Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC SÁBADO 19 3 2005 Tribuna 63 A Semana Santa se divisa ya por las ventanas del calendario. En mi tierra malagueña se viven días de inquietud entre los preparativos de los desfiles procesionales, y el examen de las alturas tratando de adivinar cómo estará el cielo en esos días tan importantes para la ciudad. La historia de siempre, de cada año. Al evocar estas celebraciones me viene a la memoria, inevitablemente, la Legión Española, que, lejanas ya las singladuras bélicas de su historia y hoy consagrada a misiones de paz por todo el mundo, sigue dando escolta, como hace tres cuartos de siglo, al Cristo de la Buena Muerte, más conocido como el de Mena y también, por muchos, como el Cristo de los Legionarios. Esta tradición tiene una bellísima historia que me relató mi padre hace ya muchos años, y que ha permanecido viva en mi imaginación y en mi espíritu a lo largo de toda mi ya dilatada vida. Fue a finales de la segunda década del siglo anterior, cuando una representación de la Cofradía malagueña del Cristo de la Buena Muerte, en la que figuraba el autor de mis días, hizo un viaje a Tahuima y a Ceuta, en Marruecos, para entregar al Tercio un pergamino con el nombramiento de Hermano Honorario, que exhibía una bella imagen del Crucificado, copia de la de Pedro de Mena. El teniente coronel Rada, que mandaba entonces la Unidad, aceptó muy complacido el honor, y sus legionarios, en poética correspondencia a la iniciativa de los cofrades, con ese hermoso espíritu romántico que los iluminó siempre, filiaron al Cristo de Mena- ¡que genial idea -como ingresado en el Tercio: Jesús de Nazaret... -escribieron en las casillas de un impreso de alistamiento- hijo de José y de María, de 33 años de edad, de profesión carpinte- L EL CRISTO Y SUS LEGIONARIOS RICARDO FERNÁNDEZ DE LATORRE Escritor Todo el mundo aplaudió con entusiasmo y admiración el paso de aquel Cristo de la Buena Muerte por las calles malagueñas, escoltado, de nuevo, por los legionarios ro... (aquí las señas personales) ...causa alta en el Tercio en el día de hoy, etc. etc... Como consecuencia de aquel hermanamiento, los mandos del glorioso Cuerpo accedieron a que sus hombres se constituyeran en escolta de la venerada imagen y, en el año de 1930, acudió a Málaga una compañía de La Legión, con gastadores y banda para tomar parte en el desfile de la cofradía del Cristo de Mena. Aquella primera comparecencia produjo una enorme expectación en la capital andaluza. Me contaba mi padre que, junto a la popularidad y la gloria adquirida por la Legión en los campos marroquíes, donde tuvo una actuación del máximo relieve militar, sus hombres impresionaban a todos por aquella leyenda que los presentaba, en la estimación vulgar, como deshechos de la sociedad o desesperados, que habían buscado refugio en un Cuerpo donde nada importaba su vida anterior. Ello hacía a la gente mirar con cierto recelo e inquietud a aquellos soldados curtidos por el sol africano, algunos de ellos con cicatrices en los rostros, tiesos, impasibles, de gesto duro y brazos tatuados, entre los que la fantasía popular quería ver a fugitivos de la sociedad, licenciados de presidio o fracasados en el amor. El desfile de los legionarios- -con su carnero, que constituyó un simpático atractivo- -supuso un enorme éxito para la cofradía. Los espectadores, que abarrotaban las calles de la ciudad, asistían como hechizados por la prestancia y la marcialidad de aquellos soldados que Málaga contemplaba, por vez primera, como escoltas de su Cristo de la Buena Muerte. De pronto, la voz rajada de un legionario cantaor que se hallaba entre la multitud, lanzó al aire una saeta que rompía el aire embalsamado por el azahar, el incienso y los jazmines de aquella noche malagueña. La copla, breve y honda como toda manifestación flamenca, recordaba que el Cristo de Mena figuraba en los listados del Tercio, como uno más de sus hombres, desde aquel día de Tahuima en que los legionarios correspondieron a los cofrades malagueños filiando a Jesús entre los suyos. La saeta decía, nada más ni nada menos: Ha ingresado en La Legión un Cristo crucificado. Ya nadie podrá decir que ésto sólo esta formado por gente de mal vivir El