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4 Opinión LUNES 28 3 2005 ABC Directores Adjuntos: Eduardo San Martín, Juan Carlos Martínez Subdirectores: Santiago Castelo, Rodrigo Gutiérrez, Carlos Maribona, Fernando R. Lafuente, Juan María Gastaca, Alberto Pérez Jefes de área: Jaime González (Opinión) Mayte Alcaraz (Nacional) Miguel Salvatierra (Internacional) Alberto Aguirre de Cárcer (Sociedad- Cultura) Ángel Laso (Economía) Jesús Aycart (Arte) Adjunto al director: Ramón Pérez- Maura GUILLERMO LUCA DE TENA PRESIDENTA- EDITORA: CATALINA LUCA DE TENA CONSEJERO DELEGADO: SANTIAGO ALONSO PANIAGUA PRESIDENTE DE HONOR: DIRECTOR: Redactores jefes: V. A. Pérez, S. Guijarro (Continuidad) A. Collado, M. Erice (Nacional) F. Cortés (Economía) A. Puerta (Regiones) J. Fernández- Cuesta (Sociedad) A. Garrido (Madrid) J. G. Calero (Cultura) E. Ortego (Deportes) F. Álvarez (TV- Comunicación) L. del Álamo (Diseño) J. Romeu (Fotografía) F. Rubio (Ilustración) Director General: Héctor Casado Económico- financiero: José María Cea Comercial: Laura Múgica Producción y sistemas: Francisco García Mendívil IGNACIO CAMACHO LAS GUERRAS DEL AGUA L OS manuales de Economía solían citar la paradoja del agua y los diamantes para explicar la formación de precios. Argumentaban que los diamantes eran caros por escasos, aunque no sirvieran para nada, y que el agua, pese a ser un bien absolutamente imprescindible para la vida, era tan abundante que su precio era insignificante. Mucho han cambiado las cosas y el agua se ha convertido en un recurso escaso que no puede resultar ya gratis ni económica ni políticamente. De hecho, siempre lo fue en grandes zonas del mundo y los intentos ilustrados de modernización de España han tenido siempre que ver con la búsqueda de un uso racional del agua. Precisamente por ser escaso, definir los derechos de propiedad sobre este líquido es importante y complejo. Tanto que gran parte del problema en Oriente Próximo, por ejemplo, tiene mucho que ver con el uso del agua, y su eventual solución, con encontrar una forma de reparto aceptable para todos. Uno de los mayores desvaríos a los que ha dado lugar el Estado de las Autonomías tiene precisamente que ver con la propiedad del agua. Por oportunismo y puro cálculo electoral, se ha consolidado la idea de que los ríos son propiedad de la Comunidad en la que nacen y que ellas tienen derecho preferente a decidir su utilización. La soberanía puede ser del pueblo español, pero el agua es de los manchegos o de los aragoneses. Todos los partidos sin excepción han caído en el mismo pecado, pero ha sido el PSOE el que lo ha convertido en doctrina oficial con su oposición al Plan Hidrológico Nacional y al trasvase del Ebro para consolidar Aragón en manos socialistas más que por presuntas razones ecológicas. Y está a punto de repetir el mismo error con el trasvase Tajo- Segura. La ministra de Medido Ambiente ha hecho encaje de bolillos para desactivar un conflicto entre Comunidades que amenazaba también con producir divisiones serias en el seno de su partido, pues los socialistas valencianos y murcianos ya habían sufrido bastante con el PHN para resistir otro agravio. Pero el acuerdo es frágil, el conflicto permanece latente y puede repetirse si el Gobierno no actúa con sensatez y energía en defensa del interés nacional y olvidándose de todo clientelismo. El presidente de Castilla- La Mancha, un eficiente pero discreto colaborador de Bono todos estos años, parece decidido a hacerse popular por haber devuelto el agua a los manchegos. Pero el problema de su Comunidad no es de agua, sino de falta de infraestructuras para su aprovechamiento; unas infraestructuras previstas desde el año 1971 que data la ley del Trasvase y que nunca se han acometido, lo que impide utilizar los 50 hectómetros cúbicos de agua previstos para esa región. Por eso, el acuerdo alcanzado prevé inversiones en infraestructuras hidráulicas por importe de 2.000 millones de euros. Haría bien Barreda en trabajar en concretar proyectos y calendario y en olvidarse de reclamar la derogación del trasvase y la reducción progresiva de la cuota murciana. Haría bien Murcia en asegurar el uso eficiente del agua que recibe y en justificar más allá de toda duda los 450 hectómetros cúbicos adicionales que dice necesitar y que presuntamente obtendría del polémico plan de desalinizadoras. Y haría bien la ministra Narbona en dejar de hacer electoralismo con el agua y en definir de una vez una política de precios que asegure que este bien escaso de todos los españoles se asigna en función de su rentabilidad económica y social y no en razón de presuntos títulos de propiedad territoriales que nos conducirían a un enfrentamiento permanente. CAMBIO EN KIRGUISTÁN A hora del cambio ha llegado a Kirguistán, una de esas repúblicas de Asia Central en las que el tiempo parecía detenido