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ABC DOMINGO 27 3 2005 Nacional 19 ÁLVARO DELGADO- GAL MINORÍAS ARROLLADORAS espués del 17 de abril asistiremos, si Dios no lo remedia, a la siguiente fase del plan Ibarretxe. La fase, por así decirlo, ejecutiva. ¿Con qué recursos cuenta el Gobierno para contrastar el desafío? La situación es complicada, máxime si se adopta la perspectiva local y se miran las cosas según son percibidas en el País Vasco. Lo demuestran los sondeos publicados por ABC hace menos de una semana. En ellos se trasluce que el 42 por ciento de los votantes socialistas auspicia un gobierno conjunto con el PNV. Sólo el 32 por ciento prefiere un gobierno socialista en solitario, reduciéndose a un siete y pico el porcentaje de los que desean una alianza con el PP. Esto explica, de modo fehaciente, la resistencia del PSE a admitir que elegiría como socio al PP. Resulta dramáticamente evidente que ésa es una solución que los votantes no quieren. He oído afirmar a una persona a la que estimo que la estrategia más inteligente, por parte del PSE, consistiría en explotar al máximo el caladero propio, callando el propósito ulterior de juntar garbanzos con el PP. Y luego, si los números lo permiten, unirse al último para dejar a Ibarretxe en la oposición. Es difícil que los números sean propicios. Y si ocurre que lo son, tampoco será fácil sacar adelante ese gobierno sorpresa sin que parte del electorado se llame a engaño. En las autonómicas últimas, los electores socialistas votaron al PSE a pesar de que éste se hubiese coaligado con el PP. El gasto se había hecho, por así expresarlo, a la luz pública. En esta ocasión, por el contrario, el objetivo de maximizar voto ha inducido a López a insinuar que no habrá entendimiento con los populares. Estas tácticas generan inercias, inercias que rebotan hacia atrás y convierten las tácticas en estrategias. Si por ventura Ibarretxe quedase por debajo de la mayoría absoluta, y el PSE, como se espera, obtuviera más escaños que el PP, resultaría complicadísimo para el primero constituir un gobierno de coalición con el equipo de María San Gil. Los socialistas madrileños, andaluces o manchegos tampoco comprenderían que se pactase con el PNV. En consecuencia, el PSE habría de intentar un gobierno en solitario, con el sostén parlamentario del PP. ¿Se mantendría el plan López, por entero inasumible por los populares? Vaya usted a saber. Sea como fuere, López tendría que enfrentarse, de un lado, a los nacionalistas. Y del otro apoyarse en un partido que se habría visto obligado a prestarle sus votos sin nada a cambio y faute de mieux El arreglo suena a pesadilla, y yo sospecho que el escenario menos ingrato para los socialistas no incluye la formación de gobierno. Contempla, más bien, una victoria por la mínima de Ibarretxe, un fortalecimiento del PSE, y el desempeño por éste de un papel moderador desde la oposición. ¿Moderador de quién? De D nacionalistas... y populares. Se disuadiría al debilitado Ibarretxe de echarse al monte, esgrimiendo, como alternativa, un plan para el País Vasco que es una especie de plan Ibarretxe recortado lo justo para no infringir de plano la Constitución. En ese contexto, el pagano sería Madrid. Ya que el resultado inmediato es que se pondría un turborreactor a la vía catalana. Nueva pesadilla, sólo que domiciliada ahora en la Moncloa. ¿Qué luz arrojan las encuestas sobre los nacionalistas? Llama la atención el dato siguiente: sólo el 38 por ciento de los votantes peneuvistas ve con buenos ojos que Ibarretxe convoque su referéndum ilegal. Más del 20 por ciento adelanta que respondería no a la pregunta de si Euskadi debe ser independiente. La conclusión es que el plan Ibarretxe cuenta con un seguimiento menguado en el campo del nacionalismo no violento, y con una base estrechísima en el conjunto del electorado vasco. ¿Se desprende de aquí que el plan Ibarretxe está condenado a fracasar en las urnas? No necesariamente. En primer lugar, la pregunta podría formularse al sesgo, con objeto de no alarmar a los templados. En segundo lugar, lo normal sería que los no nacionalistas no votaran, o no votaran en masa. En tercer lugar, mucho nacionalista opuesto al plan votaría pese a todo que sí, en la idea de que el fracaso de Ibarretxe sería interpretado como un fracaso del nacionalismo en su integridad, y no solamente del nacionalismo ibarretxista. No es imposible por tanto que Ibarretxe termine por conducir a los vascos a donde éstos no quieren ir. La llamada voluntad popular es menos decisiva de lo que se cree. La llave la tienen los partidos. Y dentro de los partidos, unas cuantas personas estratégicamente situadas.