con la, en principio, trepidante embestida del encastado toro. Menos metros, y otra vez la tela por delante en una tanda que contuvo el defecto que se apreció en toda la faena: El Cid al querer ligar se quedaba muy descolocado o abierto. En esta ocasión, buscó de nuevo el sitio; en la siguiente serie hilvanó los naturales de seda, cuatro y el de pecho, con esa muñeca tocada por el don de lo divino. En redondo, la mano abajo y el muletazo hacia adentro, que fue la Andrés Amorós hace un canto a la Fiesta en el Pregón Taurino de Sevilla EFE SEVILLA. La defensa de la Fiesta de los toros como manifestación culta y popular fue el pilar en el que se asentó el pregón taurino de la Feria de Abril de Sevilla, pronunciado ayer por el catedrático del literatura Andrés Amorós. El acto, que sirvió de apertura de la temporada taurina, fue presentado por el concejal Gonzalo Crespo. La plaza de la Maestranza, sus ritos y sus modos, tuvieron un eco especial en el pregón de Amorós, que quiso pasar por encima de los tópicos más manidos para defender la Fiesta desde su vertiente ecológica, cultural, histórica y económica, además de como bandera de un país que siempre se llamará España La vertebración de citas literarias fue el hilo conductor del magistral pregón de Andrés Amorós, quien recientemente ha publicado el libro El toreo de frente. Manolo Vázquez El escritor hizo un canto a las calles de Sevilla. Recordó la Alameda de Hércules, habitada por Joselito y Chicuelo; la Alfalfa de Espartero o el barrio de San Bernardo de Curro Cúchares y los hermanos Vázquez. un algo más que se perdió entre las cabezas de los aficionados que se elevaron como electrificados por un resorte mágico. Se oyeron por última vez los vencejos de la anochecida antes de que la espada buscase la tercera llave de la Puerta del Príncipe. Enrique Ponce dictó dos lecciones técnicas y de valor sereno como corresponden a su apodo de Sabio de Chiva. Tapó todo y más al jabonero sucio que rompió plaza y que nunca humilló, con sosería supina. Brindó por dos veces a Manolo Vázquez, que lidia el toro más duro de su vida: una con la montera en la mano; otra de frente y con la muleta en la izquierda. La faena se recibió con frialdad, la misma tal vez con la que embestía el de Juan Pedro. Metida la plaza en la tarde, se valoró con justicia la faena al cuarto, un morlaco que sólo podía funcionar en las manos expertas de Ponce. Lo fue haciendo con un ritmo paciente, apretando de vez en cuando el acelerador, dejándose ver, encumbrándose en dos series de naturales inverosímiles a principio de la lidia. La estocada y la oreja fueron de ley. La cara más tristona de la moneda cayó del lado de El Juli con un lote imposible. Para colmo, las escasas fuerzas del segundo no tradujeron la retranca que portaba dentro y que el respetable únicamente apreció en un arreón traicionero al ir a rematar un pase de pecho. El flojo y descastado quinto completó su gafado sorteo, que no excusa su desnortamiento con la espada. Un solo toro salvó la desigual y descastada corrida de Juan Pedro. Un toro y Ponce. Dos notas más, de plata en la dorada fecha de El Cid: Carretero con los palos y Saavedra con la vara.