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ABC MARTES 22 3 2005 Opinión 7 JAIME CAMPMANY Polanco puede llevarse lo que quiera: la radio, el monopolio digital, la tv en abierto, el fútbol de pago y la estatua de Franco con el caballo POLANCO ME INSPECCIONA AÑANA de Lunes Santo. En mi tierra andarían ya preparando la procesión del Cristo del Perdón, llamada de las colas porque antes, cuando yo era muchacho, los nazarenos salían con túnicas de largas colas que barrían de las calles los kilos de cera que chisporrotean los cientos de cirios. Y yo estaba en la biblioteca, sumergido en la lectura de los periódicos, mi primera obligación de cada día, la letra nuestra de cada día. Me interrumpió la filipina y me espetó a bocajarro un título de Priestley: -Señor, llama un inspector. El inspector llamaba por teléfono para anunciar educadamente su visita. -Llegaré aproximadamente a la una. Se trataba de un inspector de Canal Plus, enviado por Polanco, que quería cerciorarse de que en mi casa, noveno piso de un edificio de la Castellana, no hay instalado ningún bar y que yo no hago la pequeña estafa a esa gran empresa al tener un televisor en un lugar público pagando como si fuese privado. Bueno, en realidad, tengo un pequeño bar en una mesita de la biblioteca con diez o doce botellas de lo que se bebe más frecuentemente, y que ofrezco a los visitantes. Cuando me quitaron en Canal Plus el servicio de taquilla sin previo aviso, que eso sí es una pequeña estafa porque es un servicio que estoy pagando, oh, maravillas del monopolio, yo reclamé, y aseguré, dando mi nombre y profesión, que no me gano la vida echando cerveza ni sirviendo whisky, sino escribiendo en los periódicos. Pero se conoce que Polanco, como tantos multimillonarios, es desconfiado por naturaleza. A saber si esa manía de escribir en los periódicos no es una tapadera para dar al público mis programas sin pagarme el canon pensaría Polanco. Y me ha mandado el inspector. -Cuando llegue el inspector, que pase- -indiqué. -Pero el televisor que no se lo lleve Polanco, ¿eh? -saltó enseguida mi mujer. Porque mi mujer cree que Polanco, en este país, puede llevarse todo lo que le dé la real gana: Antena- 3 Radio, el monopoliode la televisión digital, las exportaciones de Focoex, las tv de pago, en abierto y digital, los derechos del fútbol, la intemerata, el sursum corda, mi televisor y hasta la estatua ecuestre de Franco. A lo mejor se sube él al caballo, dice. -Ya verás como la estatua de Franco termina en la finca de Polanco- -profetiza mi mujer. El inspector era un muchacho correcto que comprobó la situación del televisor y su tarjeta, escribió unas cosas en un papel con copias, me invitó a firmarlo y se despidió. Ni siquiera me cacheó para ver si llevaba armas. Un inspector muy comedido. No quiso tomar nada del bar que le enseñé, pero me dio las gracias correctamente, y yo también rehusé firmar aquellos papeles, aunque también le di las gracias por invitarme a hacerlo. -Perdóneme, pero es que sólo firmo lo que yo escribo. Es una manía. Dígame, ¿le debo algo al señor Polanco por su visita, señor inspector? Me temo que el inspector no entendió ni una palabra de lo que le decía porque me miró con cierta perplejidad. Musitó un no, señor apenas audible, se encogió de hombros, se despidió y se fue. Albricias, ya estoy inspeccionado. M IGNACIO SÁNCHEZ CÁMARA Si es un error, que puede conducir al totalitarismo, imponer la moral desde el Estado, cuando no es esa su función, también lo es, y puede conducir al totalitarismo, pretender imponer el Derecho como moral, reduciendo ésta última a la voluntad de la mayoría, a la voluntad del Estado LA CONCIENCIA AMORDAZADA C UANDO se elimina lo superior, ocupa su lugar lo inferior. El valor siente horror al vacío. Así, la moral viene a ser suplantada por una especie de ética pública destilada de la Constitución. Como si ésta no fuera sólo norma jurídica (si bien, suprema) y debiera convertirse en ley moral. Incluso hay quien encuentra en ella la solución de problemas científicos o filosóficos. Hoy, se pretende que todo lo que rebase esta ética pública debe ser relegado al ámbito de lo privado o, en los casos más feroces, a la prohibición, a las catacumbas. Y, sin embargo, la moral en su sentido genuino es, ante todo, personal: el deber y el ideal que cada día trae consigo. Luego cabe hablar de la moral de los sistemas filosóficos o religiosos y de la moral social. Pero los nuevos Licurgos y Solones no se conforman con ser legisladores jurídicos sino que aspiran a determinar la moral al dictado del principio de las mayorías. Mas, como este criterio es de suyo cambiante, la moral queda entonces reducida al resultado de este vaivén parlamentario. Lo que ayer era malo, hoy, con la nueva mayoría, pasa a ser bueno, para dejar mañana de serlo. Y al cometer este torpe error de hacer de la voluntad de la mayoría criterio moral, se reduce el fundamento de la moral a la sociedad. Pero la moral, como enseñó Max Scheler, define ante todo una determinada relación valiosa de cada hombre con Dios y consigo mismo. El fenómeno moral no es esencial ni exclusivamente social. El núcleo de toda teoría ética es la doctrina del orden jerárquico objetivo de los valores y puede edificarse sin atender para nada a las relaciones del individuo con la comunidad. Como afirmó el filósofo alemán, toda fundamentación social de la ética debe ser rechazada con el máximo rigor Es decir, que el contenido de la moral es independiente de cualquier opinión social, por mayoritaria que pueda ser. Pues si es un error, que puede conducir al totalitarismo, imponer la moral desde el Estado, cuando no es esa su función, también lo es, y también puede conducir al totalitarismo, pretender imponer el Derecho como moral, reduciendo ésta última a la voluntad de la mayoría, a la voluntad del Estado. Pretendiendo, en el mejor de los casos, evitar el primer error, los adoradores de la ética pública cometen el segundo. Menos mal que se les suele pasar cuando se encuentran en minoría política. Frente a su fanatismo demagógico, conviene recordar que la crítica de las leyes desde la perspectiva de la conciencia personal no sólo es un derecho, sino que también constituye un deber irrenunciable. Quienes pretenden acallar las voces críticas imponiendo la losa de una presunta ética pública (que suele, por cierto, identificarse, con el programa político de la mayoría o de la coalición gobernante) cometen un atropello a la democracia y, lo que es mucho peor, un atentado contra los derechos y deberes de la conciencia personal. Lo que en el fondo pretenden es la identificación de sus programas e intereses con la única moralidad válida. Como pueden mandar, pero no convencer (tener el apoyo de la mayoría no es lo mismo que convencer en el orden moral) quieren silenciar toda voz moral crítica y, en definitiva, amordazar las conciencias. Bueno y malo sería, para estos descarriados, lo que decide la mayoría parlamentaria. Como si la misión de los Parlamentos fuera discernir entre el bien y el mal moral. ¿Qué tiene que ver todo esto con la situación política española? preguntará acaso un benevolente lector. Todo, absolutamente todo, le responderé. Esta tergiversación se encuentra en la base, por ejemplo, de los intentos del actual Gobierno por acallar democráticamente la palabra de la Iglesia Católica. Más que gobernar, se diría que aspiran a elaborar una nueva ley mosaica.