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60 Tribuna MARTES 15 3 2005 ABC E L Real Colegio de San Clemente de los Españoles, fundado por el cardenal Gil de Albornoz en 1364 en Bolonia, mi ciudad natal, en cuyo templo de San Petronio el Papa Clemente VII coronó al Rey Carlos I de España como Emperador de Occidente (es decir, como primera cabeza civil de la Europa por él soñada, allá en el siglo XVI, y hoy deseada, en el siglo XXI) fue el que despertó mi interés por la cultura española. Después, insignes hispanistas, como Oreste Macrí, hicieron posible el camino de mi vocación que me llevó a conocer y enseñar su lengua y literatura. En mi larga dedicación docente en su Universidad, después de ocuparme del siglo XVIII y de los movimientos de los años veinte, me he interesado en particular por el teatro contemporáneo, a través de nombres de la importancia de Antonio Buero Vallejo, Alfonso Sastre, Domingo Mira, Alberto Miralles, etc. A ellos he dedicado especial estudio, atraída por la fuerza dramática y el contenido humano y social de su obra. Al hacerlo, reconozco haberme apartado de los escenarios alegres en los que bullía lo cómico, el humor per se ya que me interesaba mucho más una escena ocupada en trabajar con argumentos, personajes y situaciones serias dramáticas, incluso trágicas, que otras en la que sus autores juguetearan, incluso con gran ingenio, con temas aparentemente ligeros, vividos por criaturas escénicas alejadas de toda tragedia y drama, de toda trascendencia Como es natural, en ciertos momentos de necesario respiro, disfruté como espectadora con escenas y piezas teatrales de humor, incluso cómicas, si venían avaladas por el ingenio de un Miguel Mihura, Enrique Jardiel Poncela, especialmente manifestado en su Tres sombreros de copa o en su Eloísa está debajo de un almendro respectivamente, así como en El baile de Edgar Neville... posiblemente por guardar en su interior ciertos pliegues en los que, escondidos, se ocultaban pudores y veladuras de tristezas, ciertas dosis de ternura que habían heredado de Ramón Gómez de la Serna, todo ello mezclado con el futurismo propio del momento, que tanto me había interesado. Por otra parte, mis viajes a España, mis lecturas, mis relaciones con DE LA CODORNIZ MAGDA RUGGERI MARCHETTI Universidad de Bolonia Sin reparo alguno puedo suscribir las palabras entusiastas de Mingote, al hablar de este libro, admirado de tanta sabiduría, tanta documentación, tanta devoción muchos bolonios habían dejado filtrar palabras, dichos, expresiones procedentes de la península, noticias expresadas a través de giros de la lengua, para mí nuevos, de intrincado esoterismo. Uno de ellos repiqueteaba a menudo: tras la descripción de algo absurdo, alocado, incongruente, sonaba reiterativamente la forma calificativa nueva: es de La Codorniz aparentemente nacida allá en la empobrecida posguerra española, tras la aparición de una revista de humor con este nombre, dirigida por Mihura, que yo había ojeado. Cuando empecé a leer atentamente algún número, en realidad ya de sus últimos tiempos, bajo otros directores, con excepción de pocas páginas y de la mayoría de sus ilustraciones, su contenido no correspondía a la descripción y entusiasmo con que me habían hablado del humor nuevo, diferente, que habían adjudicado unos y otros a sus relatos, artículos, breves comedias y chistes. Indudablemente había que dirigirse a La Codorniz primera, a aquella revista, por lo visto genuina muestra de ese humor, nuevo y diferente a un tiempo. Embarcada en mis trabajos y clases, fui dejando pasar esa oportunidad hasta ahora, y cuando estaba a punto de hacerlo, llega a mis manos un libro de muy reciente publicación que, de momento y sin otro esfuerzo que el de leerlo, me ilustra sobre el asunto sin tener que luchar con el polvo de una hemeroteca ni empobrecer la vista con las fosforescencias verdes o azules de microfilmes y ordenadores: La Otra Generación del 27. El Humor Nuevo español y La Codorniz primera, del profesor Emilio González- Grano de Oro. A través de su lectura he comprendido la razón de un académico de la Historia, don Gonzalo Menéndez Pidal, que, refiriéndose a ese humor y a las revistas que lo almacenaron Gutiérrez Buen Humor Cosquillas La Ametralladora y, por supuesto, La Codorniz ha afirmado ante sus colegas que en ese humor está escrita la verdadera historia de España y también las opiniones que, en el claro y clarividente