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ABC LUNES 28 3 2005 La Tercera LENGUA SIN MANOS, ¿CÓMO OSAS HABLAR? A veces los eufemismos diplomáticos no bastan para explicar ciertas situaciones que en cambio sí se ven aclaradas, como por un relámpago, gracias a algún brutal tropo arcaico. Por ello sacaría hoy provecho, aunque amargo, quien meditase en el famoso episodio del Cantar de Mío Cid donde Pedro Bermúdez, un caballero sobrino del Campeador, interpela, ante el Rey y en plenas cortes de Toledo, a Fernando González, uno de los Infantes de Carrión. Tras recordarle que en Valencia huyó ante un moro, le espeta: Lengua sin manos, ¿cómo osas hablar? Puede que el Cantar sea más poema épico que historia rigurosa pero, ya se sabe, la realidad termina copiando el arte, y no querríamos asistir a un lance donde un extranjero le recordase con un trallazo la realidad a uno de los nuestros. Porque la realidad es que España tiene muy pocas fuerzas armadas y menos aún voluntad visible de usarlas. Tradicionalmente nuestro país es, de todos los miembros de la Alianza Atlántica, el que menos porcentaje del PIB destina al presupuesto de Defensa, con la excepción de Islandia, que no tiene Fuerzas Armadas, y Luxemburgo, cuya ubicación geoestratégica no es comparable a la nuestra. Últimamente apenas rebasamos el 1 por ciento mientras que el gasto medio de la OTAN se acerca al 3 por ciento del PIB. Por otra parte, las fuerzas armadas profesionales, cuyos efectivos estaba previsto que se situasen entre 102.000 y 120.000, se han quedado en 70.000, número claramente insuficiente. Unos dicen que la escasez del reclutamiento se debe a que la paga es corta comparada con los subsidios por desempleo, y otros la atribuyen a la falta de gusto por las armas. En todo caso tanto este extremo como el anterior indican que no se trata de un problema exclusivo del actual Gobierno, sino de los sucesivos gobiernos durante al menos medio siglo. Es probable, incluso, que más que un problema del Gobierno español lo sea de la nación española, que en su mayoría se haya vuelto pacifista a ultranza. Si así fuere, se puede argumentar que un Gobierno democrático debe acatar este sentir popular partidario de la paz a toda costa- -entiéndase, a costa, si hace falta, de la dignidad y de la seguridad propias- -y actuar en consecuencia. Pero aun quienes así piensan deberán reconocer que un gobierno, por democrático que sea, tendrá el derecho y el deber de advertir a la nación de los graves riesgos que entraña su mandato pacifista, aunque sea mediante un mínimo aviso como el del tabaco. No sería tan difícil, por ejemplo, explicar a los llamados sectores progresistas de la sociedad que, para que puedan seguir disfrutando de la vida laxa y lene grata a dichos sectores, necesitan Un Gobierno, por democrático que sea, tendrá el derecho y el deber de advertir a la nación de los graves riesgos que entraña su mandato pacifista, aunque sea mediante un mínimo aviso como el del tabaco un escudo militar tanto o más que las beatas del pueblo y demás sectores retrógrados de la sociedad Habría que aclarar a nuestros pacifistas que los fundamentalistas de mochila, como los del tiro en la nuca, tienen o deberían tener poco que ver con ellos. No ocurre tal cosa. No se emprende desde el poder político labor didáctica alguna que abra los ojos del pueblo. Por el contrario- -y eso ya es responsabilidad privativa del actual Gobierno- -se emiten mensajes implícitos y a veces explícitos en sentido opuesto. Tan importante como la interpretación que enemigos y aliados hicieran de nuestra precipitada salida de Irak es la impresión que causara en el pueblo español: la mayoría supongo que vio confirmados su más caros prejuicios. Y éstos se reafirman con declaraciones periódicas e ireneicas cuya buena voluntad nadie puede dudar: Los soldados españoles estarán allí donde quiere la sociedad que vayan, a ayudar a los que más lo necesitan (el ministro de Defensa, despidiendo en enero a militares enviados a ayudar a las víctimas del maremoto) y: So- mos un país modesto, trabajador y solidario y esa es la imagen que con su trabajo han transmitido a la comunidad internacional, aportando prestigio a España en el exterior (el secretario de Estado de Defensa, recibiendo en febrero a militares de vuelta) La sincera convicción de que los militares deben ser una ONG de caqui se generalizó hace unos quince años. Recuérdese que ya en 1993, cuando un teniente de la Legión murió valerosamente en Bosnia, las alabanzas, tan merecidas como bienintencionadas, se fundaron siempre en que cayó llevando plasma a un hospital, como si su muerte no hubiese sido igual de honrosa de haberse producido con una granada en la mano. Pues bien, ahora es difícil imaginar a la opinión pública española aceptando o incluso comprendiendo no ya bajas propias en acción de guerra sino, horresco referens, bajas causadas a nuestro enemigo. A eso me refería al decir que España tenía poca voluntad visible de usar sus escasas fuerzas armadas. Todavía podemos, empero, mantener el calificativo visible. Cabe esperar que, soterrados, subsistan resortes nerviosos capaces de actuar en una crisis. Pero parte del daño está hecho, pues hemos dejado que en España y fuera de ella piensen otra cosa. Repárese en estas palabras del señor Jordi Pujol, que traduzco de su prólogo a la versión catalana de la Historia de la Segunda Guerra Mundial de Churchill (Vol. I, Barcelona, Noviembre 2004) Algún día los servicios secretos de algún país explicarán con detalle lo que ya intuimos y prácticamente sabemos, y es que cuando Al- Qaeda decidió actuar para conseguir que los aliados de los Estados Unidos los dejasen solos y se fuesen de Irak, mediante acciones terroristas, descartó desde el principio hacerlo actuando contra la Gran Bretaña. Porque saben que es un país que cuando es agredido no se arredra sino que, muy al contrario, replica con dureza y determinación Si el futuro confirmase el corolario cruel- -aunque no expreso- -de las palabras del señor Pujol, ello no haría sino dar la razón a las frases melancólicas de Ortega y Gasset: ...España se va deshaciendo, deshaciendo... Hoy ya es, más bien que un pueblo, la polvareda que queda cuando por la gran ruta histórica ha pasado galopando un gran pueblo... Claro está que Ortega escribió esas palabras en España Invertebrada, libro publicado en 1921, el año de nuestros peores desastres en Marruecos. Por fortuna no estamos en una situación parecida, ni remotamente, a aquella. En nuestras manos está ayudar a la fortuna a salvarnos de nuevos desastres. En nuestras manos, repito, no en nuestra sola lengua. MARQUÉS DE TAMARÓN