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ABC DOMINGO 20 3 2005 Nacional 17 ÁLVARO DELGADO- GAL ANTES Y DESPUÉS s muy difícil comprender lo que está ocurriendo en el País Vasco. No contribuye a aclarar las cosas el itinerario quebrado, o quizá bifurcado, del PSE. Queda bien resumida la situación por las declaraciones que Zapatero realizó el miércoles pasado a ETB. A la pregunta de cuál era su candidato favorito para formar coalición, si el PP o el PNV, Zapatero repuso que la democracia exige un enorme respeto a la ciudadanía. Primero deben hablar los ciudadanos en las urnas y sólo después de que lo hayan hecho, será el momento de decidir cuál puede ser la fórmula ¿Todo en orden? En principio no, por expresarlo suavemente. Imaginemos que tres partidos- -A, B y C- -concurren a las urnas. Pongamos que el partido A propugna la supresión de los impuestos, el partido B defiende que sea abrogada la propiedad privada, y el partido C anuncia que se coaligará con A, o al contrario, se unirá a B, según las señales que de sí haya dado la voluntad popular durante la jornada electoral. Lo que se sigue de aquí, es que C podría apoyar la supresión de los impuestos, o también la confiscación masiva de la propiedad. ¿Dónde está la dificultad? Para empezar, la disyuntiva es extraña. No es normal que un partido esté abierto al mismo tiempo a alternativas radicalmente incompatibles. Pero esto no es lo peor. Lo peor es que se estaría ocultando a los votantes de C para qué va a servir su voto. Si para tal o cual fin, o justamente para el inverso. La indeterminación pervertirá por entero, es obvio, el proceso democrático. En orden precisamente a evitar esto, los partidos se presentan a las elecciones con un programa por delante. O lo que monta a lo mismo: aclaran con quién cerrarán un acuerdo, o por lo menos, con quién no lo harán, en aquellos casos en que hay razones para sospechar que la elección de aliado influirá de modo decisivo en el tipo de política que se ejecutaría desde el Gobierno. Cabe replicar que existen escenarios más complejos, en los que la suspensión del juicio sobre la identidad del futuro asociado tiene sentido. Concedido. Ocurre en ocasiones que el programa de C ocupa una posición intermedia entre los programas de A y de B. En ésas estaríamos, si A defendiera una reducción de impuestos, la posición de B consistiera en no tocarlos, y C hubiera optado por criticar, simultáneamente, la vehemencia del primer partido y el conservadurismo del segundo. Entonces sabría el elector a qué atenerse. Con toda probabilidad, C moderaría los excesos de A y pondría más espíritu aventurero en B. La distribución del voto revelaría cómo se distribuyen las fuerzas, y C fijaría el vector resultante componiendo una mayoría aritméticamente viable. Descendamos ahora a la realidad vasca. ¿A cuál de los dos modelos nos vemos abocados, al primero o al segundo? Yo diría que al primero. Ibarretxe, en efecto, solicita para el País Vasco la independencia, o algo que se le parece mucho. Mientras que el PP, en la línea auspiciada hace cuatro años junto al PSE, solici- E ta la vigencia de la Constitución y la permanencia en España. No se aprecia bien cómo puede transitarse, agregando cantidades pequeñas, desde un proyecto a otro. O si se quiere, cómo puede encontrarse la media aritmética entre ambos extremos. La conclusión es que el PSE, por imperativos democráticos elementales, debe decantarse ahora, y no más tarde. Salvo que se introduzcan en la ecuación variables ad hoc. Zapatero ha apun- tado dos. Señaló, en primer lugar, que el Plan Ibarretxe es fruto de los enfrentamientos de hace cuatro años. Por tanto, que se trata de un movimiento inercial, carente, por sí decirlo, de virtualidad. El argumento, me temo, no es muy convincente. Aunque el plan se fraguó hace años, se ha puesto en marcha hace sólo unos meses. No sé qué habría de suceder para que Zapatero constatara que el interlocutor de Ibarretxe es él, y no Aznar, un ex presidente que no se halla siquiera al frente de la oposición. La segunda idea no reúne siquiera las características de un diagnóstico. Más justo sería calificarla como un puro juego de palabras, un juego del que se ha venido abusando desde la defenestra- ción de Redondo Terreros. Me refiero a la noción de que existen dos inmovilismos, el popular y el nacionalista. Y a continuación un no inmovilismo: el del PSE. Dejo de lado la equiparación implícita, y moralmente inaceptable, entre un inmovilismo que quebranta derechos individuales, y otro quizá poco hábil desde el punto de vista político, pero por entero inocente de tales demasías. El caso es que permanece la dificultad principal: el PSE tendrá que decir con cuál de los dos inmovilismos- -se me antoja optimista, por cierto, calificar a Ibarretxe de inmovilista- -está dispuesto a pactar. Se trata de una información absolutamente básica, de que han menester los ciudadanos antes de depositar su voto.