Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
64 Tribuna JUEVES 17 3 2005 ABC E N la primera mitad del siglo XVI, durante el reinado de Carlos de Habsburgo, se produjo en España un importante proceso inflacionista. Para E. J. Hamilton fue el resultado de la entrada masiva de metales preciosos americanos. Sin embargo, diversos historiadores españoles, como es el caso de Nadal y Reglá, advierten de que esa supuesta entrada masiva de oro y plata ocurrió, más bien, en la segunda mitad de ese siglo. Por otra parte, la Historia, que es compleja y no fácilmente inteligible, al menos a primera vista, apunta a otros motivos: el considerable aumento de la deuda del Estado; el incremento de la demanda como consecuencia del mercado americano, monopolizado por los cargadores de Sevilla, que ofertaba escasamente para conseguir altos precios; la puesta en valor de nuevas tierras para la producción agraria; el incremento de producción del sector artesanal y, en general, como señaló don Ramón Carande, el aumento de la población en Castilla, que comenzó a declinar en 1560. En este ambiente de crisis nacional, Madrid está en vísperas de convertirse en el centro neurálgico de una Monarquía de extensión planetaria. Aparecen multitud de monumentos significativos: el convento de Nuestra Señora de Atocha, la iglesia de San Andrés, la parroquia de San Sebastián, el hospital de San Ginés, el de San Juan de Dios, el de la Misericordia, la ermita de San Isidro, el monasterio de San Felipe el Real, las Descalzas Reales. Además, se tala el bosque que cubría el espacio entre Atocha y Neptuno; se ensancha Puerta Cerrada; se urbaniza la plaza de la Villa. La nobleza establece en Madrid sus residencias definitivas; afluyen las órdenes religiosas, aumenta la artesanía y el comercio, se celebran Cortes del Reino y se perfilan las dos vías urbanas principales: la calle Mayor, eje principal desde el Madrid árabe, y la Carrera TRES MADRILEÑOS DECISIVOS PARA AMÉRICA MARIO HERNÁNDEZ SÁNCHEZ- BARBA Catedrático emérito de la Universidad Complutense de San Jerónimo, abierta en 1538. El 3 de junio de 1561 hacía su entrada solemne el sello real, expresión suprema de la autoridad del Rey: Madrid se ha convertido en capital de España. Por entonces, el Nuevo Mundo trasatlántico se había convertido en una auténtica misión nacional y, en este sentido, todas las regiones españolas, sin excepción, aportan pobladores a América, tal como ha puesto de relieve la pormenorizada investigación de Peter Boyd- Bowman. Como consecuencia de ello, un buen número de españoles cruza el Atlántico para alcanzar tierras donde establecer otra España: no otro es el principal sentido de la aventura americana. También madrileños, y así quedaron registrados en las series de Boyd- Bowman. De entre todos, quiero destacar tres cuya labor y aportación fue decisiva para la españolización de América: el historiador Gonzalo Fernández de Oviedo (1478- 1557) el poeta Alonso de Ercilla y Zúñiga (1533- 1594) y el jurista Juan de Solórzano Pereira (1575- 1655) Gracias a sus aportaciones intelectuales, los tres fueron creadores de fuertes cimientos culturales sobre los cuales se elevaron infinitas posibilidades humanísticas. Los tres fueron germen y fundamento sobre los que se asentaron cada una de las tres ramas de los saberes que son esencia del humanismo a través de los cuales se produjo el arraigo de lo español en América. Tres madrileños cuya personalidad y acción histórica darían motivo más que sobrado para levantar un monumento capaz de subrayar los valores hispanos en el mismo núcleo de lo que los científicos llamaron la Quarta Orbis Pars, un riquísimo venero de modernidad. Gonzalo Fernández de Oviedo es el más acusado ejemplo de historiador que suscribe la idea de la verdad histórica basada en lo visto y vivido y, simultáneamente, una visión de nacionalismo cultural y fuerte conciencia de unidad vital, en integridad espiritual y afirmación de un destino común. En rigor, Fernández de Oviedo es el descubridor intelectual de América. Su obra americanista está construida sobre experiencias personales acaecidas en una naturaleza original y culturalmente distinta. Por eso, requiere al monarca que se fije en la novedad de lo que quiero de- cir sobre la Naturaleza, el hombre americano, cuya integración supone la expresión de la política española. Alonso de Ercilla y Zúñiga, autor del bellísimo poema épico La Araucana, es, precisamente, descripción épica del nacimiento de Chile. En él relata el episodio histórico de mayor intensidad supuesto por el contacto entre el mundo español y el indígena: la heroica defensa del territorio patrio llevado a cabo por los araucanos, otorgando un puesto eminente al pueblo originario chileno. Un sentimiento poético de alta