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ABC DOMINGO 27 3 2005 La Tercera LA ESTATUA DE LA PERDICIÓN L OS españoles habitualmente nos arrojamos a la cara el pasado sin saber muy bien si empleamos en esa pelea la memoria o la historia que, como nos advierte Alain de Benoist, son dos formas antagónicas de relacionarse con el pretérito. Dice el ensayista francés que la memoria no puede sustituir a la historia y añade que sólo un pasado historizado puede informar válidamente el presente, mientras que un pasado mantenido permanentemente actual no puede ser sino fuente de polémicas partidarias y de ambigüedades Estas reflexiones vienen como anillo al dedo para arrojar luz sobre la gama de comportamientos que se han producido con motivo de la retirada de la estatua ecuestre del general Franco en la fachada sur de los Nuevos Ministerios en Madrid, cercana a las enhiestas de Indalecio Prieto y Francisco Largo Caballero. José Luis Rodríguez Zapatero y su Gobierno- -y parte del PSOE, aunque no todo- -representan el izquierdismo más inconsistente de todos cuantos circulan hoy por Europa. Parecen carecer de otro discurso que no sea el anclado en un pasado que actualizan de forma constante para encontrar sentido a la confrontación con la derecha, a la que quieren devolver a un estado democráticamente neófito propio del postfranquismo. El socialismo español, diluida su visión integral de España, inhabilitado por el derrumbe en 1989 del socialismo real para articular políticas económicas distintas a las estandarizadas en todo Occidente y escaso de un modelo ideológico reconocible, está manejando dos recursos: ir quebrando la encarnadura ética tradicional de la sociedad española mediante vanguardismos minoritarios y progresar en un proceso de provocación a la derecha para que ésta pierda los papeles y así se divida y radicalice. La simultaneidad en la retirada de la estatua del dictador con el homenaje a Carrillo- -allí donde se reunieron los buenos y los menos buenos pero donde no acudieron los malos según infeliz expresión de Gregorio Peces- Barba- demuestra el cálculo taimado pero excesivamente obvio de avanzar en esta estrategia que busca la articulación en España de una extrema derecha que mutile al PP y le impida su carácter de alternativa de gobierno. En esa misma línea de búsqueda de la provocación hay que inscribir otros comportamientos y decisiones gubernamentales que juegan frívolamente con el imaginario colectivo. La sólo aparentemente sutil utilización de la figura del jefe del Estado en los aspectos más delicados de la política exterior- -Cuba o Marruecos- el enfrentamiento pertinaz con la Iglesia Católica o el manoseo conceptual de la realidad nacional de España, no son improvisaciones, insolvencias o ignorancias del Gobierno, sino ejecuciones parciales La retirada de la estatua de Franco ha sido sólo una excusa, un pretexto, una añagaza para provocar una polémica que hubiese resultado para la derecha como ácido sulfúrico derramado sobre su discurso político y su percepción pública pero continuas de un plan revisionista de los grandes acuerdos de la transición democrática que pretende reacciones exasperadas de sus adversarios políticos. La nación, la Monarquía, la Iglesia y la guerra civil constituirían el elenco de ámbitos en los que parte de la izquierda española trataría de hurgar para provocar en la derecha un comportamiento que pudiera presentarse como reaccionario. Se trataría, en definitiva, de hacer constantemente actual el pasado, evitando que se convierta en historia. El Gobierno obstaculiza así el proceso natural en España, tan bien definido por Benoist, según el cual el enfoque histórico, para ser considerado como tal, tiene que emanciparse de la ideología y del juicio moral porque allí donde la memoria exige adhesión, la historia requiere distanciamiento Pues bien: los españoles estábamos consiguiendo transformar la memoria en historia y logrando emancipar el pasado de la mirada ideologizada y sectaria. El Gobierno, sin embargo, ha pretendido que la retirada de la estatua ecuestre de Franco fuese una dolorosa extirpación o, al me- nos, activase el recuerdo compensatorio de otros personajes contemporáneos y antagónicos al dictador que, también concernidos por conductas y decisiones de gravísimas consecuencias en nuestra reciente historia, encendiese una polémica anacrónica en la que la derecha poco tendría que ganar porque sería siempre la argumentación propagandística de la izquierda la que impusiera su eslogan progresista sobre el relato histórico. La estratagema no le ha salido bien al Gobierno porque la derecha democrática no es ya añosa como suponen algunos y la más veterana fue, precisamente, la que hizo la transición en 1978 y está curada de espantos y de provocaciones. Es verdad que algunos fenómenos más recientes remiten a la posibilidad de radicalizaciones pero de ellas no están libres ni las bases de la derecha ni las de la izquierda porque no son de carácter ideológico sino sociológico, como ocurre con la inmigración, caldo de cultivo de actitudes xenófobas que pueden tomar cuerpo electoral y minar las posibilidades de unos y de otros. En cualquier caso, está bien que la estatua de Franco no haya sido la estatua de la perdición de la derecha como pretendía Rodríguez Zapatero- -o quien esté detrás de esas sibilinas decisiones- Por el contrario, esa medida, en coincidencia temporal sincronizada con otros gestos y otros discursos, ha dejado al Gobierno empantanado en el terreno movedizo del oportunismo; en el de la prepotencia- -no es una hazaña la acción nocturna de Fomento después de treinta años- en el de la sospecha de la provocación malintencionada. La retirada de la estatua de Franco ha sido sólo una excusa, un pretexto, una añagaza para provocar una polémica que, de haberse producido, hubiese resultado para la derecha como ácido sulfúrico derramado sobre su discurso político y su percepción pública. Todas las ideologías hoy democráticas, hayan cristalizado o no en opciones electorales, disponen de unos ancestros arrumbados. En origen, la derecha e izquierda actuales se podrían negar a reconocerse; en el desarrollo de ambas ideologías vertebrales de occidente, los avatares han sido a veces gloriosos y a veces patéticos, y en el presente, las afinidades comienzan a resultar más abundantes que las discrepancias radicales. Por eso, rebobinar como hace el socialismo gobernante español para buscar el peor pasado en la historia común es un recurso despreciable que inquieta más que por lo que consigue por la pequeñez moral que demuestra. Porque- -recordando al poeta Tagore- -el mañana no está escrito en el ayer y aquellos que se vuelven a mirar atrás en el camino de la historia acaban como la mujer bíblica de Lot, convirtiéndose en una estatua de sal. Que ésa sí que fue una estatua de perdición. JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS