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70 Tribuna VIERNES 18 3 2005 ABC EYES van y vienen, porque, eso sí, dicen, parece, que ya las mujeres no van a morir achicharradas, como les ocurrió en Chicago el 8 de marzo de 1908 por reclamar sus derechos en la fábrica en la que trabajaban o como han muerto algunas españolas en plena modernidad a manos de sus maridos, duchos, visto lo visto, en manejar gasolina y cerillas. Las primeras, como respuesta a su justa petición obtuvieron de una mano asesina, pagada y bien pagada- -el crimen nunca es gratis, sea económicamente, sea moralmente, otra cosa es que el culpable sea o no atrapado- la mecha que prendió el fuego que las condujo a una muerte terrible. Las mismas llamas exterminadoras que han dado idéntico final a algunas españolas, en plena modernidad. Y es que todavía hay quien cree que la mujer debe obedecer y callar. Han pasado muchos años desde que las sufragistas fueron santo y seña para lograr, por ejemplo, que las mujeres votaran. Un voto que ha costado sangre, sudor y lágrimas, porque los políticos, incluida la izquierda, temían el vuelco que podían dar a las elecciones. ¡Ah, las mujeres por fuerza tenían que ser conservadoras! ¿En nombre de qué derecho una mujer iba a poner en peligro la ansiada parcela de poder de todo un caballero? Cuánto desprecio para quienes ya habían demostrado que sabían rebelarse, que querían tener voz y voto. Al desearlo, costara lo que costara, las mujeres fueron logrando la independencia. Supieron que lograrla en la parcela económica suponía el fin de la subordinación. No depender de nadie; esa es la cuestión. No deberle nada a nadie; eso es lo esencial. ¿Cuántas mujeres maltratadas aguantan el horror por no tener dónde ir? ¿Cuántas porque la educación recibida recomienda la resignación? Demasiado niños han contemplado en nombre de esa u otras arengas cómo L MUJERES TRINIDAD DE LEÓN- SOTELO Escritora Hay lodos que no han sido arrastrados por la fuerza de la razón y que aún permiten que sobreviva la razón de la fuerza. Asuntos para los que las leyes, por avanzadas que sean, van a quedarse cortas, porque aún quedan mentalidades masculinas instaladas en el pasado sus madres eran apaleadas o traspasadas por cuchillos. De cocina, todo un detalle. ¿Cuántas han existido y existen en una no- vida? Todos conocemos historias atroces. Que nadie aguante a quien lo sacrifica debería ser un mandamiento a cumplir. Y, hoy por hoy, no se puede rebatir que son infinitamente más- -los números no son opiniones- las mujeres que mueren a manos de hombres que las consideran de su propiedad. O mía o de nadie dice el asesino como si la lógica sobrevolara sus palabras. Esto no suele darse en las emociones femeninas, porque carecen en una inmensísima mayoría de la convicción de que son las dueñas de sus maridos. Y es que las mujeres a través de la ya larga historia de la humanidad han sido consideradas como un apéndice de los hombres, a lo mejor porque no faltan quienes creen a pies juntillas que nacieron de una costilla de Adán y eso da derechos... a los adanes, por supuesto. Pero en Occidente, y en lugares con mayores dificultades, ellas se empeñaron en emanciparse, sabedoras de que el amor no implica esclavitud. No está tan lejano el franquismo- -el Código Civil usado en su primera etapa fue el más reaccionario en relacion con los derechos de las mujeres- Fue entonces, cuando, por ejemplo, en lo que respecta al adulterio, el de la esposa se enjuiciaba con mayor severidad que el del esposo, algo natural en una sociedad en la que las infidelidades del marido se toleraban con una frase no exenta de admiración, es un Don Juan aunque para ser sancionado debía ser infiel con escándalo público o menosprecio de la mujer Y no digamos si el caballero mataba a la traidora, porque, en ese caso, se le juzgaba con comprensión A la adúltera para ser castigada le bastaba un sólo engaño. Eran los años 70 y en estas estábamos... La despenalización del adulterio, en 1977, acabó con la situación. La potestad del marido sobre su mujer atañía, también, al poder sobre sus bienes y actos, de modo que la capacidad de aquélla quedaba limitada, ya que era el esposo quien administraba el patrimonio conyugal. Tanto poder y potestad dejó huella más que en el sector femenino de la sociedad, en el masculino, que en