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ABC VIERNES 18 3 2005 La Tercera CONTRADANZAS A regularización de inmigrantes no está avanzando, ni de lejos, al ritmo que se esperaba. Ello se debe en parte a que regularizarse es muy complicado. El inmigrante tiene que poseer contrato de trabajo, y acreditar certificado de penales, y otras mil historias más, antes de que la administración se dé por enterada de que existe. Lo que resulta al cabo es que muchos ilegales permanecen ocultos, no porque lo deseen, sino porque se han quedado atascados en algún tramo del procedimiento. Éste, sin embargo, no es el motivo principal de ocultamiento. El motivo principal nos remite a la economía. El empresario que emplea a un ilegal se ahorra, por definición, la Seguridad Social. El mismo trabajador, luego de efectuada la regularización, costará lo de antes más el importe que la Seguridad Social supone. Y entonces no está claro que siga siendo rentable para el empresario. Entre instalarse en la legalidad y conservar su empleo, el sin papeles prefiere lo segundo, y fía la oportunidad de ponerse al día a una ocasión futura. Resulta preciso comprender el fenómeno a pelo, y sin confundir la manteca con la velocidad. Es cierto que se verifican abusos odiosos. El trabajador clandestino no está sindicado, ni se beneficia del amparo de los jueces. El empleador que se prevale de estas circunstancias para extraer de él un rendimiento que no osaría esperar en un contexto de normalidad laboral merece toda nuestra reprobación. Ello no quita, sin embargo, para que la lógica económica siga siendo la lógica económica. Un empresario procurará que los salarios que paga no estén por encima del beneficio que reportan. Ello rige tanto para los empresarios virtuosos, como para los carentes de escrúpulos. La consecuencia inesquivable es que la ilegalidad, al promover empleos, ha jugado un papel en el rápido crecimiento económico español. No un papel fundamental, porque el factor número uno ha sido la llegada masiva de fuerza de trabajo y la contención salarial asociada. Pero tampoco un papel insignificante. De aquí surge uno de las muchos equívocos inherentes a la inmigración: lo malo está entreverado con lo bueno, o mirado a la inversa, lo malo no se puede eliminar sin llevarse por delante algo de lo bueno. Se ha expuesto la situación considerando los intereses de los inmigrantes y de los empresarios que los contratan. Pero es lícito también adoptar el punto de vista de los trabajadores oriundos. ¿Salen o no salen gananciosos de la inmigración, legal o ilegal? Según sea el trabajador. Pongamos que es usted mujer, que tiene hijos pequeños, y que está adscrita como médico a la plantilla de un hospital. Cubrirá las guardias con más holgura si cuenta con servicio en casa. Si éste es interno, será también, casi con certeza, de origen inmigrante, y además ilegal. Imaginemos, por el contrario, que es usted asistenta, mensajero, repartidor de pizzas o camarero. Obviamente, estará cobrando menos de lo que habría cobrado en ausencia de mano de obra inmigrante. George J. Borjas, el experto de Harvard sobre estas cosas, ha sostenido que la inmigración no aumenta seriamente la renta disponible por la población receptora. Más bien la redistribuye. Precisando: si se sustrae de los excedentes empresariales la masa salarial que pierden los L La ilegalidad, al promover empleos, ha jugado un papel en el rápido crecimiento económico español. No un papel fundamental, porque el factor número uno ha sido la llegada masiva de fuerza de trabajo y la contención salarial asociada trabajadores del país receptor- -Borjas habla de los Estados Unidos- -se obtiene una cantidad muy modesta. El cálculo, imagino, es contencioso, pero nos alerta sobre el hecho de que no todo el monte es orégano. El cuadro se complica aún más cuando se introducen estimaciones fiscales. Los ilegales consumen bienes y servicios y por tanto pagan IVA lo mismo que si fueran legales. Y su contribución a la actividad económica genera excedentes empresariales, y por tanto, Impuesto de Sociedades. No devengan, sin embargo, impuesto sobre la renta, que es la partida principal con