especificidad colectiva de dolor humano, coraje y valentía. ¿No es el que se recoge por vía lírica en la poesía de Gabriela Mistral? Por último, un insigne capitalino nacido y muerto en la ciudad del Manzanares, doctor por la Universidad de Salamanca, oidor de la Audiencia de Lima: Juan de Solórzano Pereira alcanzó en 1627 el alto puesto de fiscal del Consejo de Indias y publicó, en 1647, una obra de decisiva importancia, Política Indiana, genial estudio de las instrucciones sociales y jurídicas implantadas por España en América. Además de establecer en ese trabajo el triple cordón de sutura entre el Derecho Romano, el tradicional derecho castellano contenido en Las Partidas de Alfonso el Sabio y el nuevo Derecho Indiano, considera la política indigenista española en el Nuevo Mundo con la máxima atención crítica. En definitiva, tres ejemplos cimeros que, a mi juicio, son suficientes para comprender la valiosa aportación madrileña en la configuración de la modernidad y, en ella, la inserción de tres valores decisivos en la tradición cultural hispanoamericana. Los tres madrileños glosados han incidido a través de la historia, la poesía y el derecho insertando en esa tradición los valores de la verdad, la dignidad y la estructura jurídica aportando un profundo sentido de novedad al mundo moderno. T ENGO un sobre en las manos. Dudo si debo o no debo cortar el cordón umbilical con este trozo de memoria. Es una carta. Una carta manuscrita que tal vez llegara a destiempo. Ahora me acuerdo. Vivía en el Sur, cerca de la frontera. Una ciudad grande. Trabajaba en un edificio alto y desde la ventana veía los límites de la ciudad. La ciudad era una de esas ciudades que no terminan de serlo del todo. Casas bajas incrustadas en un jardín grande. El cogollo de los rascacielos. Los parques amplios con sus veredas de tierra. Las carreteras en la hora punta. La rush- hour La happy- hour Cuando regresaba al apartamento alcanzaba a ver por el retrovisor el Downtown y las luces de los edificios vacíos. El centro se despoblaba. Los cantos de desamor de Silvio habitaban la hora del regreso: Ojalá se te acabe la mirada constante, la palabra precisa, la sonrisa perfecta Una carta prematura. Una carta inesperada. Una carta escrita en francés. Es probable que intentara leerla como si se tratara de resolver un jeroglífico, de desvanecer un enigma, de encontrar FRAGMENTOS DE RELATO HERMENEGILDO ALTOZANO Escritor La carta ha estado en el cajón de la mesa todos estos años. La traería con otros papeles que entonces me sirvieron para apuntalar la memoria las claves para descifrar un mensaje clandestino. ¿Qué querrá decirme con todo esto? Recibí algunas cartas las primeras semanas. Escribí algunas cartas las primeras semanas. Nostalgia de Madrid: ¿Quién carajo me habrá mandado venir hasta aquí? De caminar por las aceras. De comprar el periódico. El campus y el obelisco invertido de Barnett Newmann, como primeros referentes. La colección de pintura de Dominique Du Menil. La esquina de Rice que me recordaba a la Complutense. Los viajes de Houston a Galveston y de Galveston a la frontera. El Paso. Matamoros. Los federales corruptos. Los toros en Monterrey. La frontera, otra vez. Los hijos de la chingada. Trato de leer la carta de nuevo, como si me hubiera olvidado de que entonces no lo hice a la espera de un reencuentro en versión subtitulada. La carta ha estado en el cajón de la mesa todos estos años. Desde mi regreso. La traería con otros papeles que entonces me sirvieron para apuntalar la memoria. Cada traslado deja un reguero de papeles. Cada traslado se mide por el número de bolsas de basura que terminan preñadas de papeles inservibles. Me traducen la carta. Ne me quittez pas. Como la copla de Jacques Brel. No me dejes o no me abandones Ne me quittez pas. Esta retirada táctica no entraba en mis planes. Había pensado consagrar algunas horas a escuchar atentamente la dosis de tonterías y he aquí que el contador de cuentos ha huido para refugiarse en una isla misteriosa Un contador de cuentos. Una retirada táctica. En lugar de andar ordenando todos estos desechos. Una isla misteriosa y no esta ciudad de mierda. Un cuenta- cuentos. Un narrador. Un narrador de historias. Un tusitala. Para arrancarte de mi espíritu no me queda más que el recurso de recordar el olor de tu perfume mezclado con el hedor de tus cigarros. ¡Qué final tan triste para un día lleno de esperanza! Ya no hay cigarros que sirvan de medida. Ni el- olor- de- tu- perfume Pero se han quedado junto a las cajas y las bolsas de basura las ganas locas de continuar la charla. Y me pregunto, entonces, si estaré aún a tiempo de responder a esa carta o si será mejor dejarla caer en la última bolsa de plástico negro que queda por llenar de papeles que ya no sirven.