Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
42 Sociedad PROCESIONES DE SEMANA SANTA VIERNES 25 3 2005 ABC Miles de personas acompañaron ayer a las procesiones. La de Los Negritos (en la imagen) fue la primera en salir en Sevilla, a las tres de la tarde El rastro de cera tardará en borrarse de los adoquines, como de la memoria de miles de españoles las procesiones de Semana Santa. Hoy, Viernes Santo, se vivirá el capítulo más impactante mientras la cruzada laicista sigue en busca de un aposento Días de Pasión POR JUAN MANUEL DE PRADA La ciudad de mi infancia huele en estos días como una gran colmena derretida. La cera de los hachones deja su rastro de lágrimas gordas sobre los adoquines de las callejuelas escoltadas de iglesias románicas, acantilados de piedra que guardan el rescoldo de una fe milenaria. Un ejército de cofrades desfila a la luz esmerilada de las farolas; vistos desde lejos, sus capirotes semejan un bosque de lanzas vivas, empenachando la noche con el vaho de sus respiraciones, que ascienden al cielo como una plegaria unánime y silenciosa. Aún tendrán que pasar muchas semanas antes de que el rastro de cera que los cofrades dejan a su paso se borre de los adoquines; pero el rastro de esa plegaria espontánea que el pueblo eleva al cielo no se borrará jamás, por mucho que se empeñen los corifeos de la cruzada laicista. La ciudad de mi infancia, como tantas otras ciudades de España, se llena en estos días de una multitud que coloniza las aceras y abarrota los soportales de las plazas, para contemplar el paso de las procesiones que se anuncian desde lejos, con el redoble lento de los tambores y el tañido de la campana que hace sonar el llamado barandales un tañido que tiene algo de esquila fúnebre, de tan escueto y campesino. A la vibración de ese tañido, la gente acude como requerida por la llamada ancestral de la sangre: en las escenas de la Pasión se cifra nuestra genealogía espiritual; y en la imagen de Cristo colgado de un madero se condensa el dolor del mundo. El carillón del Ayuntamiento señala la hora inverosímil de la muerte de Dios con un acorde que se queda tem- blando en el aire, gemebundo y herrumbroso. El Crucificado desfila por las calles convertidas en plegaria viva, balanceándose sobre los hombros de los porteadores, con la mirada estrangulada de sangre y el pecho abierto por el hierro; el imaginero que lo talló cuidó mucho la arquitectura tensa de las costillas, que tienen un no sé qué de arpa rota, estremecida de estertores, y el escorzo de los brazos, que se abren en un último paroxismo de amor, ansiosos de abarcar el mundo. La multitud contempla a Dios cara a cara, como antaño debieron contemplarlo quienes acompañaron su ascenso al Gólgota; a las gargantas de la multitud trepa un coágulo de rabia, un amasijo de lágrimas que se quedan pegadas saladas como la herrumbre- -al velo del paladar. Son tan sólo unos minutos, apenas lo que dura el paso de Cristo a hombros de los porteadores, pero en ese lapso mínimo de tiempo cabe el vertiginoso universo. Embalsamado por el olor de colmena derretida que embriaga la ciudad de mi infancia, revivo el misterio de la Pasión. Una imagen basta para desvelarnos la belleza incalculable de ese misterio: el arte alcanza así su misión primordial la misión que los mercaderes le han usurpado que no es otra que hacer inteligible, mediante un golpe de emoción, lo trascendente. El Crucificado se pierde ya al final de la calle, bajo la noche ciega de astronomías. Cuando claree y descubramos la tumba vacía, podremos proclamar exultantes: ¿Dónde está, muerte, tu victoria? Y entonces nos reiremos a mandíbula batiente de los corifeos de la cruzada laicista.