prólogo, el académico Carlos Seco Serrano expresa: la radical novedad de estos disparatados artífices del nuevo humor hizo difícil su penetración en la sociedad carpetovetónica, precisamente cuando esa sociedad no estaba para bromas; pero halló ecos y acogidas entre quienes nos haríamos hombres durante la inmediata guerra civil Por eso, el humor nuevo (no tan nuevo, por tanto, por proceder ya de los días de la Dictadura del general Primo de Rivera) viene a ser piedra de toque y prueba para los habitantes de las Españas enfrentadas, una vez acabada aquella contienda fratricida y para quienes, sin participar en la guerra, aceptan o rechazan el humor nuevo sencillamente por poseer un diferente sentido del humor, o ninguno, o por entender la vida desde diferentes ángulos, desde otras distintas posturas. Por eso, unos rechazarán la cursilería (por su inautenticidad) y los encorsetamientos (por su enemistad con la libertad) mientras otros serán prisioneros de límites y reglas mecanizadas (el tópico, el cliché) como víctimas de su propia cosificación. Seres racionales, irracionales y cosas serán considerados dentro de este codornicismo como objeto de estudio, como curiosidad, y así son colocados y nos colocan en el centro del mundo, incongruente, absurdo, cómico, que hemos ido creando. El profundo estudio que de todo esto (orígenes, gestación, relaciones con el humor paralelo francés, italiano, rumano... de aquel mismo tiempo; sus contrastes o contactos con el humor anterior, con maestros de la talla de Camba y W. Fernández Flórez, con la pirueta del astracán de Muñoz Seca; la humanización surrealista, tras la deshumanización; las técnicas, como la descolocación la autovacunación el absurdo como medio para llegar a la comunicación... se hace en este valioso trabajo, nos conduce al resultado opuesto y temido por su autor: no se volatiliza el humor explicado cuando, como en este caso, la escritura se hace volátil, está llena de ejemplos acertados y significativos, se construye con un humor totalmente acorde con el estudiado. En su texto aparecen en apartado especial los nombres ineludibles de Ortega, Ramón y Cami, sin los cuales este humor en el que se expresa y retrata parte de la sociedad española no hubiera llegado tan lúcidamente hasta mí; igualmente, la inclusión de unas oportunas ilustraciones han desplegado un panorama gráfico que completa el círculo en el que se inscriben el humor, la historia, la cultura de toda una sociedad. Sin reparo alguno puedo suscribir las palabras entusiastas de Mingote, al hablar de este libro, admirado de tanta sabiduría, tanta documentación, tanta devoción como las finales del autor: El Humor Nuevo cuenta como una realidad cultural, como fenómeno social, como manifestación artística y, sobre todo, como otra cordial y purificadora posibilidad de salvar al hombre mediante el humor: su gran creación y su primera y última fuerza liberadora AMÓN se queja esta mañana del mal tiempo, que es como quejarse de todo al mismo tiempo sin comprometerse demasiado. Le doy la razón y le digo que el año nos está saliendo muy frío, pero que ya falta poco para que llegue la primavera. -Antes de que te des cuenta estarás sudando como un cerdo- -le vaticino. A mi amigo no le gusta la comparación y, además, la califica de poco afortunada. Replica que los cerdos apenas sudan y me pide que es preferible que le ponga otro ejemplo. Dice también que, a diferencia de las cabras y de las R LA HIGIENE DE LOS CERDOS JAVIER TOMEO Escritor ovejas, los cerdos tienen un sistema ineficaz para regular la temperatura corporal, es decir, para refrigerarse a sí mismos. -Sudan mucho más los hombres, aunque trabajen menos de lo que tra- bajas tú- -añade, pasando descaradamente al ataque- Un individuo de tu especie es capaz de evaporar mil gramos de líquido corporal por hora y metro cuadrado de superficie corporal. Un cerdo, como máximo, sólo puede li- berar treinta gramos. ¿Será por eso- -le pregunto, para demostrarle que no soy tan lego en la materia como parece- -que los cerdos, para compensar su falta de pelo protector y su incapacidad para sudar, se ven forzados a humedecer constantemente su piel? ¿Será por eso por lo que siempre están revolcándose en sus propias heces? ¿Será esa suciedad física la causa de la impureza religiosa que les atribuyen algunos pueblos? Ramón no responde. Cuando se aborda algún tema religioso, prefiere siempre escudarse en un prudente silencio.