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ABC SÁBADO 19 3 2005 Opinión 7 JAIME CAMPMANY Los malos no estaban en la cena de Carrillo. Menos mal. Alguno habría apostillado: Es que muchos malos se quedaron en Paracuellos LOS MALOS DE PECES- BARBA A hay otro que quiere hacer de España nuevamente una película de buenos y malos. En el homenaje a Santiago Carrillo, que ha cumplido dichosamente noventa años, pronunció un inspirado discurso Gregorio Peces- Barba, muy en las candelejas (o sea, en el candelabro de Sofía Mazagatos) desde hace algunas semanas con motivo de su actuación, tan extraña y polémica, como Alto Comisionado para la Protección de las Víctimas del Terrorismo. No es que Santiago Carrillo sea una víctima del terrorismo, ni que necesite protección, porque ya va por ahí hasta sin peluca, sino que se trata, creo yo, de una demostración de solidaridad ideológica y de admiración política. Bien hecho, hombre, en pie famélica legión etcétera. La famélica legión no se puso en pie, sino que cenó sentada. Bueno, supongo yo que PecesBarba se puso en pie, no para irse a la lucha revolucionaria, que ya no le hace ninguna ilusión, sino para pronunciar el discurso de homenaje al viejo comunista que ha llegado al friso de los noventa como un pimpollo, y por mi parte le deseo que cumpla muchos más. Lo que me extraña del discurso de Peces- Barba es que se entretuvo en clasificar a la audiencia y en definir a los homenajeantes desde un criterio ético, en un ejercicio casi sacristanesco. Y es que en los últimos tiempos no se le ve a Gregorio muy acertado. Es posible que se encuentre algo nervioso y desquiciado por el miedo, pues ha hecho responsables a los que critican algún acto o discurso suyos de lo que les pueda pasar a él o a su familia. En sus palabras de homenaje, el rector magnífico de la Universidad Carlos III y Protector Oficial de Víctimas clasificó a los presentes y a los ausentes, o sea, a todo quisque, en tres grandes grupos, a saber: los buenos, los menos buenos y los malos. Allí, en la mesa del homenaje, junto al homenajeado y junto al orador, estaban naturalmente los buenos También estaban los menos buenos es decir los pecadores, pero que esperaban la gloria después del purgatorio. Y no estaban los malos Si el profesor hubiese dicho sobresalientes en vez de buenos, aprobados en lugar de menos buenos y suspensos donde dijo malos, la cosa habría pasado mejor, porque es más propia del catedrático hacer una clasificación académica. Pero Gregorio PecesBarba se fue por lo ético y clasificó al gentío en buenos y malos, dejando un purgatorio para los menos buenos que no llegan a malos. Vamos, que convirtió la cena de Carrillo en un Juicio Final. El eminente orador hizo de Padre Eterno, pero en vez de colocar a los justos a su derecha y a los réprobos a la izquierda, cambió las tornas y lo hizo al revés. Para él, los buenos y los menos buenos eran los de la izquierda, y los malos eran los que no estaban, que no habían ido precisamente por estar a la derecha. Total, que la izquierda de Peces- Barba podría ser la derecha del Padre Eterno, que tan equívoca es la ubicación en una mano o en la otra. Pero menos mal que no asistió ningún malo De haber ido alguno de ellos al homenaje, habríamos corrido el riesgo de que apostillara: Los malos no han venido porque muchos se quedaron en Paracuellos Y JUAN MANUEL DE PRADA La iconoclasia, según nos enseñan los siglos, es un acto de barbarie, pero también de majadería y cerrilismo. Naturalmente, la majadería y el cerrilismo no son rasgos exclusivos del pasado; nuestra época, tan escrupulosamente democrática, los cultiva sin rebozo A VUELTAS CON FRANCO D E acto de normalidad democrática ha calificado María Teresa Fernández de la Vega el derribo o remoción de una estatua de Franco. Pero lo cierto es que los actos iconoclastas más tienen que ver con los trastornos políticos, las algaradas, las revoluciones y demás catarsis turbulentas que de vez en cuando sobresaltan a los pueblos. Yo más bien diría que lo propio de la normalidad democrática es dejar las estatuas sobre su pedestal, para que les sigan cagando los pájaros encima. Quizá esa expresión tan pomposa, normalidad democrática incorpore ribetes de arrogancia y megalomanía que a simple vista pasan inadvertidos, propios de quienes creen que la Historia comienza con ellos, o que al menos debe acomodarse a la realidad que ellos postulan. Este rasgo de soberbia infantil se expresaría tratando de abolir el pasado, propósito estéril donde los haya, pues como dijo Borges- -muy atinadamente citado por Ignacio Ruiz Quintano en su artículo de ayer- el pasado es indestructible; tarde o temprano vuelven todas las cosas, y una de las cosas que vuelven es el proyecto de abolir el pasado La iconoclasia, según nos enseñan los siglos, es un acto de barbarie, pero también de majadería y cerrilismo. Naturalmente, la majadería y el cerrilismo no son rasgos exclusivos del pasado; nuestra época, tan escrupulosamente democrática, los cultiva sin rebozo. La democracia tiende a infatuarse de su bondad; sus apóstoles suelen acabar dictaminando lo que debe ser tachado de los libros de Historia. Quizá hacer un casus belli de un acto tan banal como el derribo o remoción de una estatua sin excesivo valor artístico delate la misma estupidez que el acto banal en sí: después de todo, nada estimula tanto al majadero como las discusiones bizantinas que origina su majadería. Pero si nuestros gobernantes decidieron apartar de la vía pública esa estatua por considerarla oprobiosa u ofensiva, si de lo que se trataba era- -como ha afirmado el ministro López Aguilar- -de eliminar los últimos vestigios de memoria de la dictadura deberían aclararnos hasta dónde piensan llegar en su ímpetu demoledor o dinamitero. ¿Se quedará en un mero maquillaje estatuario, o alcanzará otros vestigios arquitectónicos al estilo del Valle de los Caídos? Y, rebasado el ámbito estrictamente monumental, ¿podría extenderse a vestigios de tipo legal, administrativo o institucional? Convendría recordar que muchas de las leyes vigentes, más o menos reformadas, proceden del franquismo; y lo mismo ocurre con algunas de nuestras instituciones más sacrosantas, pero mejor no meneallo. Pecaríamos de ingenuidad si aceptáramos que la intención última del derribo o remoción de esa estatua era eliminar un vestigio de la memoria de la dictadura Las estatuas, como los nombres de las calles, más que un tributo de la memoria colectiva, suelen ser la constatación de un olvido. En cambio, su remoción sirve para agitar la memoria; no para refrescarla de modo saludable, sino para convertirla en instrumento de uso partidario. El mensaje que se lanza al pueblo (perdón, quería decir a los ciudadanos) es el siguiente: Fijaos lo buenos que somos y lo felices que debéis estar con nosotros, que no permitimos que los malos sean inmortalizados en bronce Y de eso se trata, a la postre: de hacerle creer a la gente que la Historia es un tebeo de buenos y malos, para ahorrarle el esfuerzo de pensar e ilustrarse un poco, que es manía funesta y muy poco rentable para quien se cree investido de la verdad. En esto consiste la normalidad democrática un paisaje sin estatuas de malos perturbando el horizonte, una Historia modelada a su antojo por los buenos.