demasiados casos no asume el tránsito a una sociedad diferente. Ellas, sí, porque al fin han dejado de ser tratadas como seres que, según el Código debían ser protegidas por el marido a quien había que corresponder con la obediencia. Eran años en los que la esposa decía mi marido me lleva al cine y no voy al cine con mi marido Pero, por fin, llegó el día en que dejó de reconocérselas como menores de edad. Ellas lo han asimilado como el triunfo de la lógica. Muchos hombres, sin embargo, no lo han asumido. Y todavía se permiten culpar a las víctimas de la decisión de su verdugo. Hay lodos que no han sido arrastrados por la fuerza de la razón y que aún permiten que sobreviva la razón de la fuerza. Asuntos para los que las leyes, por avanzadas que sean, van a quedarse cortas, porque aún quedan mentalidades masculinas instaladas en el pasado. Seres tan poco humanos que conciben su existencia basándola en la posesión de alguien que debe estar a merced de su voluntad. Recuerdan la mezquindad de aquellos que para escaquearse del drama del terrorismo en el País Vasco resolvían los crímenes con un algo habrán hecho Las víctimas, por supuesto. Gran frase que retrata lo más bajo de la condición humana: sembrar culpablidad en el desamparo del inocente. Es entonces cuando el asco se eleva en las personas decentes a la máxima potencia. H ACÍA frío, un frío invernal duro, cortante, que se multiplicaba y hería sobre tus manos, sobre tu rostro, como las mil aristas de un aguda estalactita. Te dolía todo el cuerpo, reflejo de la anterior caída, mas a pesar de todo seguías, seguías afrontando el frío de la tarde polar, del silbido del viento, que se cernía sobre tu cabeza, sobre tus oídos como el aullido de un despiadado lobo que no conoce misericordia en la feroz embestida del hambre. Ibas a ciegas como un borracho, tal vez huyendo de tí misma, tal vez huyendo de la insoportable soledad, tal vez a la búsqueda de un pasado que ya no tenía sentido por inexistente, tal vez, tal vez, tal vez... A la vuelta de una esquina viste por fin el rótulo fluorescente. No, no era un rótulo, pasó todo demasiado deprisa, a pesar de la lentitud del paso, del frío helado y de la fuerza del viento, como para distinguirlo, fue la puerta, una puerta que se abría ante ti, de cristales, como invitándote a entrar. Una puerta enmarcada en un dintel oscuro, negro, con llaves abandonadas a su EL PRECIO DE UNA DERROTA LOLA SANTIAGO Escritora Para este tipo de situaciones nunca hay despedidas. Siempre un frío o irónico hasta luego, un llegará usted muy alto suerte, sobre cajeros inútiles, como un mal presagio. Pero la luz estaba verde, semáforo verde, se puede pasar, cuidado niña, hay que mirar, mirar siempre, a pesar de que el semáforo, de que la luz está en verde, cuidado... pero hacía frío fuera, o tenías que resolver no se qué negocios, o tal vez buscabas respuesta a tu desamparo. Tres personas, tres, conmigo, más un leve observador que calla y hace ruido moviendo papeles, haciendo balance, tirando cajas a la basura, y que alguna vez abrió los labios y dijo algo, que se perdió contra los cristales de la noche ya. Tres personas, tres, conmigo. Una afectuosa, amable: escucha, dialoga, trabaja, en una sencilla conversación llena de preguntas contestadas, de soledades marchitas al calor de las pala- bras vueltas vida en esta charla esperanzada, amando al escuchar, amando al entregarse, amando al recordar otras situaciones similares, simplemente sabiendo amar en la ofrenda de su palabra, o callando. La otra atareada con múltiples papeles, se siente al final atraída por la conversación, pero no sabe dialogar, impone su presencia, dicta órdenes cuando no son precisas ni nadie las pide, y ante el absurdo planteado ante sí misma, apela a su cargo, le indica lo extemporáneo de la hora, una serie de normas, mientras la una calla y la otra trata de llevarla a la complicidd de la charla, y casi lo consigue, pero ante una broma mal tomada o poco afortunada, se altera, se levanta y lanza al frío viento de la noche su tosquedad inexpresiva. No hay despedidas. Para este tipo de situaciones nunca hay despedidas. Siempre un frío o irónico hasta luego, un llegará usted muy alto en la empresa y la soledad que le espera mientras trepa, trepa, una escala de niebla y luego a esperar, a esperar, sentada en lo más alto de la vida.