dramático 11 de mayo de 1931, grupos incontrolados asaltaron conventos e iglesias malagueñas, entre ellas la que albergaba la hermosa imagen de Pedro de Mena. Un grupo de cofrades intentó, infructuosamente, el rescate de la talla, que desapareció para siempre. En 1942, el escultor Palma Burgos reprodujo el crucificado con una fidelidad pasmosa. Todo el mundo aplaudió con entusiasmo y admiración el paso de aquel Cristo de la Buena Muerte por las calles malagueñas, escoltado, de nuevo, por los legionarios. En el aire emocionado de la calle de Larios parecía volver a escucharse aquella preciosa saeta de antaño. Ha ingresado en la Legión un Cristo crucificado... De un tiempo a esta parte se abre paso la teoría de que la imagen sobrevivió a la quema del 11 de aquel fatídico mayo de 1931; que no se perdió, que aún existe y que se halla escondida en algún lugar. ¿Será verdad? H AY dos maneras de transitar por la vida. Una, la trashumante, recorriendo los rincones del mundo, trajinando de una parte a otra, cruzando caminos y ciudades y haciéndose transeunte cordial de todas las rutas humanas, enamorado de la rosa de los vientos. La otra es sedentaria, habitante fiel de un lugar y de una casa, desde cuyo refugio comprender el bullicio exterior como espectador y, a la vez partícipe, recoleto de una onda palpitante y común. El viajero y el residente, sin que a ninguno de los dos les falte curiosidad- -tampoco solidaridad. Si el primero puede recolectar experiencias vitales, el segundo puede enriquecerse con un mundo de meditaciones y de comprensión, porque desde el sosiego se percibe mejor el sentimiento colectivo. Ya en camino, ya en reposo, cabe ser ciudadano del mundo La gran figura de la poesía española del siglo XX, maestro de generaciones literarias, si otrora viajero, llegó, por causas patológicas, a un hito en que pasó a sedentario. Desde entonces, desarrolló su vida y su obra entre ALEIXANDRE Y VELINTONIA LEOPOLDO DE LUIS Escritor las cuatro paredes de una casa singular que hoy, casi mítica, está viculada a la mejor literatura española. Vicente Aleixandre se unió a esa casa como la casa misma tomó el ser de su habitante. Sobre el frío de los años, aún se percibe el calor de sus palabras. Como Fray Luis, de su mano plantado tenía un huerto un cedro que es surtidor de sombra y sueño según dijo Gerardo Diego de otra conífera ya famosa. Decía el poeta Justo Jorge Padrón a la Poesía: sólo muere la mano que te escribe Es verdad, porque la poesía excede los límites del propio autor para alojarse en el alma y en el corazón de sus lectores. La casa, como tal in- mueble, se convierte en objeto de herencias. Entre notarías y registros, sin percibir que también el poeta es notario y registrador de la sensibilidad, de la belleza y aun de la consciencia colectiva. El chalet de Velintonia se construyó en 1927 por Cirilo Aleixandre, padre del poeta, para reposo y cuidado del hijo enfermo. Toda la gran nómina del 27 pasó por sus estancias. En el plano familiar, Elvira Merlo, la madre, invitaba a Federico para que cantara sus canciones. En la guerra civil, la zona fue batida por la contienda y la casa, como un miliciano más, quedó mutilada y sombría. La reconstruyeron los hermanos, muerto el padre. Varias levas de poetas encontraron en ella acogida y magisterio. (Hoy, al atravesar sus salas vacías, he creído ver la sombra de mi juventud) La incuria a la que los organismos oficiales son proclives han abandonado durante décadas ese trozo de vida literaria ejemplar y conmovedora. Pero las ciudades no solo se miden por la altura de sus edificios- -que a aveces se queman- -ni por la profundidad de sus ferrocarriles subterráneos, -que a veces se hunden. También- -y yo creo que mejor que antes- -por la sensibilidad de sus gentes, por el hálito de su clima cultural y hermoso. Madrid, ¿abandonará por siempre la casa de Velintonia? ¿No hay una herencia espiritual? Granada ha sabido recordar a Lorca. Valladolid, a Guillén. Huelva, a Juan Ramón. Segorbe, a Max Aub. Orihuela, a Miguel Hernández. Cartagena, a Carmen Conde. Velintonia no es sólo una casa: es memoria y espíritu. Algo impalpable. Pero fue un poeta- -madrileño, por más señas- -quien nos hizo saber que lo fugitivo permanece y dura