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ABC DOMINGO 20 3 2005 La Tercera SOBRE BONETES ANTIGUOS Y MODERNOS ABEMOS por unos papeles que fray Gil, un fraile mercedario de Arévalo, que, como miembro de su Orden se dedicaba a redimir españoles cautivos de los moros, y que fue quien pagó el rescate por el señor Miguel de Cervantes en Argel, llevaba consigo en su viaje hasta allí, además de un dinero algo justo, unos obsequios para los notables argelinos, que eran, naturalmente, con quienes él tenía que hablar para su negocio, y cuyas voluntades esperaba suavizar con tales regalos. Así que, si estuvo sus buenos meses haciendo acopio de esos dineros, pidiendo por aquí y por allá, también tuvo que gastar lo suyo, comprando esos obsequios. En Córdoba, Jaén y Beza compró fray Gil aljófar o latón dorado, y algunas telas llamativas, y en Sevilla más telas, y confites y otros dulces que gustaban mucho a los moros, y casi tanto como los bonetes, de los que también sabemos que fray Gil compró en Toledo cuarenta docenas, se supone para las cabezas más notables e influyentes, aunque seguramente que eran menos de cuatrocientas ochenta, pero que querrían repuesto de estos bonetes. El bonete era de un modo genérico un cubrecabezas o sombrero redondo, y el más llamativo era el de los clérigos, y antes de los letrados; tenía cuatro picos y, en medio, una borla del color de la facultad en la que cada cual era doctor. Pero se llamaba bonete igualmente a las crestas de las gallinas, y las referencias populares a la gente de bonete para hablar de la gente importante resultaba un poco ambigua, porque a veces no estaba claro si se hablaba de la gente importante o bien de gallos y gallinas, y una confusión de esta clase podía ser fatal, aunque también resultase divertida. El caso es que los bonetes más codiciados y desde luego los que compró fray Gil eran los toledanos, que eran de punto y se ajustaban muy bien a la cabeza; aunque había otros modelos, que, como los que se hacían en Castilla, eran de paño de cuatro cuartos que también usaban, de ordinario, los clérigos y los dómines o maestros de escuela. Y Covarrubias recuerda que el bonete en la antigüedad era también redondo, como no podía ser menos, pero cacuminado o ahusado y que el nombre que le daban aludía a que la lana de que se hacía se apretaba y recogía con el agua y fuego y con los moldes, y añade luego, dejándonos un tanto perplejos después de citar tanta violencia en la hechura, que ese bonete era insignia de libertad, porque, cuando la daban a algún siervo, le trasquilaban o rapaban la cabeza y le ponían este bonete. Así son las cosas de contradictorias, a veces. Fue luego la Revolución Francesa la que se largó a buscar nada menos que al vestua- S rio de los antiguos frigios el modelo del gorro revolucionario, porque, aunque bien mostraron aquellos caballeros que estaban dispuestos a cargarse la historia, y hasta el calendario, como hicieron, no les pareció que esto fuera un inconveniente para ampararse bajo sombrero frigio, se supone que después de probarse diversos tipos antiguos de tocados. Y yo no sé si quienes se cuidaron del vestuario de las víctimas de la Revolución Cultural china estaban al tanto del uniforme de los sambenitados por la Inquisición española y por otras con menos fama, o fue creación propia, que yo no quiero quitar a nadie su mérito, y mucho menos a las cul- A don Pío Baroja le parecía el gorro frigio un calcetín colorado puesto en la cabeza, pero hay que reconocer que tenía su aquel de coquetería, y desde luego, se lo colocaron en la cabeza a la Marianne de todas las alcaldías republicanas, que, dicho sea de paso, era una moza algo llenita y coloradota turas autóctonas; pero lo cierto es que vistieron a sus víctimas confesantes con coroza y sambenito, y no parece que esto fuera una impronta del imperialismo y colonialismo inquisitorial español en China. A don Pío Baroja le parecía el gorro frigio un calcetín colorado puesto en la cabeza, pero hay que reconocer que tenía su aquel de coquetería, y desde luego, se lo colocaron en la cabeza a la Marianne de todas las alcaldías republicanas, que, dicho sea de paso, era una moza algo llenita y coloradota que en los tiempos de Luis XVI estaba impresa en la portada del Tratado sobre el tiranicidio del Padre Mariana, y se repartía tranquilamente, pasando por lo que los franceses llaman literatura galante. Tocados con ese gorro o con la escarapela tricolor, o bonetes y arrebujamientos igualmente significativos, se subían los jacobinos españoles a las mesas de los cafés, proclamando lo de ¡Libertad o muerte! y las llevaban a sus actividades revolucionarias como una especie de salvoconducto o bula para hacer lo que se le ocurriera a su voluntad soberana. Pero claro está que lo que fray Gil buscaba era la libertad del señor Miguel de Cervantes y de otros cautivos, y lo que hubiera ido de suyo hubiera sido que podía haber llevado, para ponérselo sobre la cabeza, uno de aquellos bonetes antiguos de los que queda dicho que se ponían a los esclavos manumitidos; aunque es indudable que fray Gil debía de saber muy bien que la libertad no es asunto de signos, símbolos, cofradías, partidos, banderas, escarapelas ni bonetes; ni siquiera de que sea mentada. No hablamos, en efecto, del aire que respiramos, ni de la salud que tenemos; y, cuando hablamos, es porque tenemos que hablar de los miasmas del aire que decían los antiguos, o de los achaques y alifafes de nuestro propio cuerpo. Y no hablamos tampoco de sombreros, precisamente porque ya no significan sino civilidad como mucho, y entonces, puede decirse que en este asunto hay verdadera libertad de ellos, y las modas a su respecto conviven tranquilamente con las antiguallas. Pero lo suyo ha costado, y parece mentira que, incluso cuando ya se había inventado el tren, llevar un sombrero, dígamos burgués, era como un insulto a la igualdad, la libertad y la fraternidad; y esto fue un duro golpe para los que llevaban sombreros, sobre todo, y por lo menos hasta que, más tarde, los altos Jefes de los camaradas se pusieron sombreros burgueses, aunque todos grises y un poco demasiado tiesos de ala, pero al fin sombreros. Lo que ha ocurrido luego es que, en el proceso de intelectualización y abstracción de nuestra cultura, lo real fue sustituido por constructos abstractos, y, en vez de bonetes o sombreros, llevamos un tocado de denominaciones sociales o pertenencias tribales; de manera que ya no somos otra cosa que una denominación. Los medios hablan tranquilamente de que se ha encontrado muerto en la calle a un indigente, o a una víctima de violencia de género, y quizás, mañana mismo, dirán un militante de un partido o socio de algo. Esto es, como una cosa y poca cosa, a la que se pone un letrero para su uso, porque las denominaciones son gramática infecta, y asunto de drogueros y entomólogos, mercaderías y vasares. Sólo las gentes sencillas hablan ya de personas, y de la libertad sólo tienen derecho a hablar los esclavos que no quieren serlo, y saben que es asunto del ánima y de mucha lucha, no de bonetes y sombreros, eslóganes y denominaciones. Como lo sabían fray Gil y el propio señor Miguel de Cervantes, cuando, entre ironía y melancolía, en sus espartillos, siempre nos dice que lo primero de todo es caer en la cuenta de que tenemos un ánima; y no para que nos la aplasten precisamente. JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO Escritor. Premio Cervantes