Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC JUEVES 24 3 2005 La Tercera LAS PROCESIONES DE SEMANA SANTA EN EL SIGLO DE LAS LUCES A decadencia de las ciudades del occidente cristiano, como efecto de la expansión del Islam en el siglo VIII, fue seguida de cambios en las costumbres de los habitantes y hasta en las edificaciones. La rusticidad parece haber sido la nota diferenciadora de las ciudades en la Edad Media cristiana respecto a las urbes de la antigüedad. No tuvieron cabida, en las ciudades de la Europa cristiana medieval, el anfiteatro, el foro, el stadium, el circo, las termas y otras edificaciones necesarias para la actividad, el recreo y el culto al cuerpo de los ciudadanos. Las nuevas formas de la religiosidad impusieron el cilicio y la penitencia y rechazaron el culto al cuerpo, por considerar que eran paganismo la higiene y la gimnasia. La flagelación y las disciplinas pasaron, de prácticas privadas, a ser públicas. Las procesiones organizadas con motivo de conmemorar la pasión y muerte de Cristo fueron causa de que los fieles más exaltados intensificasen las manifestaciones religiosas de autocastigo y las exhibiesen públicamente. Determinadas prácticas religiosas no podían quedar fuera de las inquietudes ilustradas racionalizadoras. Por una medida legal que se difundió en toda España, se prohibieron los disciplinantes y empalados en las procesiones. La Real Cédula tuvo su origen en un escrito que envió al Consejo Real el Arzobispo de Toledo en 1767 sobre extirpar del reino las fanáticas impresiones de ciertas festividades religiosas, como el toro de San Marcos, las mayas y partir la vieja en la cuaresma. Se quiso, por el Consejo Real, estimular el celo de los obispos y de los párrocos para que persuadiesen a los fieles de que estas tradiciones tenían su origen en un rito supersticioso y gentílico Se quería también que fuesen desterradas tales costumbres, opuestas a la sencillez del Evangelio Parece que esta medida se recibió bien, y que excitó a algún prelado a desterrar algunas preocupaciones no menos fatales e injuriosas al nombre cristiano Así se expresaba el 12 de noviembre de 1776 un prelado, al solicitar la intervención del Consejo Real para que colaborase con los obispos en desterrar esas costumbres perniciosas, al no bastar exhortaciones y mandatos eclesiásticos. Sabía el obispo que, en todo el reino, las procesiones de Semana Santa solían hacerse de noche y que, en ellas, lo mismo que en las de la Cruz de Mayo y en algunas rogativas, había penitentes llamados de sangre los disciplinantes y empalados. Los espectáculos de penitencia que daban no eran sino de desprecio para los prudentes, de bulla y de gritería para los muchachos y de asombro para las mujeres. Todo esto era, para el obispo, contrario a la ley de Cristo, que es ley de amor, opuesta a las crueldades. Según el obispo, había ejemplos de querer los penitentes robar en algunas casas, valiéndose de la nocturnidad; de haber insultado la inocencia con la desnudez de los disciplinantes. Para el obispo, las penitencias habrían de regirse por la prudencia, por el consejo, por lo que ni Dios ni el estado podían querer que un disciplinante se inhabilitase por muchos días en su empleo o destino- -en su traba- L Determinadas prácticas religiosas no podían quedar fuera de las inquietudes ilustradas racionalizadoras. Por una medida legal que se difundió en toda España, se prohibieron los disciplinantes y empalados en las procesiones jo- por una idea fanática Según el obispo, además de lo que padecía la modestia al ver a los empalados desnudos de medio cuerpo arriba y a los disciplinantes con las espaldas al aire, ocurría que las procesiones nocturnas eran una sentina de pecados Mozas y jóvenes, con el pretexto de ir a las procesiones, tenían letra abierta para pasear plazas y calles, a la merced de las tinieblas Por ello, si con la nocturnidad no se falseaba la llave del honor sí quedaba a lo menos aportillado el muro de la castidad y dadas las reseñas para conquistarla El Obispo, para fundamentar su razonamiento con datos ciertos, no pudo por menos de recabar información sobre los ingresos anotados en los libros de las inclusas o casas de expósitos de su diócesis, para concluir que el mayor número de los allí depositados debía su origen a la estación de la Semana Santa También se refirió a la costumbre de entrar a bailar en las iglesias los días de fiesta ante alguna imagen, con la intención de darle culto, a la vez que se ofrecía, con la danza, una limosna. En algún caso, al negarse el párroco a que se bailase en el interior del templo, parece que se sacaba la imagen que se quería festejar al atrio de la iglesia, o al cementerio, o a la plaza, con las insignias de cruz, procesión y capa pluvial con el fin de tener allí su baile y ofertorio Para el Obispo, esta costumbre tenía su origen en los abusos gentílicos renovados en el centro de un reino tan católico como el de España. No llegaba el Obispo a solicitar del Consejo Real que se prohibiesen las diversiones honestas, contando entre ellas el baile pero pensaba que no debía permitirse en las iglesias, ni en sus atrios o cementerios ni delante de las imágenes. El prelado reconocía que, en algunos pueblos, las gentes seguían las exhortaciones episcopales, y que ya no había procesiones de noche ni se bailaba en las iglesias. En otros, por el contrario, parece que los vecinos habían defendido sus abusos con tal tesón que, aún cuando el cura no lo permitiera, sacaban cruces y pendones y, por propia autoridad, hacían las procesiones y cuanto les dictaba su cólera Los efectos populares de la política regalista de los reyes del siglo de las luces fue claramente descrita por el Obispo, al señalar que si antes las exhortaciones de los eclesiásticos se oían con respeto y veneración, bien mediado el siglo XVIII eran despreciadas. Los fieles parece que venían a decir a los prelados y a los párrocos: oigan, vean y callen en su común lenguaje, que ya el rey los mira con ceño y no quiere que piensen en más que en decir misa y rezar Ante la desobediencia- -notable en la prohibición de trabajar en los días festivos- -el Obispo acudió al Consejo Real para que colaborase en desterrar los abusos gentílicos y las supersticiones. La información que dio el Obispo al Consejo Real, estudiada por los fiscales, se concretó en la Real Cédula de 20 de febrero de 1777, por la que se instó a las chancillerías y audiencias del reino a que no permitiesen disciplinantes ni empalados ni otros espectáculos semejantes, por servir a la indevoción y al desorden. Quienes tuviesen espíritu de compunción y penitencia, habrían de elegir otras acciones más racionales, secretas y menos expuestas, con el consejo y dirección de sus confesores Tampoco habrían de consentir que esas procesiones se hiciesen de noche, o que hubiese bailes en las iglesias. Las acciones racionalizadoras tendentes a modificar conductas arraigadas en viejas costumbres parece que se quedaron sólo en la intención. Continuaron las procesiones nocturnas, los empalados y los disciplinantes. Eran y son una manifestación de la piedad popular, resultado de siglos de tradiciones que no era posible suprimir, aunque pudieran señalarse casos particulares de mezcla de lo pagano- -y hasta de lo carnal- -con las muestras generales de religiosidad, en ese milagro de la fe que incorporó siempre a las gentes al hecho religioso, acorde con sus raíces populares y su cultura. GONZALO ANES Director de la Real Academia de la Historia