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56 Tribuna MARTES 22 3 2005 ABC N noviembre de 1805, Thomas Jefferson, ilustre presidente de Estados Unidos, llegó a comentarle a Anthony Merry, el representante británico en Estados Unidos: La posesión de la isla de Cuba es necesaria para la defensa de la Luisiana y la Florida, porque es la llave del Golfo Pero la potente oposición inglesa y francesa a tales designios, hizo desistir a Estados Unidos de llevarlos adelante. A partir de entonces seguiría con Cuba una política de tiempos de Roma, la procatrinación: las prendas ambicionadas, mientras no pudieran tomarse, debían permanecer en las manos más débiles y en el momento difícil del débil, debía abandonarse la actitud expectante para obrar rápida y enérgicamente contra este. La posibilidad de que los conflictos entre Estados Unidos y España se complicaran en alguna ocasión, colmaba de preocupación no solo a los dirigentes cubanos, sino también a los políticos españoles. En abril de 1895, el duque de Tetuán, ministro de Estado, había anotado que los gobiernos de la Corona estaban convencidos de que mientras la guerra de Cuba durase, siempre se estaría bordeando la posibilidad de una confrontación con Estados Unidos. Tanto montaba el recelo que, según también confesaría, a eso se debía en buena medida todos los sacrificios que estaba haciendo España para ponerle fin cuanto antes a la insurrección. Mas la guerra avanzó, y Alger, el secretario de la Guerra, del gobierno de McKinley, concluyó que pronto terminaría con una victoria de los cubanos. Por tanto, el dilema de Washington era aceptar la independencia o proceder rápidamente para que España cediera la isla y si no ir a la intervención. Comenzó el asedio y presiones sobre Madrid y, por fin, vino el estallido del Maine en la bahía de La Habana. Se ha repetido hasta el aburrimiento que su explosión le serviría a Estados Unidos de casus belli. Se pierde de vista que el mensaje presidencial de McKinley sobre la catástrofe y el informe de la comisión investigadora estadounidense, fue al Congreso y pasó a comisiones sin que nunca llegara a discutirse en las cámaras. El mensaje que se consideró fue el del 11 de abril de 1898, y en este el mandatario no mencionó prácticamente el asunto del Maine. Solicitaba se le otorgaran autorización y poderes para adoptar medidas que permitieran el completo y definitivo término de las hostilidades entre el Gobierno de España y el pueblo cubano y para esto pidió E LA IMPOSICIÓN A CUBA DE LA ENMIENDA PLATT ROLANDO RODRÍGUEZ Escritor se le autorizara, de ser necesario, el empleo de las fuerzas armadas del país. A poco comenzó en el Congreso de Washington un debate tormentoso sobre el mensaje, hasta que finalmente se aprobó una resolución que reconocía que Cuba era y de derecho debía ser libre e independiente. Después de la destrucción de las fuerzas navales del almirante Montojo en la bahía de Manila, la muy prevista destrucción de la escuadra del valeroso contraalmirante Cervera al abandonar la bahía de Santiago de Cuba y la rendición de esta ciudad, advino de manera inevitable el armisticio entre Estados Unidos y España: Puerto Rico ya estaba Un estremecimiento recorrió a casi la totalidad de los constituyentes, que se pronunciaron abiertamente contra la imposición invadido, y Manila, rodeada por insurgentes tagalos, podía capitular en cualquier instante; España ya no disponía nada más que de unos pocos buques con que defender sus costas y el erario estaba maltrecho. El 10 de diciembre de 1898, a las 8: 50 de la noche, el Gobierno de Madrid tuvo que firmar el tratado de paz con Estados Unidos. El estado en que quedaría Cuba no fue definido, aunque la potencia del norte la ocuparía para su pacificación Elihu Root, exitoso abogado de Nueva York, miembro de la logia expansionista y hombre de la banca Morgan, fue designado en agosto de 1899, secretario de Guerra en sustitución de Alger, desprestigiado por los errores cometidos durante el conflicto con España. Root ordenó preparar una lista de libros, en que se abordaran la práctica y los principios del gobierno colonial inglés. Mas, no parecía que pudiera hallar en las reglas británicas fórmulas aplicables para el caso cu- bano. Aparte de la actitud de los habitantes de la isla, que presagiaba un estallido revolucionario si se le trataba de quitar la independencia. Además, bien sabía que de hacerlo internacionalmente Estados Unidos se presentaría como violador de sus más solemnes declaraciones. Pero también resultaba cierto que sus convicciones expansionistas, los intereses de Estados Unidos y la situación externa a sus fronteras, con las ambiciones de Inglaterra y Alemania a la vista, tenían que llevarlo a pensar en la búsqueda de alguna forma de dominio sobre la isla aunque pisoteara sus derechos. Prácticamente horas antes de la reelección de McKinley, se habían inaugurado las sesiones de la asamblea constituyente cubana. El 5 de noviembre, en el teatro Martí, repleto de personalidades ilustres y rodeado por un pueblo ansioso de fijar sus destinos, el gobernador militar Leonard Wood leyó lo que debía ser el contenido de su tarea. En el mensaje precisó, como deber de los delegados, redactar