que se sufragan la educación y la sanidad. Pero tienen derecho a la educación y la sanidad. El desenlace es que el oriundo- -y el legal- -sufren una discriminación relativa. Disputan al ilegal, en pie de igualdad, bienes y servicios que han cooperado a financiar en mucho mayor medida que éste. Ni siquiera es evidente que el saldo fiscal sea positivo en el caso de los legales. La razón es que éstos reciben sueldos en promedio bajos, es decir, de poco rendimiento vía impuestos. La descompensación podría alcanzar dimensiones importantes dentro de poco, una vez que se haya consolidado el proceso de concentración familiar. Desde una perspectiva puramente económica, el modesto nacional es igual de gravoso al contribuyente medio que el modesto foráneo. En términos sociológicos e históricos, la respuesta no es, por desgracia, tan sencilla. El Estado Benefactor fue una de las fórmulas aprontadas por la sociedad europea para evitar la lucha de clases subsiguiente al estallido del Antiguo Régimen. La integración del desfavorecido se verificó a lo largo de varios frentes- -político, simbólico, fiscal, administrativo- hasta desembocar en lo que ahora llamamos paz social La paz social, expresada en dinero, significa que el impuesto progresivo se acepta con reservas, pero sin poner el grito en el cielo. También, y en dirección opuesta, nos encontramos con que la relativa pobreza se acepta con reservas, aunque sin poner el grito en el cielo. El sentimiento de comunidad, laboriosamente obtenido, y el poder intimidador del Estado contienen, más que subliman, el conflicto de intereses. Una inmigración masiva y rápida rompería los equilibrios heredados y generaría tensiones peligrosas. Lo atestigua el crecimiento de la extrema derecha en Europa, alimentado no sólo por la burguesía sino, aún más, por la clientela obrera de los viejos partidos de izquierda. Es una pena que pasen estas cosas. Pero pasan. No porque digamos que es una pena dejarán de pasar. Con los números en la mano, la rentabilidad total de la inmigración sería mayor si los inmigrantes no entrañaran gasto social. El intercambio de bienes y servicios circularía entre la población huésped y la inmigrante sin las distorsiones que introduce el Estado Benefactor. Técnicamente, esto equivaldría a cultivar, fronteras adentro de la nación, las ventajas comparativas ricardianas que acertadamente se invocan para propugnar el comercio internacional. Los países exportan lo que producen relativamente más barato, e importan lo que producen relativamente más caro. La nación inmigrante sería como una nación extranjera que comparte suelo, aunque no presupuesto. La solución resultaría, no obstante, por entero intolerable en las sociedades europeas, en que una minusvalía en el terreno de los derechos sociales sería interpretada como una forma de colonialismo interior. O si se prefiere, como una negación de la democracia dentro de la democracia. No conviene olvidar, con todo, que muchos antiglobalizadores, en su cruzada contra la libertad de comercio, están practicando, ahora de verdad y no virtualmente, otra forma de colonialismo. En efecto, al gravar los productos procedentes de fuera o promover mediante subvenciones la exportación de mercancías que son caras porque los salarios son altos- -altos, entre otras cosas, por el pago de la Seguridad Social y otras bendiciones anejas al desarrollo- los países ricos reducen o anulan las ventajas comparativas de los países pobres. Las cuales consisten, en esencia, en salarios bajos. ¿Por qué nos horroriza el colonialismo interior, aunque no el exterior? Porque la víctima es invisible. La desconsideración práctica hacia la víctima invisible, aliada a apelaciones retóricas a la solidaridad internacional, es una constante en el movimiento antiglobalizador. Detrás de esta asimetría persiste un sentimiento por completo natural: nos preocupa más, por razones obvias, el que está al lado. El que está al lado está al lado, y además vota, y en ocasiones resulta que coincide con uno. Todo esto es entendible, y hasta disculpable. Produce más enfado el intento de embellecerlo con el halo de la buena conciencia. ÁLVARO DELGADO- GAL