en el gélido inmovilismo soviético. Los que fueron secretarios generales del Partido Comunista de la URSS se convirtieron en supuestos demócratas, fieros nacionalistas y, a la postre, presidentes de por vida de sus repúblicas recién nacidas a la independencia. Así sobrevivieron en el poder contra viento y marea. Es la historia del derribado presidente kirguís, Askar Akáyev, y entre otros, la de los presidentes de Uzbekistán, Tayikistán, Kazajstán o Turkmenistán. La caída del viejo régimen en las también repúblicas ex soviéticas de Georgia y Ucrania ha sido el modelo para la revolución en Kirguistán, que, a su vez, podría tener un efecto dominó en algunas de las indefendibles satrapías que heredaron el poder tras la caída de la URSS. EE. UU. mantiene varias bases militares en Asia Central sin que hasta ahora los cuestionables regímenes políticos en la zona les haya planteado muchos problemas. Más encantado con la situación parecía encontrarse el presidente Putin. Asia Central es un dique de contención del integrismo islámico procedente de Afganistán y Paquistán. Rusia ha sido la guardiana histórica del dique. Y en estos momentos de debilidad, Occidente toma posiciones de relevo en la región. Pero no puede ser bueno para nadie- -tampoco para Rusia- -la perpetuación en el poder de viejos burócratas soviéticos, que se valen de la contención del fundamentalismo para pertrecharse en sus satrapías. Lo que tampoco impide constatar que la geografía política de Asia Central no es la misma que la de Ucrania. El poder en esas repúblicas ha sido siempre cuestión de clanes. Y es previsible que el cambio en Kirguistán vuelva a ser una cuestión de clanes tribales más que de ideologías. La caída de un régimen nepotista y esclerótico como el de Akáyev puede ser un revulsivo que ayude a convertir el espacio de la antigua URSS en un ámbito más abierto y plural. Pero convendría recordar también que el cambio incontrolado en este dique del fundamentalismo puede tener también nefastas consecuencias para la seguridad de todos. En la cercana Tayikistán ya hubo una revolución democrática en pleno desmoronamiento de la URSS que se convirtió después en una sangrienta guerra civil. Decenas de miles de muertos para que, al final, volviesen al poder los burócratas de siempre. Triste modelo para la región. Ése es el cambio que convendría evitar. L IBARRETXE Y EL VOTO DE ETA ESE a que el PNV siempre acusa al PP y al PSOE de inmovilismo, basta escuchar, año tras año, los discursos de sus dirigentes en el Aberri Eguna Día de la Patria para cerciorarse de que lo inalterable es el repertorio de argumentos nacionalistas. Veinticinco años de autogobierno vasco en sus manos y el PNV sigue diciendo lo mismo, lo que se explica sobre la base de un sentido retrógrado de la política y de la Historia. Lo mismo les da a sus dirigentes inventarse que la Ley de 1839 abolió los Fueros vascos- -cuando realmente los confirmó- -que impostar indignación por el rechazo del Congreso al plan Ibarretxe. El lendakari demostró ayer en el Aberri Eguna que el nacionalismo no sabe otra cosa que caminar en círculo sobre sí mismo. Sin embargo, gracias al Estado, y si el Constitucional rechaza el recurso de Eukera Guztiak, el PNV se va a encontrar por primera vez en unas autonómicas sin competidor real en su flanco abertzale. Dejando a un lado los falsos golpes de pecho del lendakari por la anulación de esa lista, el debilitamiento de la izquierda proetarra le allana el liderazgo en el frente nacionalista, cuestión central desde el Acuerdo de Estella. ETA ya no limita con Batasuna, sinocon el PNV y si esta colindancia puede tener bene- P ficios electorales para Ibarretxe y su partido, también aumenta, aún más si cabe, su responsabilidad frente al terrorismo. En 2001, cuando Batasuna perdió la mitad de sus votos, Otegi emplazó a Ibarretxe a no malgastar el préstamo de votoabertzale que había recibido. La gente de buena fe le dio el beneficio de la duda y esperó que aprovechara la coyuntura para cooperar en la derrota de ETA. Ciertamente, optó por lo primero y no malgastó el préstamo, porque el resultado de la inversión ha sido una propuesta autodeterminista que cuenta con el visto bueno de ETA. Preguntarse en 2005 por lo que hará Ibarretxe a partir del 17 de abril si obtiene la mayoría absoluta con los votos proetarras, puede sonar a una duda pueril con tales antecedentes. Pero es preciso hacerla, para que el nacionalismo no traslade la confusión más allá de sus filas y no altere las prioridades éticas y políticas que incumben al Gobierno vasco. Lo preocupante no es tanto que Ibarretxe, con los votos de Batasuna, dé por refrendada su propuesta soberanista, sino que considere reforzado el régimen hegemónico implantado en este cuarto de siglo de autogobierno, y eluda el emplazamiento para luchar efectivamente contra el terrorismo.