y adoptar una Constitución para la isla y, al terminar esta tarea, formular cuáles debían ser a su juicio las relaciones que debían regir entre Cuba y Estados Unidos. Había algo sospechoso en el planteo. Esta cuestión debía de ser objeto de algún tratado exterior del Gobierno cubano que se instaurase, nunca de la asamblea constituyente. Los constituyentes comenzaron sus trabajos con celeridad. Y poco después, inesperadamente, aquella instrucción de Wood se evidenció como prólogo de una artimaña cuando este les hizo conocer en detalle el contenido de un bill presentado en el Congreso, que contenía las bases sobre las relaciones entre Cuba y Estados Unidos. El proyecto lo había recibido el gobernador, en una comunicación enviada por Root. En la misiva le ordenaba que procediera a plantearles a los constituyentes lo estipulado en estas bases, las que debía adoptar la convención a reserva de lo que acordase finalmente el Congreso. La Asamblea rechazó bastante tajantemente la pretensión, y rápidamente elaboró sus propias propuestas de normas, a la vez que hacía conocer su confianza en que el parlamento estadounidense no adoptaría aquellas que les habían sido comunicadas. Mas nada consiguió y estas llegaron finalmente aprobadas por el Congreso de Washington, adicionadas a una enmienda a una ley de créditos militares. Las bases expresaban que Cuba no podría firmar ningún tratado que pudiera menoscabar la independencia de Cuba; no asumiría deuda pública alguna para el pago de cuyos intereses y amortización resultaran inadecuados los ingresos ordinarios; el Gobierno de Cuba, consentiría que EE. UU. pudiera ejercitar el derecho de intervenir, en su decir, para la conservación de la independencia cubana, el mantenimiento de un gobierno adecuado para la protección de vidas, propiedad y libertad individual; todos los actos realizados por Estados Unidos en Cuba durante su ocupación, serían tenidos por válidos, mantenidos y protegidos... Paradójicamente las disposiciones de la enmienda, conocida por el apellido del senador que con toda seguridad de la mano de Root la presentó al Congreso, Orville H. Platt, presidente de la comisión senatorial de relaciones con Cuba y furiosamente anexionista, dejaban claro que la mayor de las Antillas no debía establecer ningún tratado o convenio que limitara su soberanía ni entregara a ninguna potencia parte alguna de su territorio, salvo... salvo la limitación que su soberanía sufriría a manos de Estados Unidos y la entrega a este de su territorio, tanto por el derecho que le concedería a injerirse en sus asuntos, como por tener que vender o arrendar tierras para estaciones navales, como resultaría con la base naval de Guantánamo, y por omitir a Isla de Pinos de los límites de Cuba. Un estremecimiento recorrió a casi la totalidad de los constituyentes, que se pronunciaron abiertamente contra la imposición. Mucho lucharon por eliminar la humillante enmienda. Mas finalmente fueron vencidos en votación por quienes estimaron que la única forma de que Estados Unidos retirara sus tropas de Cuba y permitiera la instauración de la independencia sería con la aceptación de la disposición. Estados Unidos no comprendió que aquella enmienda traería un resentimiento que nunca se borraría del alma de los cubanos, y que si bien resulta explicación de la arrogancia de la actuación de Estados Unidos respecto a Cuba, también lo es de las acciones de los cubanos para lograr su última y definitiva independencia. LGUNOS suponen que el mejor sistema para que las visitas indeseadas o inoportunas se marchen de casa y recuperar así la tranquilidad perdida es darle la vuelta a la escoba y colocarla cabeza abajo detrás de la puerta de la cocina. Dicen que al cabo de algunos minutos de haberlo hecho, el visitante que nos está dando la lata recuerda de pronto que le están esperando al otro lado de la ciudad y se despide urgentemente con una sonrisa en los labios. Puede que ese truco sea cierto, puede también que no lo sea, pero, sea como fuere, lo cierto es que desde siempre se ha atribuido a las escobas propiedades A A PROPÓSITO DE LAS ESCOBAS JAVIER TOMEO Escritor maravillosas. Se trata, ante todo, del gran instrumento del que se servían las brujas para volar y que pertenece a la gran tradición de los cultos fálicos. Son, sin embargo, las escobas más viejas las únicas que sirven para el oficio brujesco. Recordemos que aquellas escobas es- taban confeccionadas con esparto, pequeño arbusto de la familia de las leguminosas mariposáceas del cual se extrae la esparteína, alcaloide de mágicos efectos para los corazones desarreglados. ¿Sirven también las escobas con mango de plástico? -le pregunto. -Ni hablar, -responde, fulminándome con la mirada. Y añade a continuación que, al márgen de sus aplicaciones brujeriles o brujescas, la escoba es también la herramienta fundamental en la limpieza de las casas. Y me repite la pretensión de aquel pobre marido, que cada mañana le decía a su esposa que en la casa mandaba él y que no estaba dispuesto a barrer si su mujer no le compraba una escoba nueva. -Esos chistecillos ya no tienen ninguna gracia, -le digo. Son propios de otros tiempos, cuando eran muy pocos los maridos que cogían una escoba.