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ABC LUNES 28 3 2005 Opinión 5 Colombofilia Respondiendo a las críticas que ha suscitado en algunos países europeos su candidatura (promovida por Bush) para presidir el Banco Mundial, Paul Wolfowitz persigue deshacerse de su etiqueta de halcón El aún número dos del Pentágono muestra su cara más amable y pide a los países donantes que sean más generosos. Claro mensaje a la UE, cuyo respaldo necesita para acceder al cargo. Otro jardín en el valle Revela un senador de Iniciativa per Catalunya que en las reuniones secretas que su partido ha mantenido con el Gobierno, éste le ha expresado su intención de convertir el Valle de los Caídos en un centro de interpretación del franquismo Descabalgadas por sorpresa las estatuas de Franco, el jardín en el que parece que se adentra el Gobierno de Rodríguez Zapatero parece notable, tanto como su empeño en abrir heridas cuya hemorragia los españoles habían acordado cerrar, de manera admirable, en los tiempos de la Transición. Visita devuelta A cuenta de ser testigo de la reconciliación entre Caracas y Bogotá y de unos contratos navales, Zapatero devuelve a Hugo Chávez la visita que éste realizó a España hace unos meses y que provocó un terremoto político interior al acusar Moratinos al anterior Gobierno de apoyar un golpe de Estado. Es de esperar que nadie repita errores y que, elegido el aliado, al menos no se confunda de enemigo. LA DIETA FINAL DE SCHIAVO J. FÉLIX MACHUCA EPA Litigio post mortem. Los padres de Terri Schiavo (en la imagen, la madre con otra de sus hijas) parecen haber tirado la toalla en la batalla legal para conseguir que se vuelva a alimentar a su hija. Rechazado el último recurso, pidieron a los manifestantes que apoyan su causa frente a la clínica que regresen a sus casas. Pese a ello, ayer volvieron a reproducirse los incidentes a las puertas del centro médico. La muerte de Terri en pocos días parece inevitable, tanto como la polémica generada por el caso, que superará la vida de esta mujer. El próximo litigio será por las exequias fúnebres: el marido quiere que sea incinerada y los padres un entierro. UARDO el suspiro entrecortado de la impresión causada por una foto de Terri Schiavo, en el hospital, donde su madre la acaricia con la ternura de los sentenciados y la chica, con los ojos perdidos, parece esbozar una sonrisa blanda, sin control. Cuando vi la foto pensé, con las reservas lógicas de mi incompetencia médica, que ni su vida era la col que nos aseguraban algunas informaciones sobre su estado vegetativo, ni tampoco daba la impresión de que dormitara en un coma profundo, ajeno al poderoso universo de las emociones. Si la foto no era el engaño involuntario de una secuencia azarosa, Terri Schiavo daba la impresión de responder a estímulos emocionales más que suficientes como para concluir con rotundidades sobre su diagnóstico, hasta el punto de hacernos creer que su vida ya no lo era. Evidentemente no era su vida de hace quince años, cuando un mal día, se sometió a una dieta sospechosa baja en no se qué minerales que le provocaron una lesión cerebral irreversible. Era lo que le quedaba de vida tras su propia tragedia y cuya valoración ha dividido no sólo a EE. UU. sino al mundo occidental. El debate era ese: merece la pena vivir el diezmo de una vida que resiste mecánicamente o, por el contrario, parece más humano desenchufar la máquina cuando la medicina no sabe hacer más de lo que ya hizo. Ese debate nodriza se ha visto acompañado, a lo largo de estos años, con otros debates satélites: desde el judicial al de la inhumación de Terri. Alguna productora y más de una editorial deben de estar frotándose las manos por conseguir los derechos sobre los días finales de la chica. Los padres de Terri han visto perder, una y otra vez, todos sus alegatos en defensa de que su hija viviera la vida que le quedaba y el tiempo que tuviera. Junto con su hija representan el infortunio, el desamparo del hombre ante la fuerza de lo inevitable. Los tribunales americanos decidieron desenchufarla y su marido ha impuesto, igualmente, incinerar a su esposa. No quiere ni mármol para el recuerdo. Muchos lo culpan de este desenlace que le haría cobrar una prima de más de un millón de dólares. No sé. Parece tan duro como que Terri muera de sed y de hambre, esa dieta inhumana a la que la someten ya los que apelando a los más nobles principios se han convertidos en verdugos tan severos como los que se encuentran al final de los corredores de la muerte. G